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Fue inaugurada en el año 1.990 con
los fondos pertenecientes al profesor Alonso Zamora Vicente
, que le da nombre.
La
Biblioteca «Zamora Vicente» es, ante todo, un rico instrumento de trabajo. Por
los años de profesionalidad, por la escuela filológica a la que pertenece («el
último escalón de la labor de Menéndez Pidal», como él mismo dice), por la
época de su vida universitaria, y por sus largas permanencias en Universidades
extranjeras, tanto de Europa como de América, ha venido su infatigable reunión
de libros a desembocar en un copioso repertorio (en muchos casos total
repertorio) de las publicaciones de su especialidad, tanto en materia lingüística
como literaria.

A la derecha de la calle se
encuentra la
sede de la Biblioteca
Una biblioteca formada a lo largo de más de medio siglo, que
contiene 36.298 registros bibliográficos informatizados, de ellos 1.103 son títulos
de publicaciones periódicas. Espléndida colección que califica a su dueño
como un gran bibliófilo y una persona de gran formación intelectual.
Entre sus fondos se encuentran desde los manuales y
colecciones de textos de los años 30 hasta los de la actualidad internacional.
Se puede afirmar que toda la literatura española está incluida en ella.
Contiene el ancho caudal que llega a
los días actuales, con notable representación de la escuela de Menéndez Pidal
(Américo Castro, Tomás Navarro, Dámaso Alonso, José Montesinos, etc.).
Tuve
muy buenos maestros, me formé en una Universidad en España como no la ha
habido nunca. Fue un período de magníficos investigadores, de estupendos
profesores. Tuve a don Ramón Menéndez Pidal, que ya estaba mayorcito, a don Américo
Castro, a don Tomás Navarro, a don Pedro Salinas.
Obras de crítica literaria, colecciones de textos, homenajes,
diccionarios, poesía, prosa, la colección del Teatro Antiguo Español, del
viejo Centro de Estudios Históricos («serie que ha enseñado, al mundo entero,
cómo se edita un texto de teatro antiguo»).
Hay copiosísimo repertorio de obras de crítica de diversos
orígenes y de diversas escuelas: Colección de textos de Chapel Hill (Carolina
del Norte), Anejos de la Revista de Filología Española, del Boletín de la
Real Academia Española y de Verba; Publicaciones del Instituto Caro y Cuervo
(Bogotá), del Instituto de Filología de Buenos Aires, Biblioteca de
Dialectología Hispanoamericana (Buenos Aires); Publicaciones del Romanisches
Seminar (Hamburgo)... Son numerosas las colecciones de textos literarios:
Biblioteca de Autores Españoles, Colecciones modernas (Clásicos Castellanos,
Clásicos Castalia, Clásicos Hispánicos, Clásicos de la Compañía
Iberoamericana de Publicaciones, etc.), la serie italiana Studi Ispanici,
Biblioteca americana, Colección de textos sobre la historia y la cultura
mexicanas... Numerosos textos del XVIII (Quijote de Ibarra, obras de Monfort,
Imprenta Nacional, etc.). Colección de Obras de Lope de Vega, de Sancha (s.
XVIII).
Confieso
que el primer libro que compré en Santiago fue La casa de la Troya, en la
librería recordada por el propio novelista. Como compensación de tal exceso
literario, pude adquirir, poco días después, en un tenderete de viejo que había
al final de la Cuesta de Gelmírez, las Obras sueltas, de Lope de Vega, la edición
dieciochesca de Sancha, uno de los tesoros de mi biblioteca. Para escándalo de
economistas y financieros diré que pagué por ellos cinco pesetas por tomo. Y
en un espléndido estado de conservación.
Figuran en la biblioteca numerosos homenajes a destacadas
personalidades: a Menéndez Pidal, a Américo Castro (dos, uno en Madrid; otro,
en Oxford), a Dámaso Alonso, a María Josefa Canellada, y un sinfín de ellos,
tanto españoles como extranjeros. También, enciclopedias y un abundante grupo
de diccionarios de las lenguas modernas: los más usuales españoles (de la
Academia, todos), portugueses, Corominas, Alcover, Madoz, etc.) Respecto a los
textos literarios de distintas épocas, hay abundantes primeras ediciones, hoy
muy cotizadas entre los bibliófilos y numerosas ediciones dedicadas por los
autores:
En
poesía destacan las obras completas de Juan Ramón Jiménez, de Antonio Machado
(editada por la Residencia de Estudiantes en 1917), de Pablo Neruda, de Rafael
Alberti; los poetas españoles de la postguerra están todos representados y hay
una amplísima colección de poesía hispanoamericana, desde el XIX al XX:
Vallejo, Lugones, Fernández Moreno, etc.
En
prosa, la novela del XIX, en obras completas y sueltas: Galdós, Valera, Pereda,
Pardo Bazán, Clarín...; la novela del 98 se encuentra casi en su totalidad,
algunos ejemplares raros como Ensayos de Unamuno, de la Residencia, y la novela
de los años 20 al 30: Carranque, Ciges Aparicio, Noel, etc.
Buscábamos
y mirábamos con interés lo que se hacía en España, que ya no era 98, y así
vimos el arte de Miró, Pérez de Ayala, Carranque de Ríos —que publicó en
1936 su última novela, Cinematógrafo—, las primeras novelas de tipo social.
Especial mención corresponde hacer del fondo de literatura
hispanoamericana, hasta su jubilación profesoral: escritores de la
Independencia (Lizardi, Payno...), series de Daniel Devoto, textos americanos en
Austral, la biblioteca americana del Fondo de Cultura Económica, etc. etc.
Se
encuentran también entre los fondos numerosos textos de la literatura clásica
francesa, portuguesa, italiana, inglesa, alemana y rumana, completados con los
de otras épocas. La nueva literatura francesa está muy bien representada,
especialmente la de los años de la postguerra. Entre los portugueses, las obras
completas de Camôes, Gil Vicente, Sa de Miranda...; del siglo XIX al XX, casi
todo: los románticos, Eça de Queirós... y novelistas actuales como Almeida
Faría,
Agustina Bessa Luis, Saramago, Ferreira. Dinis Machado, con su novela O que diz
Molero, y el escritor francés Raymond Queneau con Zazie dans le métro
—llevada a la pantalla en 1960— practican una literatura que está muy cerca
de la de Zamora Vicente. Todos los grandes clásicos italianos que han influido
en la literatura española, y una variada representación de novelistas y poetas
modernos. También están representados los escritores ingleses (Joyce, Chuacer,
los trágicos del XVII, novelistas del XVIII, románticos...) y alemanes (Rilke,
George, Goethe, Holderlin, Schiller...). Entre los catalanes y provenzales, Ausías
March, Metge, Mistral, cronistas, escritores del XIX, etc. etc.
Antigua fotografía de la
ventana
de la fachada principal de la Biblioteca
Particularmente rica es la sección de dialectología hispánica, hasta
los años 70, reflejando la gran dedicación del profesor Zamora Vicente a este
campo específico de la investigación. Todas o casi todas las colecciones de léxico
dialectal están presentes: colección de Hamburgo, de Bogotá, de Buenos
Aires..., varios Atlas lingüísticos..., numerosos vocabularios de Hispanoamérica
y abundantes monografías dialectales.
Aunque el noventa por ciento del fondo está especializado en lengua y
literatura, sin embargo, hay excelentes monografías referentes a folklore,
desde Luis de Hoyos y Violant y Simorra
hasta tratados parciales actuales: cancioneros musicales, tradiciones, leyendas,
artesanía y refraneros.
La música, las exposiciones de pintura, los viajes... Don Alonso, que ha
escrito uno y mil libros, ha tenido tiempo para todo. En los fondos de la
biblioteca no sólo están sus trabajos literarios, lingüísticos, sino
diversos materiales que responden a sus gustos, sus aficiones, sus hobbies:
programas de conciertos, folletos turísticos (desde la República hasta los años
setenta), mapas (de España, Europa y América) y mapas dibujados por él —«Quizá
entreveo al profe que me obligó a hacer mapas (...) La manía de los mapas me
ha durado ya siempre (...) Son innumerables los mapas que he pintarrajeado. En
nuestra guerra, nadie a mi alrededor iba sin mapa, mapa dibujado por mí, a
veces en la altura de la imaginaria nocturna»—, guías-horario de trenes —«su
lentitud permitía ver el paisaje con morosidad»—, y un delicioso anuario de
ferrocarriles de 1914. Guías de ciudades: eran los tiempos del Patronato
Nacional del Turismo que editó guías admirables redactadas por don Elías
Tormo (Alcalá de Henares, Aranjuez, Sigüenza, Museos de Toledo).
Verdaderas joyas bibliográficas son las colecciones de catálogos de
grandes exposiciones europeas y españolas, desde los años cincuenta hasta
nuestros días, lujosamente ilustrados y con espléndidos estudios críticos.
Los libros antiguos no han sido de especial devoción para don Alonso,
sin embargo hay un centenar de obras anteriores al siglo XIX: Prado
espiritual,
Burgos, Felipe de Junta, 1592, un Luis de Granada de 1583, las epístolas de
Juan Eusebio Nieremberg de 1649, las Musas de Quevedo de 1724, las Fábulas de
Samaniego de 1781, las obras de Lope editadas por Sancha o el Quijote de Ibarra
de 1782...
(...)
los libros antiguos a mí no me emocionan mucho. Yo he tenido algunos y los he
cambiado a enloquecedores señores por obras contemporáneas, válidas para mi
trabajo. Yo tenía una biblioteca riquísima que está convertida en biblioteca
pública en Cáceres.
Memoria de una
vida. La biblioteca "Alonso Zamora Vicente".
Antonia Fajardo Caldera.
En: Con Alonso Zamora Vicente. Actas del Congreso Internacional "La
lengua, la Academia, lo popular, los clásicos, los contemporáneos...".
Universidad de Alicante. 2003. P. 29-42 |
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