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SIESTA
MARCEÑA, PRIMAVERA ADENTRO. EL JARDINCILLO COBARDE la plaza se despereza en la
hora soleada y va estrenando sus brotes. Muchos niños se revuelcan, sucios, en
la arena menuda de los senderos, ausentes al bullicio de la calle envolvente.
Jardinillo circular, rodeado asfalto, en la encrucijada de unas cuantas calles.
En los escasos bancos, las niñeras se despreocupan, cotorronas, de los
chiquillos que corretean, se empujan, gritan, se llevan a la boca las manos
grasientas y rebozan las chocolatinas en la tierra. Vendedores ambulantes pasan
una vez y otra ofreciendo sus inacabables maravillas. Pregones, sirenas
aisladas, campanadas de un carillón cercano. chirriar de tranvías. Un ascua de
ruidos. Como todas las tardes, doña Lupita llega jadeando, después todas las
tardes, doña Lupita llega jadeando, después de que el guardia de la porra,
Chucho el Orensano, que vive en el segundo exterior izquierda de su casa, la ha
ayudado a atravesar la calzada . Doña Lupita se siente siempre emocionada,
temblorosa, cuando Chucho estrecha su brazo delgadillo para decirle: « ¡Vamos,
ahora no viene nada! ». Porque doña Lupita sabe que sí, que vienen muchos
autos, amenazando, abriendo la boca para devorarla, pero Chucho el Orensano los
detiene, poderoso, con un solo gesto. Y Lupita pasa, rejuvenecida, haldeando,
preparando una ñoña sonrisa adolescente, y, el pie en el escalón de la
fuente, —siempre hay charcos aquí, estos niños latosos que andan siempre
tocando en el chorro—, para despedirse: « ¡Es usted un caballero, don Jesús...
! », quedándose siempre un poco preocupada de no saber el apellido, Dios mío,
si alguna vez se me escapa lo de ,”el Orensano”... Y doña Lupita se sienta,
lenta y suspirando, en el banco de piedra, al lado del puestecito de Tomasa
Aguilera, su vecina y patrona:
—
¡Al fin llegué, Tomasa!
—
Ya lo veo. También hoy la ha cruzado el guardia..
—
¡Es muy amable!
Vaivén,
zumbido de las moscardas, tercas, que regresan una vez y otra, y otra al reclamo
de los confites, el palo luz, el regaliz, las cajitas de jalea. Tomasa asusta
las moscas con un mosquitero de papeles coloreados. Los flecos andan ya un poco
alicaídos. Deja el mosquitero y se aplica a remendar unos calcetines, metiendo
dentro un huevo de madera.
—
¡El Andrés, desde que trabaja en eso de cobrar los plazos de las neveras, no
gana para calcetines!
—
¡Tendrá que andar mucho! Es lo que tienen esos oficios.
—
¡Mucho! Y luego no le pagan. ¡Estoy más harta!
—
¡Ya, ya!
Unos
niños se acercan, curiosos, al tenderete. Tomasa deja caer el calcetín,
prendida la aguja, y acecha a los niños por encima de las gafas. No le gusta
que la parroquia toque la mercancía, ni que se recuesten en el comercio. El
comercio es un coche de niño, viejo y despintado, bastante alto, en el que se
ha puesto una bandeja de madera, medio protegida con un cristal.
Tomasa
ordena sobre el cristal, mimo creciente, el desfile de caramelos, paquetitos de
pipas y de chicles, bombones baratos, bengalas, mixtos, polvos de pica-pica,
garbanzos de pega, cigarrillos... Una borrachera de colores. Debajo del
comercio, acurrucado y silencioso, Caifás, el perro, abre los ojos y olismea a
los recién venidos. Los chicos, después de curiosear en silencio, se marchan
corriendo. Tomasa se retuerce en su silla de tijera :
–
¡No traían ni una perra!
Doña
Lupita se alisa la manga ajada de su traje:
–
¡Pobreticos!
–
¡Qué pobreticos ni qué ochocuartos! ¡Fíjese usted, llevan una ropa que ya
la querríamos nosotras!
Doña
Lupita levanta el busto y se estira la falda desteñida :
–
¡También a mí me llevaban muy elegante de niña!
—
¡De niña, de niña! ¡Bah! Dentro de cien años, todos calvos! ¡Ahora es
cuando le haría falta, que aún no está usted tan vieja!
Lupita
junta los pies, asustada del propio rubor:
–
Tomasa, por Dios, no siga usted, que yo soy una señorita soltera !
–
¡Ya se ve, ya!
Largo
silencio. Se crece el ruido de los automóviles y de los tranvías, la chillería
de los niños. Tomasa se inclina sobre los calcetines y, de vez en cuando, mira
a su vecina por encima de las gafas, disimuladamente. Doña Lupita tose con
violencia:
–
¡Esos bronquios, doña Lupita!
–
¡Ay, hija mía! Es el cambio de estación. Siempre, al cambiar de estación, me
pasa igual. Me acatarro con nada. Y además, esto de tener que salir por las
noches al corredor...
–
¡Claro, lo que digo yo! Eso de que no haya más que un retrete al final del
corredor para todos los cuartos, que no hay derecho, vamos! Los de los
exteriores, por lo menos, tienen uno en cada piso. Por eso, si Andrés cobrara
bien los plazos, y le dieran buena, comisión, y se quedara algún piso libre, y
no nos pidieran traspaso, a lo mejor nos mudábamos a un exterior, como el del
guardia.
—
¡Claro, claro!, asiente Lupita entre tos y tos. Silencio otra vez. Una niña de
pequeñas trenzas se acerca, pide un caramelo, deja las monedas en el cristal,
empinándose, y se aleja contenta, falda breve, canturreando a media lengua. El
carillón de la iglesia cercana suena, escandaloso. Lupita se alborota:
—
¡Las tres! Es la hora de que llegue don Enrique.
—
¡Don Enrique! Otro como nosotras. Mucho don y ni cinco céntimos. ¡Estoy más
harta! Aunque, después de todo, los hombres están mejor. Don Enrique, por lo
menos, no tiene que hacerse la cama, ni lavarse la ropa, que para eso tiene una
nuera.
—
El va siempre muy aseadito, Tomasa. —Y, imprecisa envidia: ¡Se debe bañar
todos los días!
Tomasa,
rápida, un tembloroso susto en los labios:
—¡No,
eso sí que no! ¡Bañarse todos los días es cosa de masones! ¡Pues no faltaba
más!
Lupita
oscila las piernas, flacas, crujientes:
—
¡Mírele, ya viene por allí!
Don
Enrique Rius y Font de la Riba nació hace muchos años en Morelia, provincia de
Castellón de la Plana, un poco hacia adelante y a la izquierda según se sube.
Por lo menos, eso dice el interesado con gran frecuencia. A los diez y seis años
se fue a Cuba, y, al poco de llegar, la isla se hizo independiente y él anduvo
por varios sitios de las Antillas, ganándose la vida con sus habilidades y mañas.
—Pero,
don Enrique, ¿cómo se las arreglaba usted para enseñar a hablar a los pájaros?
—le preguntó doña Lupita, rutinariamente, con el mismo pasmo anidado en el
entrecejo fruncido.
—Doña
Lupita, los pájaros son unos hombrecitos muy amables. Además, en el mar Caribe
los pájaros tienen una lengua de músculos especiales, lo que les hace hablar
en seguida. No son como los de aquí, paletos, torpes y casquivanos. Las aves
del Caribe tienen cierto deje intelectual.
Don
Enrique, o como dicen los programas de mano de sus actividades circenses, el
Gran Don Kike, se acerca al banco con marcada ceremonia. Es persona de buenos
modales. Doña Lupita se mueve, haciéndole sitio amablemente, sonrisa boba.
Comienza a hilvanarse la tertulia de todas las tardes. Las dos mujeres corean su
contento:
—
¡Siéntese usted, don Enrique!
—
¡Qué limpias trae usted las botas, don Enrique!
—
Don Enrique, trae usted corbata nueva!
—
¡Creíamos que no venía hoy, Don Enrique!
—
¡Don Enrique...!
—
¡Don Enrique...!
Y
don Enrique, que de sus primeros años en Morella sólo conserva sus eles
grasientas y un seseo complicado con el seseo caribe, responde siempre:
—
¡Oh, señoras mías, imposible faltar a este conciliábulo! Con el permiso de
ustedes, voy a sentarme.
Doña
Lupita vuelve a moverse ligeramente en el banco, como para dejar más sitio al
recién venido, y esconde todo lo que puede los pies, para que no se vean los
zapatos rajados, torcidos, súbita vergüenza ante las botas brillantes de don
Enrique. Tomasa ordena una vez más la mercancía de su escaparate, se pone bien
las gafas y hunde el calcetín zurcido en una bolsa. Las dos se vuelven,
embobadas, a don Enrique, que carraspea, se apoya en su bastón, se rasca la
caspa y exclama:
—¡Qué
día maravilloso!
Las
dos mujeres se precipitan:
—
¡Espléndido!
—
De verano, ¿no verdad?
—
Bueno, tanto como de verano, ¿eh? No hay que fiarse de esta ciudad traidora.
Cuando yo estaba en Manzanillo...
—
¡Cuente, cuente, don Enrique...!
—
Sí, claro, cuente... En Manzanillo...
—
En Manzanillo, ya se lo he contado, conocí a mi mujer. ¡Ah, qué mujer! Quizá
para el gusto de aquí, por entonces, demasiado morena, pero...
—
Don Enrique, no se entusiasme, que a nuestros años...
—
Lleva usted razón, doña Lupita. Pues a mi mujer, como le iba contando, la
conocí porque vino a que le echara las cartas. En fin, ustedes son unas
personas cultas, a ustedes se les puede contar. Una tarde en Manzanillo, con un
calor que se podían freír huevos en el suelo, y ella, mi inolvidable Ingrid...
En fin, que hubo que casarse. Fatalidad que las cartas predijeron. La pobre
estaba de propina tan sola... A su padre lo fusilaron los yanquis por su
demasiada fidelidad a la Reina Regente.
—
¡Qué horror!
—
¡Habrase visto!
—
Además, a esos señores no les gustaban las gentes oscuras.
—
Ya ! Siga, siga...
—
Pues, como les iba diciendo. Mi inolvidable Ingrid, que era muy morena, más
bien algo mulata, y que no estaba muy empapada de las verdades de nuestra santa
madre Iglesia. Pero, excúsenme un momento, mis queridas y veneradas amigas, que
una necesidad apremiante...
Don
Enrique se levanta y se dirige al urinario subterráneo que hay en los mismos
jardinillos, cerca del puesto de horchatas y refrescos. Las dos mujeres se
quedan mustias, calladas, repentinamente aisladas por una invisible pared de
lejanías, de ausencias, de nostalgias:
—
¡Qué bien habla don Enrique!
—
A mí lo que se me hace raro es el nombre de la mujer. ¡Ingrid y casi negra! ¿No
le parece, Tomasa, que aquí hay gato encerrado?
—
¿Cómo serán los pisos en Manzanillo? Porque, ¡estoy más harta! —susurra
Tomasa, que está a lo suyo.
Don
Enrique vuelve, arranca unas flemas en el pañuelo y se sienta, dejando oír
agudamente el silbido de los bronquios:
—
A mí, las escaleras, señoras, ¡qué mal me caen las escaleras! Y pensar que
fui campeón de salto y de potro, y de campo a través. Claro que todo eso después
de haber pasado lo que pasó con Ingrid, desventurada.
Lupita
teme preguntar una vez más qué pasó con Ingrid. Le gusta mucho oírselo
contar, cada vez hay algo nuevo, cada ocurrencia, pero no quiere herir en los
recuerdos de don Enrique. Sin embargo, y haciéndose de nuevas:
—
Pues... ¿qué pasó?
—
¡Me abandonó! Me abandonó en el mejor momento de mi carrera artística,
cuando yo hacía los juegos de ruanos más sugestivos y emocionantes y tenía
que saludar varias veces ante los aplausos. ¡Ah, aquellas noches, triunfales
del gran mister Kike ! Mister Kike soy yo, ¿lo sabía, doña Lupita? ¿Y usted,
Tomasa? Pues, entonces...
—
¡Qué corazón!
—
¡Es que en amor, ya se sabe!
—
Ustedes, las mujeres, son deliciosamente veleidables...
Tomasa
abre la boca ante la palabra nueva y las gafas le patinan, audaces, hasta la
punta de la nariz:
—
¡Qué bien habla usted, don Enrique, o mister... mister... Bueno, mister eso.
Eso que decía usted antes.
—
Mister Kike, diplomado por Roma, París y Constantinopla, para servirlas...
Claro que a ustedes, buenas amigas, no debo engañarlas. Eso lo decían los
programas de mano, pero yo nunca estuve en Roma, ni en París, ni en
Constantinopla...
Lupita
vuelve al ataque de la historia sentimental:
—
Usted sufriría mucho, ¿no verdad?
—¡Figúrense,
solo, con dos hijos. Pero, como Dios es grande, me... me... ¿cómo diría
yo?... Me asocié con Niní, la ex-campeona de bicicleta.
—
¿Cómo? —se exalta Lupita— ¿Eso no me lo había contado usted nunca!
—
¿No? Será que no tiene importancia. Niní era una buena chica, que me
planchaba muy bien los cuellos y los puños. Yo siempre he tenido debilidad por
los puños y los cuellos muy bien planchados. Fíjense en los que Llevo. Y Niní,
que había tenido que dejar el oficio casi del todo, me cuidaba muy bien.
—
Y, ¿por qué dejó el oficio?
—
¡Ah , si, se me olvidaba! Le salió una verruga en un sitio, vamos, cómo diré
yo... ¡Que no podía sentarse en el sillín a gusto para hacer la tercera
pirueta, la del número final!
Tomasa
y Lupita acuerdan su condolencia:
—
Claro, entonces no las quemaban!
—
¡Con la de recetas y ungüentos que sé hacer yo para quitar las verrugas!
Don
Enrique, devuelto al saludo glorioso de fin de fiesta del mejor mister Kike, se
desloma en gratitudes:
—
¡Muchas gracias, muchísimas gracias, mis queridas amigas! Pero la difunta Niní
ya no necesita de remedios. Palmó cuando la gripe del año diez y ocho.
—
¡De ayer es la fecha!
—
¡Así acabó de sufrir!
—
Es verdad! Pero, tengo que pedir perdón, porque una apremiante
necesidad...
Don
Enrique vuelve a encaminarse al urinario, ligeramente agachado, tosiendo. Lupita
y Tomasa siguen expectantes. Los ruidos de la calle brotan violentos ante la
conversación interrumpida, queriendo llenar su hueco. Una ambulancia rompe la
tarde con la sirena. Lupita, soñadora.
—
Algún accidente.
—
Un atropello, seguro. Ahora, ya se sabe.
Nuevo
asalto de los niños al tenderete. Chicles, bengalas, pipas de girasol. Caifás
gruñe en el suelo. Los niños se apretujan, procurando no mover el carrito, ya
conocen el genio y las estimaciones de Tomasa. Un brillo gozoso les inunda la
boca y la mirada. Caramelos, petardos.
Tomasa
se lamenta:
—
Esta vida del comercio es más aperreada!... ¡Estoy más harta!
Regreso
jadeante de don Enrique. Se sienta reclamando perdones. Doña Lupita mira al
fondo del sendero, hacia el lado donde está la gasolinera. Va llegando, poco a
poco, un grupo extraño. Avanza un hombre también viejo, con un sombrero hongo,
pardusco por el tiempo, traje muy pasado de moda, grandes bigotes, alto cuello
duro, muy tieso, con varias condecoraciones, en la solapa y en el pecho. Un
chihuahua con cascabeles sujeto a una correíta, da trotecillos cortos a su
lado. El hombre saluda de cuando en cuando, quitándose el sombrero, a
imaginarios transeúntes. Al acercarse al banco, también saluda. Las mujeres no
saben qué contestar, boquiabiertas. Un corro de niños, asombrados, mira
curiosamente al paseante y al perrillo, y, ya perdido el miedo, les gritan, dan
patadas al perro, tiran piedras y papeles al viejo ensimismado. Las niñas
tienen miedo del perro saltarín y temblón. Ya alejada el paseante, Tomasa, en
jarras, las gafas en el límite del equilibrio:
—
¿Quién será este Don Tancredo?
Doña
Lupita suspira, un súbito azoramiento:
—
Debe de ser un militar retirado. ¿No ha vista usted las condecoraciones?
—¡Eso
se puede comprar en cualquier sitio! —regurgita, despectiva, Tomasa—.Para mí
que es un mochales que anda suelto, dando mal ejemplo a las criaturas.
Don
Enrique, escupiendo lejos, contemporiza:
—
Por el aire, es hombre de primera clase. De eso no hay duda.
—¿Qué
quiere usted decir?
—
Pues digo que los hombres son de dos clases. Ese es de primera.
—
Anda éste, con lo que nos sale ahora. Y, ¿qué es eso de primera o segunda
clase, como en el tren?.
—
Muy sencillo, —tose y tose don Enrique—. Perdón por esta maldita tos, señoras
mías. Los hombres somos- de dos clases. Unos nacen así, como ese tío,
templados, enhiestos. Tienen el pecho, ya desde antes de nacer, dispuesto para
recibir condecoraciones. Otros nacen como yo, los de segunda. Ya tenemos la
espalda echada hacia adelante. Nada de condecoraciones. Si nos descuidamos, nos
colocan en los hombros un saco bien llenito. ¡Así es la vida, y hay que
conformarse!
—
¡No nos venga ahora con filosofías! Ande, que usted aún va bien elegante.
Doña
Lupita ha dicho esto último mirándose los zapatos gastados, las medias
baratas, la falda desteñida, los puños de piel pelechona... Doña Lupita se
mira las manos deformadas por el reuma y siente una gran compasión por sí
misma. Suspira, una lejana pena orillando la voz:
—
En mis tiempos, yo tuve un novio militar. ¡Más alto era... ! Teniente de
artillería, teniente era. Pero...¡ De los de primera, don Enrique !
Tomasa
se levanta airada, súbita. Un mozallón con una barquillera al hombro pasa por
allí. Tomasa se le acerca y le ordena que se marche al otro extremo de la
plaza:
—
Esta tierra es mía y yo tengo aquí mi clientela. Así que, ¡largo!
El
muchacho se aparta refunfuñando. A los pocos pasos se vuelve, mira rencoroso a
Tomasa y dice, bajito, algo que se adivina injurioso. Tomasa grita:
—
¡No me tientes!¡Mira que estoy muy harta! ¡Yo pago mis impuestos!
Don
Enrique intercede:
—Tomasa,
mi querida amiga, yo considero que ese joven no le ha hecho nada. Se trata de un
inofensivo industrial que no posee acciones. Además, usted no tiene barquillos,
y él paga también su licencia, y todo esto sin contar con la caridad
cristiana, ni con el principio, universalmente acatado, de la división del
trabajo.
Tomasa,
sentándose, dándole meneos nerviosos al mosquitero :
—
Oiga, don Kike, usted, de esto, pues que ¡chitón! Muchas palabras, sí, pero
si una se hace de miel, le quitan la clientela, y la industria se desmorona. ¿Es
que usted no lee los periódicos? ¡Hay que proteger la pequeña industria! Todo
el mundo lo sabe.
Doña
Lupita interviene, un poco asustada ante el cariz que toma la discusión:
—
No, no diga usted, Tomasa. Lo que dicen los periódicos suele ser mentira. Y si
no, acuérdese usted de lo de...
—¡
Calle, calle! Lo que dicen los periódicos va a misa.
—¡Ay,
no crea! Ya ve usted lo del seguro mío.
—¡Si
lo sabré yo! Ya ve los precios. Yo leo los periódicos todas las mañanas antes
de subir mi mercancía.
—
Bueno, no es lo mismo. Yo lo que sé es que el seguro no funciona. Y los precios
subirán, pero las pensiones no. Y la penicilina, ¡bueno, la penicilina! Y yo
necesito muchos específicos, ¿sabe usted, don Enrique? Yo soy feliz gracias a
los específicos. ¡Me encantan!
Don
Enrique mueve la cabeza cansadamente:
—
Me lo imagino, claro, me lo imagino.
Tomasa
regurgita:
—
Pues a mí no me han dado nunca penicilina. Ni me la darán. ¡Sinapismos! ¡Manzanilla!
¡Y tan guapamente!
—
¡Así, cualquiera!., —deduce Lupita. ¡Por eso no necesita del seguro!
Don
Enrique extrema su atención galante por doña Lupita:
—
Y, ¿qué específicos necesita usted, doña Lupita?
—¡Mis
catarros! Siempre tengo aquí dentro un puchero hirviente. ¡Una caldera! Y
luego, el reuma maldito...
Don
Enrique mira de reojo el busto escurrido de Lupita:
—¡Pobre
doña Guadalupe! ¿Cómo no se le cura el catarro con el buen tiempo?
—
¡Jamás, don Enrique! ¿No ve que tengo que salir por las mañanas al corredor?
—¡Anda!
¿Por qué? No salga hasta la tarde, o hasta el mediodía.
— Don Enrique, usted no entiende, —acude Tomasa.
—Aquí,
doña Lupita, quiere decirle a usted que tiene que ir al retrete. Porque hay un
solo retrete en el corredor para todos los inquilinos de los interiores. ¿O creía
usted que doña Lupita se levantaba a ver amanecer? No, hombre, no; le digo que
al retrete.
Don
Enrique, acceso del hogar tibio con el hijo y la nuera, y los nietos, casa
protegida, con baño decentito, sufre un atroz golpe de tos. Las lágrimas se le
desatan. Se tapa con el pañuelo la nariz y la boca y fuertes estremecimientos
le sacuden todo el cuerpo. También ahora le silban a él los bronquios. Las dos
mujeres esperan calladas que vuelva la serenidad. Don Enrique se limpia los
carrillos, se suena la nariz, respira hondo con los ojos muy abiertos, y,
zalamero, se dirige a Lupita, dándole un amable esguince a la conversación:
—
Decía usted, doña Lupita, que su novio...
A
Lupita le despierta una revoltosa alegría íntima recordar a su novio, el
oficial. Hace esfuerzos ella sola, con frecuencia y para dormirse, por evocar la
figura, los bigotes rizados, el ruido de las espuelas, quizá algunas noches en
la reja, mientras el sereno daba las horas en la esquina...
—¡Ah,
sí! ¡Apenas podíamos vernos solos!
—¡A
ver! ¡ Las costumbres!
Lupita
siente que una bola espinosa le remonta del estómago a la garganta:
—¡Era
una costumbre muy buena!
Un suspiro profundo se escurre entre el griterío infantil, el barullo de
un transistor que las criadas corean con grandes risotadas, el llanto
desconsolado de unas niñas. Doña Lupita, ensimismada, prosigue:
— Me solía traer flores con frecuencia. ¡El pobrecillo usted?—¿Por
qué pobrecillo? ¿Por qué no se casó con usted?
— Porque ya estaba casado, y tenía tres hijos. Pero yo le tenía una
gran lástima.
—
¿Es posible? Lo que era ese oficialito era un sinvergüenza. Con que lástimas,
¿eh?
—Pues,
sí, ya ve usted, Tomasa. Le tenía yo mucha compasión, porque...
—¿Por
qué? —interviene don Enrique.
—
¡Ah, es muy fácil! Vivía con ellos la suegra, que, de vez en cuando, le
maltrataba. ¡Llegaba a pegarle ! Ya ve usted si no era para compadecerle.
—¿Que
le pegaba? ¿A un teniente?
—
Si, pero, ¡claro está!, cuando no iba de uniforme.
Tomasa
presiente que una distinta situación se plantea. Una luz inédita le atraviesa
los pómulos, se le extasía en las
pupilas:
—
Ah, bueno, así...
Don
Enrique, componedor, penetrado de la ausencia entristecida de doña Lupita:
—Los
hombres, ya se sabe, doña Lupita...
Un
compacto silencio. En el aire endurecido de repente, Caifás estornuda. Antes de
que los ruidos de la calle se vuelquen de nuevo, don Enrique intentando
levantarse:
—
Perdón otra vez, pero la necesidad de siempre...
Don
Enrique, carraspeando, llenando de polvo y babas sus botas ya no muy brillantes,
se marcha de nuevo, pasito a pasito, hacia el urinario. Se le ve vacilar al
comenzar el descenso de la escalera. Las dos mujeres se quedan calladitas, súbitamente
aisladas, suspiros cobardes, rodeadas de tarde madura y de ruidos.
Los
niños se acercan, curiosean el carrito, se marchan hurgándose las narices,
dando pasos hacia atrás, temerosos de Caifás, que, somnoliento, bosteza y enseña
su dentadura mutilada. Risas de niñeras. Escándalo de una ambulancia. El
carillón vierte sobre el jardincillo las campanadas de las cuatro. Unas niñas
que juegan a la pata coja detienen sus saltos para contar las campanadas y
seguir el ritmo, resolviendo su curiosidad alerta en risas y chillidos. Doña
Lupita y Tomasa regresan a la realidad:
—¿Las
cuatro! ¡Cómo pasa el tiempo!
—
¡Ya, ya !
Tomasa
se interesa por los alifafes de Lupita:
— Y, dígame usted, con tantas cosas como dice que le pasan, ¿no será
que en el seguro se han cansado de usted?
—
Ay, no. Es que no deben de estar bien arreglados los papeles. Ya sabe usted que
hacen falta siempre muchos papeles.
—
¡Muchos papeles!
—
Yo no he podido aclarar muy bien la fecha de mi nacimiento. El registro lo
quemaron durante la guerra.
—
A muchos desvalidos les ha pasado eso. Pero con otro papel, creo que jurando
sobre él, se arregla.
—
A mí no me hicieron caso. Me dijeron que llevara testigos.
—
Pero, usted, ¿no tenía ningún otro papel?
—
Todos los perdí en la evacuación de mi barrio. Salí con lo puesto.
—
¡Encontraría testigos!
—
Pues tampoco. Yo nací en Puerto Rico, pero no sé el sitio. Ya no puedo volver
allá a preguntar. En la comisaría me dijeron que llevara los padrinos del
bautismo. Fíjese usted, cualquiera les echa un galgo.
—
Pero, hija mía, con qué poco se ahoga usted. Eso se encuentra en seguida.
Don
Enrique asoma por la escalera del urinario, pregonándose con su tos. Lupita
mira y monologa.
—
¡Cuántas veces baja ahí este hombre!
—
Es la edad, doña Lupita. ¡La próstata! ¡El ataque de uremia! ¡A mi difunto
le pasó lo mismo! ¡Qué noches, levantándose a cada rato!
—
¿La próstata? ¡Jesús!
—
Vamos, que se va a hacer de nuevas ahora. ¡Ande, que también usted!
—
Yo no sé nada de eso. ¡A mí me educaron como a una señorita!, —se remilga
Lupita atornillándose al banco.
Don
Enrique se sienta. Ha dado un rodeito para no pisar los cuadros que las niñas
dibujan con una piedra, en la arena, para saltar sobre ellos. Al poco de
sentarse, se acerca un vendedor de corbatas. Las lleva al brazo, una brisa
revuelta oscila entre las franjas de colores brillantes:
—¡Baratas,
baratas me las vendo! ¡A elegir!
Una
triple mudez aleja al vendedor. Al poco, Lupita, entre dientes, soñadora:
—¡Cómo
me gustaría regalarle una corbata, don Enrique! Pero no haría bien, ¿no le
parece?
Tomasa
se queda mirando a Lupita, entre intrigada, y divertida. Mueve la cabeza con un
gesto de disculpa y se aplica, inesperadamente, a revolver en la bolsa de su
costura, entresacando calcetines, las agujas, un pañuelo de colores. Don
Enrique suspira:
—
A mí me gustan solamente negras. Esta que llevo a rayas es de las que retira mi
hijo, y mi nuera las arregla, y me hace ponérmelas. Pero a mí... ¡Oh, una
corbata negra, con una perla en el alfiler...!
—
Sí, eso es, con una perla! – remacha Lupita.
Un
escalofrío de nostalgias. Lupita, embebida, deja resbalar su mirada por
innumerables galerías donde desfilan galanes apuestos, con perlas en la
corbata, multiplicándose, alocadamente, en los espejos de la memoria. La calle
vuelve a hacerse dueña del instante, -en ruidos, chirridos, conversaciones
mutiladas, sirenas, timbrazos de los tranvías, musiquillas ahogadas de los
bares. El primer anuncio luminoso comienza a parpadear, Firestone, Fi-res-to-ne,
el silbato de los guardias, niños que van de retirada, remolones y arrastrando
los pies, levantando polvo, tirando al alto sus diminutos tesoros transitorios,
tapas de cartón, chapas de cerveza que han puesto en los rieles, piedrezuelas
de formas y tamaños prodigiosos, vocerío de alguien que reclama un taxi... La
tarde se va desplomando. Van saliendo sombras azuladas de los árboles tiernos.
Gritos de las criadas -que acarrean a los chicos, negativas, lloros, azotainas.
El reclamo de unos refrescos mana de una furgoneta, estruendosa lluvia de
felicidad y vitaminas. One,
two, 'three naranjus. Un
chico, espigadito y sucio ofrece, veloz, una bandeja de obleas, silbandillo,
mientras da patadas a las piedras del camino. El guarda del jardín repasa, como
todas las tardes, los bajos alambres divisorios, que suelen romper los niños
sentándose encima, o pisándolos en simulado equilibrio... Del cine de la
esquina llega, tensa, dominante, agresiva, la sintonía del Nodo, mientras la
cola ante la taquilla se impacienta. Los tranvías comienzan a dejar un chirrido
de sombra y de cansancio en la curva de
la
avenida, Firestone apagándose y encendiéndose, apagándose y encendiéndose,
deslizando brillos contagiosos en los ojos de doña Lupita, quebrada tristeza,
doña Lupita agobiada por los precios de los específicos, la soledad, el frío
creciente en las articulaciones, el desmaño del vestido y del pelo, súbitamente
despoblado y vacío el ademán del brazo alzado para alisar la cabeza, asustada
la mano por la invencible blancura... Caifás gruñe y se remueve. Tomasa, habla
consigo misma:
—Hoy
el negocio no fue muy bueno. Y Caifás quiere ya su cena.
Caifás
se levanta. Oscila su vientre enorme, sus pasos lentos, olisquea, sin fuerza
apenas para mover el rabo, a doña Lupita y don Enrique. Se acerca al césped,
despacito, buscando un árbol:
—El
único que puede pisar la yerba sin que le multen.
Don
Enrique contempla al perro, acusada meditación:
—
Un perro así, de buena casta, viejo, mansurrón, sobre todo tan viejo, podía
ganar dinero en el cine. Usted, Tomasa, ¿no ha probado a llevar a Caifás al
cine?
—
¿Caifás? ¡Quiá; no, señor! Caifás no creo que pudiera hacer nada en el
cine. Y, ¿a dónde le llevo? ¿A quién hay que pedir recomendaciones? Aunque
no, no vale la pena. Caifás es un perro sin instrucción.
—
No importa. Ahora, en el cine se lleva mucho la, naturalidad. Caifás podría
ganar dinero. Si usted quiere, yo la puedo presentar.
–
¡Anda, mi madre! ¡Lo que me faltaba que oír! ¿Es que usted también, vamos,
que si usted...?
—
Si, sí, yo. Yo trabajo en el cine.
Doña
Lupita abre la boca. Los ojos se le quedan opacos, distantes, y las cejas se
comban en sobresaltad circunflejo. Tomasa arranca:
—
¡Mi madre!
Lupita, ensimismada:
— ¡Cómo me habría gustado a mí eso!
—
Pues ya ven, es bien fácil. Ahora están de moda las películas de viejos. Que
si los pensionistas que no pueden con su alma, que si los asilados, que si los
maniáticos, que si la muerte ésa, la que se dan antes para ahorrar gastos...
¿Usted no sabe que hay unos médicos nuevos, especiales para las personas de
edad?
El
asombro se derrama en exclamaciones. Las gafas de Tomasa han caído sobre el
halda. Un gesto repentino hace dar una sacudida al tenderete. Tintineo de
metales cascados, envueltos en una herrumbre de años, de polvo, de tristeza.
Lupita devana sobresaltadas interrogantes:
—
¿Son también algo mayores?
—
¿Llevan bata blanca?
—
¿Resultan muy caros?
—
¿Aconsejan?
—
¡No los incluye el seguro!
La
tos pertinaz de don Enrique regresa. Se encoge en el asiento, apretándose las
ingles como puede:
—
Ustedes perdonen el gesto. Me atemorizan las hernias. ¡Uno conoce tantos casos
desgraciados entre parientes y amigos! Una hernia estrangulada no la remedia a
mis años nadie, ni un médico de esos nuevos.
—
Pero, esos médicos —se alarma ¿dónde están?
Don
Enrique, serio, ahogándose todavía, limpiándose lágrimas, un manchurrón de
babas en la corbata lustrosa, exclama, magnífico:
—
¡Se llaman geriatras!
—
Geri... ¿qué? ¡Usted bromea! ¡Don Enrique, no abuse de nuestra inocencia, no
faltaba más que eso ahora! ¡Pues, anda!
—
¿Yo bromear? ¡Ya no soy un niño!
Lupita,
mimosa, una endeble ñoñez orillándole la voz:
—
Don Enrique ha sido siempre un joven simpático, bromista y divertido.
Un
silencio. Tomasa mira a don Enrique con compasión. Lupita se atreve a
quebrantar su finura de laca, de estuche con conchitas de la mar cantábrica y
palmeras artificiales. Mira a don Enrique con un mohín sombreado de juventud:
—
¡Tarambana! ¡Calavera!
Don
Enrique quiere reír. Pero la tos, la maldita tos:
—
Usted me honra, doña Lupita!
Lupita,
ya encaminada y coquetonamente desceñida:
—Y,
en el cine, ¿qué hace usted?
—Pues
siempre papeles de bulto, como dice la Ángeles, mi nuera. De hacer bulto,
vamos. ¡He salido ya en diez películas!
Lupita
siente desfallecer su ironía :
—
¿En diez? ¡Cómo siento que mi pensión no me permita asistir a los estrenos!
La
palabra estrenos hace más raída la falda de Lupita, más abarquillados sus
zapatos. La pobreza se despliega, cobarde, de las mangas zurcidas y brillantes,
de los hombros parduscos, del cuello y los puños rozados. Distraedor y altivo,
el carillón vuelve a sonar. Pasan los bomberos. Tomasa comienza a recoger.
Lupita se sorprende, preguntona y decidida:
–
¡Si yo me hubiera casado! Y dígame, don Enrique, ¿gana usted mucho en el
cine? Doña Rosario, la peinadora que vive en el tercero exterior derecha, letra
C, de mi casa, dice que los artistas de cine son los que más dinero sacan. ¿Es
verdad?
—
Pues, no; pagar, pagar, lo que se dice pagar, no pagan mucho. Pero, eso sí,
algo nos dan, que siempre es una ayudita en casa, y, además, nos dan muchos
caramelos. Pero la ayudita, la ayudita es lo esencial. Sobre todo porque se
siente uno emancipado, ¿comprende usted?, y no un trasto que pesa. Tengo un
amigo que todos los días, cuando se despierta, se pone muy triste, porque
entran sus nietos a verle en la alcoba.
–
¿Y por eso se entristece? ¡Debería estar orgulloso de sus nietos! ¡
Angelitos!
—
¡ Ca, no, señora! Los nietecitos son ya hombres hechos y derechos, y entran
solamente a ver cuándo pueden disponer de la habitación.
–
¡ Judíos ! –se alborota Tomasa–. ¡Cría cuervos, como decía mi difunto!
Lupita,
más serena y dolida:
—¡Qué
tiempos, Señor, qué tiempos!
—
Pues sí, así es la vida. Como usted ve, esto de trabajar en el cine asegura el
porvenir. Además, me suelo llevar a casa prendas que retiran los artistas
mayores. Sobre todo las mujeres rechazan muchísimas. La moda, eso de la moda,
ya se sabe.
–
¡Se las podrá arreglar su nuera!
–¿Mi
nuera? ¡Que se lo ha creído ella! ¡Que trabaje como yo! ¡Pues estaría
bueno!
Una
brisa oscura y ajada se levanta en las esquinas.
Ya
no quedan niños en la plazuela. Llega el relevo de Chucho el Orensano. Un
manguero riega torpemente el asfalto. Los autos se salpican de brillos. El sol
se ha escondido detrás de las casas y las sombras se van agarrando, apelmazándose,
en los balcones, en las cornisas. Tomasa recoge sus trastos, Caifás echa a
andar lentamente y se vuelve a sentar en el bordillo de la acera, por el sitio
donde todos los días cruzan la calzada. Doña Lupita y Don Enrique, tos va tos
viene, un poco a rastras los pies, arrugadas las ropas, siguen los pasos del
perro. Lupita se quita motas de polvo del vestido. El guardia detiene la
circulación y cruzan los cuatro despacito, vanamente apresurados. Los tres y el
carrito y el perro, ya una cómplice noche envolviéndolos. Se recortan sus
figuras en la luz cobriza del poniente, avenida abajo, espectrales, vacilando,
mientras el carro gime, hiriente, y Lupita añora sus manguitos jóvenes, era
una moda bonita, y cruza las manos sobre el vientre, y don Enrique se arregla el
nudo de la corbata, y tose, y cojea, y tose, y Caifás intenta ladrar a los
autos y no puede, y Tomasa hace cortas sumas de memoria, un día más, ya viene
el buen tiempo, a ver si todo se va arreglando. Al llegar a la esquina, se
encienden las luces, se despiden los tres:
—
¿Vendrá usted mañana, don Enrique? —lanza Lupita, una cenefa miedosa en la
voz.
—
Mañana, pasado y al otro. ¿Y usted Tomasa?
—¿Yo?
¡A ver!
Se
separan, Don Enrique tiene prisa por llegar a su casa, urgido por la necesidad
apremiante de siempre. Ya sabe que apenas le dará tiempo, que no podrá con la
desazón, y que, cuando llegue a casa, podrá escurrirse hasta el patio, y
orinar despacito, una lágrima brotándole, arrimado al quicio del lavadero. Y
Lupita calcula la altura del mes y lo que falta para la paga extraordinaria, y
para las liquidaciones en los comercios del barrio y en los grandes almacenes, y
Tomasa, dándole empujones al carrito, habla con Caifás, que viene a su lado
jadeando... Las dos mujeres se pierden por la cuesta abajo, la casa con corredor
y un retrete al extremo, y el cine, mira, Caifás, que si tú trabajases en el
cine... El carillón se deshace sobre el jardinillo vacío, los bancos desnudos,
la tierra hollada de pasos de viejo, de risas de niño. Calle abajo van las dos
mujeres, el cochecito y el perro, los transeúntes pasan veloces, sin mirar,
tranvías, anuncios luminosos desparraman en la noche cigarrillos rubios, marcas
de medias, bisutería, licores, aparatos eléctricos... Polvo fino y pegajoso de
los autobuses, ensuciando los pulmones. Al doblar una esquina, ese silencio de
la calleja estrecha y sin tránsito, calle avergonzada. Latigazo de oscuridad.
El largo portal hondo, negro, el patio, goteante la ropa tendida, Caifás
jadeante, las mujeres cansadas, la cola de los vecinos en el corredor pendientes
de la puerta del rincón, ay, Dios mío, si fuera verdad eso de que Caifás
pudiera trabajar en el cine, cuántas cosas podrían arreglarse, pero, ¡está
tan viejo!, si fuera verdad lo del cine y don Enrique, ¿no cree usted,
Lupita?... —Por la ventana de la cocina del tercero exterior, donde vive
Chucho el Orensano, la radio grita, enloquecida, miles de viviendas, derramando
comodidades, pisos, calefacciones, cifras, proyectos. Al abrir la puerta,
Lupita, Tomasa y Caifás van derechos a sentarse en su hueco de siempre, a
esperar un ratito antes de encender la luz, estos contadores que corren como
locos... Una voz de soltera se escapa de una cocina. Un portazo corta el cantar
dulzón, de bordes empañados. Hasta la oscuridad del cuarto frío, rebotando en
los almanaques de anuncio y en el cromo de la Ultima cena, entra el alalá de
Chucho el Orensano y se añuda, tartajoso, con el tictac enérgico del
despertador, tictac, tictac, las sombras ya sólidas, ay, Señor, qué vida ésta,
cuándo vendrá Andrés, tanto ir y venir por las dichosas neveras, este don
Enrique siempre contando cosas del Manzanillo ése, a saber qué será verdad,
mira tú qué ocurrencia eso de que Caifás vaya al cine, lo que nos faltaba que
oír...
Una
picazón súbita en los ojos al encender la bombilla. Carraspera agria del tufo
del aceite que sube por el patio. Tomasa se encamina, aflojándose las ropas, a
la cocina, y doña Lupita busca la puerta del corredor, procurando no hacer
ruido. Al pasar, un hondo perfume se despega de las matas de albahaca, pujantes
en roñosas latas de conserva, sobre la barandilla despintada.
En:
Papeles de Son
Armadans. Madrid-Palma de Mallorca. Año X. Tomo XXXVIII. N. CXIII (agosto,
1965), p.163-188.
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