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Biografía de María Josefa Canellada

 

"Lo único serio que hice en mi vida fue casarme con una mujer excepcional en todos los sentidos..."

                                                 Alonso Zamora Vicente.  

 

    María Josefa Canellada Llavona nació asturiana. Infiesto, 1912. Tras realizar los estudios de bachillerato en el Instituto de San Isidro de Madrid, hizo su examen de ingreso en la Facultad de Letras de la Universidad Complutense (entonces Universidad Central, o Universidad de Madrid a secas) el 31 de mayo de 1933, resultando Admitida. Así consta en su ficha escolar que aún se conserva en la actual Facultad de Filología.

María Josefa tuvo la fortuna de vivir una de las etapas más brillantes de la Facultad de Letras de la Universidad de Madrid, en un momento en que se juntó un puñado de hombres egregios, que elevaron a altísimas cotas nuestro prestigio.

En una guía del curso 1934-1935 de esta Facultad de Filosofía y Letras podemos leer los nombres, y los anuncios de sus cursos, de los que desde entonces serían sus maestros: Tomás Navarro Tomás, profesor encargado; Pedro Salinas, profesor encargado; Xavier Zubiri, catedrático; Rafael Lapesa, profesor ayudante; José F. Montesinos, profesor ayudante; Américo Castro, catedrático; Ramón Menéndez Pidal, catedrático, etc.

Todavía estudiante, entre 1933 y 1936, colaboró con don Pedro Salinas en la revista literaria Índice, y con don Tomás Navarro Tomás en el Laboratorio de Fonética del Centro de Estudios Históricos.

    La Facultad de Filosofía y Letras estrenaba por aquellos años una reorganización de sus enseñanzas por la que desde bastantes años antes venía propugnando. Elaborado el Estatuto de autonomía de la Universidad de Madrid, la Facultad, al formular el suyo en 1922, consignaba claramente la expresión del espíritu que la animaba. Aunque este Estatuto no llegó a regir nunca, fue desde 1922 norte y guía para todas las peticiones y reformas que se acometieron en la organización de los estudios de Filosofía y Letras.

María Josefa Canellada

Los planes de enseñanza decretados, en 1930, por el Ministro de Instrucción Pública Elías Tormo, catedrático de la Facultad de Letras de la que había sido su Decano, estaban inspirados en ese Estatuto. Y el Gobierno de la República, al publicar el Decreto de 15 de septiembre de 1932, confiesa sin rodeos «haber procurado seguir el Estatuto aprobado, después de larga y madura discusión, por la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, en 1922, introduciendo sólo en él las pequeñas reformas que ha creído indispensables para su mejor eficacia».

En el nuevo régimen se suprimían los exámenes parciales de asignaturas, y se establecían en su lugar dos pruebas de conjunto, compuestas cada una de ejercicios escritos y orales, una a la mitad de la licenciatura y otra al final. También se iniciaban en aquellos años las licenciaturas en Pedagogía y en Filología Francesa, esta última al cuidado de Américo Castro y Manuel García Morente.

La ventolera de pasiones motivada por la guerra civil redujo a escombros una Universidad prestigiosa, y empujó al exilio a muchos de los colaboradores del Centro de Estudios Históricos. María Josefa se vio obligada a interrumpir sus estudios que terminaría, acabada la guerra, en el curso 1939-1940.

Su tesis doctoral, realizada bajo la guía de Dámaso Alonso y titulada El bable de Cabranes, remata su expediente académico en el año 1943; más tarde obtuvo el premio extraordinario del doctorado.

María Josefa Canellada con su marido Alonso Zamora Vicente

Desde que terminara sus estudios ha sido profesora y colaboradora en multitud de centros de enseñanza e investigación superiores: colaboradora en el Instituto Menéndez y Pelayo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (1940-1946), colaboradora del Laboratorio de Fonética de la universidad de Coimbra con el profesor Armando de Lacerda (1942), profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Salamanca (1946-1948), profesora de Cursos para Extranjeros de la Universidad de Salamanca (1952-1958), colaboradora de la Sección de Filología del Colegio de México (1960), investigadora del Seminario Menéndez Pidal (1958-1962), profesora de Fonética Española en Middlebury College (1964), profesora de fonética española en los cursos de la universidad de Nueva York en España (1966-1974), profesora encargada de curso en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense (1970-1973), profesora en el curso de Lengua y Literatura españolas para profesores de español en los países de habla inglesa del Caribe (1974-1975), profesora en los cursos hispano-filipinos para profesores de español (1976-1983), redactora principal del Diccionario manual de la Real Academia Española (1979-1988), profesora invitada en el Romansk Institut de la Universidad de Copenhague (1981). Es miembro de número de la Academia de la Llingua Asturiana desde su fundación, en 1981, y académica correspondiente de la Real Academia Española desde 1986.

[Muere en Madrid, 7-5-1995]. 

Berta Pallares y Pedro Peira, “Presentación”, en Sin Fronteras: homenaje a María Josefa Canellada, Madrid, Editorial Complutense, 1994, p. XI-XII.

 


María Josefa Canellada, narradora

por Emilia de Zuleta

UN TESTIMONIO EXISTENCIAL

En vano buscará el investigador el nombre de María Josefa Canellada en los estudios sobre la narrativa española contemporánea. Sin embargo, una persistente vocación literaria acompaña las labores científicas de esta filóloga de primera línea desde la época en que aparece su tesis doctoral sobre El bable de Cabranes (1944). Dentro de esta producción, escasa pero de excelente calidad, sobresale una novela, Penal de Ocaña, que justifica por sí misma el título de narradora que atribuimos a María Josefa Canellada en el presente trabajo.

     Escribió esta novela en la mitad de su vida, momento en el cual, según Georges May, surge el impulso autobiográfico y la voluntad testimonial. Testigo de un hecho histórico excepcional, la guerra civil española, pone distancia como lo hicieron sus compatriotas, quienes cedieron a narradores extranjeros -Hemingway, Bernanos-, los primeros enfoques del gran tema, y opta por transformar en ficción la experiencia vivida.

Tenía María Josefa Canellada algo más de cuarenta años cuando Penal de Ocaña queda como finalista del certamen Café Gijón de 1954, cuyo primer premio obtuviera Carmen Martín Gaite con El balneario. Era una narradora al margen de los grupos literarios de aquel momento. En el mes de mayo de aquel mismo año, en el primer número de la Revista Española, dirigida por Antonio Rodríguez Moñino, colaboraban Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Carmen Martín Gaite, quienes ya integraban un núcleo generacional definido. Simultáneamente fueron publicadas las novelas Los bravos de Fernández Santos, Pequeño teatro de Ana María Matute, Duelo en el paraíso de Juan Goytisolo, El fulgor y la sangre de Ignacio Aldecoa, Con la muerte al hombro de José Luis Castillo Puche y Cuerpo a tierra de Ricardo Fernández de la Reguera. Salvo las dos últimas, donde el tema principal es la guerra, en las restantes ésta no aparece o lo hace en forma oblicua, como circunstancia, fondo del cuadro u ocasional reverberación en la conciencia de los personajes. Buen ejemplo de ello es la novela de Aldecoa, protagonizada por un grupo de niños en quienes se proyecta desde una perspectiva infantil, la tragedia y la violencia del conflicto. Dentro de este panorama, la novela de María Josefa Canellada pudo abrir una nueva perspectiva.

Pudo abrirla de haber sido publicada en aquel momento, pero cuando ya estaba en pruebas de página para la editorial Insula, en junio de 1955, su edición fue prohibida. Nueve años después se la autoriza con una mínima supresión. Tenía ya su autora cincuenta y dos años y habría de aguardar veinte más, hasta 1985, para ver publicada una versión completa de esta obra.

Pero para situarla debidamente convendría que nos remontemos al momento en que fue escrita, durante la etapa en que se produce en el mundo hispánico la recepción del pensamiento existencialista. Acababa de tener María Josefa Canellada un puesto de observación excepcional para este fenómeno tan importante y que aún no ha sido debidamente estudiado: Buenos Aires entre 1948 y 1952, lapso durante el cual vivió allí, junto a su marido Alonso Zamora Vicente, director del prestigioso Instituto de Filología de la Facultad de Filosofía y Letras.

Mª. Josefa Canellada y Alonso Zamora Vicente

En efecto, Buenos Aires estaba inmersa en la atmósfera existencialista desde hacía algunos años. En 1932, en el quinto número de Sur se había publicado ¿Qué es metafísica? de Heidegger, en la traducción del argentino Raimundo Lida. Posteriormente se avanzaría hacia elaboraciones originales como la de Carlos Alberto Erro en su Diálogo existencial, de 1937, dedicado a la memoria de Unamuno, libro que contiene, además, un anticipo de la lectura existencialista de este autor español que comienza a prevalecer en toda América por obra no sólo de americanos, sino también de exiliados peninsulares. Ya en la década de los cuarenta, las traducciones de La náusea y El muro (1948) y de Qué es la literatura (1950), de Jean-Paul Sartre, por la editorial Losada, inician tempranamente una serie de versiones argentinas de sus obras. También, y casi simultáneamente con sus ediciones originales, hubo traducciones de Albert Camus, a veces anticipadas en la revista Sur, como en el caso de su Calígula, aparecida tres años antes de que se la reuniera con otras en el volumen de su Teatro traducido por Guillermo de Torre y Aurora Bernárdez, para Losada, en 1949. Precisamente en aquel año de 1948 en que los Zamora Vicente llegaban a Buenos Aires, en el primer número de la revista Realidad, se incluía la primera parte de la Carta sobre el humanismo, donde Martín Heidegger fijaba su posición contra Sartre.  

Con Menéndez Pidal

Todo ello permite ponderar la magnitud de una atmósfera existencialista, al margen de su posible verificación como influencia o intertextualidad dentro de la producción intelectual de aquel momento.

Alonso Zamora Vicente, testigo privilegiado en este caso, alude en su Prólogo de 1985 a Penal de Ocaña, a los puntos de contacto entre La peste de Camus y esta novela donde una plaga -no las ratas como en aquélla, sino la guerra-, «lo llena todo, lo explica y confunde todo». Y también como Meursault, el héroe de L'étranger, agrega, la protagonista de Penal de Ocaña acepta el absurdo de su nueva situación y, finalmente, su aniquilamiento. Pero en ella, continúa, la religiosidad da un sentido diferente a su tragedia. A nuestro juicio, habría que pensar, también, en una coincidencia con el existencialismo cristiano de Gabriel Marcel o Micchele F. Sciacca.

Desde el punto de vista literario, quizá el contacto principal entre esta novela y la narrativa existencialista, radique en el reencuentro de la heroína consigo misma y con los otros, como resultado de un proceso de autorreflexión solitaria y libre que la lleva a clarificar su propia existencia a través de sucesivas elecciones signadas por la búsqueda de autenticidad.  

María Josefa Canellada con Tomás Navarro Tomás

La historia es simple, María Eloína Carrandena, estudiante de Filología que trabaja en el Centro de Estudios Históricos de Menéndez Pidal, se enrola como enfermera en los primeros meses de la guerra. Primero en Madrid y luego en Ocaña, en lo que fuera sede del antiguo penal, cumple las funciones propias de un hospital de sangre, la atención de heridos graves hasta su restablecimiento o su derivación hacia otros centros. Padece con cada caso que se le presenta y, a la vez, se inquieta por la suerte de su propia familia. Tiene contactos espaciados con sus ex-compañeros y maestros de la Universidad y, en una aceleración progresiva, enfrenta su crisis: el descubrimiento de que hay heridos condenados a desaparecer por razones políticas y, como consecuencia, su pedido de traslado y su propia desaparición. Todo ello ocurre en el período de un año, entre el 2 de octubre de 1936 y el 2 de octubre de 1937, aunque el epílogo está datado el 30 de noviembre del mismo año. Históricamente, corresponde este lapso a la resistencia de Madrid ante el primer avance de las tropas franquistas que llegan hasta la Ciudad Universitaria a mediados de noviembre de 1936 y libran la gran batalla a comienzos de febrero de 1937 para, finalmente, suspender el asedio en marzo. Luego, la intensidad bélica se desplaza hacia otros frentes mientras que en Madrid se instala el gobierno de Negrín y, con él, el predominio de los comunistas. Hacia el otoño de 1937 la derrota parecía inevitable y los controles políticos se acentúan. Esta serie histórica tiene reflejo puntual en la acción y en los personajes de la novela.

Penal de Ocaña, dice Zamora Vicente, «es novela desde dentro de la guerra misma».  Diríamos también novela en la guerra cuyo eje principal se desplaza hacia su testigo, la joven estudiante-enfermera.

  Emilia Zuleta,“María Josefa Canellada, narradora”, en Sin Fronteras: homenaje a María Josefa Canellada, p. 599-601. 

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Fundación Biblioteca Alonso Zamora Vicente