Retrato. 
Alonso Zamora Vicente

  

Era el invierno, el duro invierno salmantino de 1957, febrero arriba. Van a comenzar las clases del Curso Superior de Filología Hispánica. Los estudiantes extranjeros van y vienen, asombrados, curiosos, pasando frío, mucho frío, a la vez que ensayan un inédito vivir, acorde con las campanas de la Catedral. Todo es muy diferente para ellos, muy extraño y lejano. Pasean por el claustro alto del Palacio de Anaya, viendo caer la nieve sobre las losas y sobre los nidos de una cigüeña madrugadora, anclada en el tejado de la escalera. Contemplan absortos el busto de Miguel de Unamuno cada vez que pasan por delante, y son muchas las ocasiones en que han de hacerlo, preguntándose una y otra vez por el allí representado, por su recuerdo y su presencia en la ciudad y en la Facultad que les acoge. Cuatro, cuatro y media de la tarde, ya la luz adelgazándose. Una universidad todavía familiar, donde el horizonte urbano en que se acopla se consume enseguidita y donde todos nos conocemos — y de veras — a los pocos días de coincidir en los gélidos seminarios. Entre los alumnos, ocurre siempre, los hay muy diversos y variopintos. Orientales (que ya comenzaban a asomarse por estos finisterres); italianos, norteamericanos, franceses, alemanes, ingleses... También varios hispanoamericanos (argentinos, colombianos, peruanos) y algunos árabes. Y están los alumnos de dentro, los de casa, abundantes en número y diversos en estímulos. La clase es en el Colegio de San Bartolomé o de Anaya, hermosísimo edificio del siglo XVIII, un aula lateral de las varias que fueron solemnemente decoradas cuando la casa fue cuartel general francés, durante la invasión napoleónica. Desde entonces, mucho habrá llovido, claro, pero no creo que se haya tocado mucho a las venerables paredes: las ventanas cierran mal, el balconaje está enfermucho, los cristales son modestos y ordinarios, oxidadas las varillas que los separan... El suelo cruje por todas partes, mientras, afuera, hay gresca de chiquillos que juegan a la pelota en los atrios de San Sebastián o de la catedralicia Puerta de Palmas, y la tarde se va desangrando en frío y palidez sobre las cresterías de la Catedral nueva. Isabel II, bombona, frescachona, pulidísima, preside, desde un retrato oficial firmado por Palmaroli, toda la habitación. Debe de estar en la pared lateral, frente a los balcones, desde 1868, cuando la defenestración, sin que la retratada sepa muy bien qué hacer con la corona, sosegada y simbólicamente colocada encima de una mesa, sobre un cojín, mesa vestida de lujosas colgaduras... Suenan papeles y carpetas, arrastrar de sillones, previos carraspeos... Y comienza la clase.

 Hablaba yo por entonces de problemas dialectales de la Península Ibérica. Estaba enfrascado en la redacción de mi 'Dialectología' y, recién vuelto de una larga estadía en América, procuraba ir poniendo en orden notas, citas, cuestiones deshilvanadas, sugerencias. Un mapa, viejo y algo descascarillado, me ayudaba en clase, desde un ángulo de la habitación. Mientras hago la introducción general, aprovecho para ir "descubriendo" las caras de los nuevos estudiantes. En la primera fila, reconozco a algún hispanoamericano, alumno de otros cursos y en otras geografías. Quizá veo también a algunos alumnos de los normales, que acuden a la curiosidad de lo monográfico y al reclamo de los estudiantes extranjeros (lo mismo ellos que ellas). Hay también la inevitable chica de ojos verdes y ausentes, de mirar despoblado, con trenzas rubias... Una mujer, ya algo cuarentona, de llamativa belleza, que resultó sefardí y que se sentaba junto al inglés bordado de pecas, pelo rojísimo, aquellas escandalosas pecas que le crecían con la digestión y con las dudas literarias... En el extremo, junto al mapa casi, un mozallón alto, ojos claros y vivos, que hablaba un español de Valladoliz (y un español muy bien construido), metido en un enorme jersey, un jersey de esos que producen calor ya sólo al mirarlos... Sigue muy atento cuanto se dice, participa, pesca los leves rasgos de humor, anota algo de cuando en cuando en su cuaderno, conoce el mapa español, le son familiares nombres, ríos, ciudades, montañas, conflictos... Se establece, desde el primer momento, una viva comunicación. El estudiante alto, rubio, de mirada atenta y sonriente, de movimientos ágiles, que se comporta con exquisito cuidado, es danés. De Copenhague. Me saludará al final de la clase, me trasmitirá los saludos de Kirsten Schottlaender, una excelente amiga y alumna, su profesora de español en Copenhague. El estudiante se llama, se llamaba, Sven Skydsgaard.

 Se me hace muy dificil volver ahora a la Salamanca de los años cincuenta y tantos. En mi memoria danzan imágenes muy contradictorias y, en general, poco gratas. Una Universidad incómoda, donde la bobería ministerial encontraba un sólido refugio a la hora de inventar planes, discutir distribuciones de enseñanzas, hacer infinitos proyectos... La ciudad estaba sumida aún en un oscuro letargo, un letargo de siglos y estulticia, donde los primeros pantalones femeninos (llevados por extranjeras, naturalmente) causaban pavor y alguna persona de raza negra que por allí apareció tuvo que andar poco menos que escondiéndose. Una ciudad donde alguien, universitario, cultivado, con el riñón bien cubierto, llamaba "aperos" a la instalación de la calefacción, así exhibiendo a flor de labios su radical condición rural. Aún pululaban por aquellas calendas las procesiones frecuentes y las misiones a voz en grito, atronando plazuelas y encrucijadas con la amenaza rimbombante de los daños infernales. Atestaban los cines las películas históricas de Aurora Bautista, Ana Mariscal, Lucía, Juan de Orduña... Mucha Juana la Loca, mucha Princesa de los Ursinos aguada y conversa al patriotismo carpetovetónico, mucha América inaugural, creciente a golpes de Evangelio Algunos actores viejos, "de antes de la guerra" (Rafael Rivelles, Juan de Landa, Miguel Ligero) y cantantes de idéntica cronología (Antoñita Colomé, Conchita Piquer, Juanita Reina) prolongaban la vena folklórica, de una gracia bobiquinteriana, o se devanaban los sesos por hacernos tragables argumentos decimonónicos ('El clavo', 'Boy', 'El escándalo', 'El milagro del Cristo de la Vega'... ¡Cómo se agiganta hoy, ya en su sitio, el hallazgo de 'Bienvenido, Mister Marshall!'). Cerraba los conciertos de la buena sociedad avanzada el 'Concierto de Aranjuez', de Joaquín Rodrigo, silboteado a la salida por jovencitas con ondulación permanente y carnés de asociaciones piadosas, o graduadas en la Escuela de Mandos que la Sección Femenina regentaba en el Castillo de Medina del Campo. Algunas de estas muchachuelas, las más jóvenes y atrevidachas, empezaban a practicar el deporte, semiocultas en unos ridículos y moralísimos calzones abombachados que se llamaban 'pololos'... Comenzaba a llegar a los más espabiladitos la literatura de Camilo José Cela, rodeada de estremecedores espantos ('La colmena' se pasaba de mano en mano, como droga maldita, y se compraba de contrabando), y, en el teatro, cosa más que rara en Salamanca, Calvo Sotelo, Ruiz Iriarte y López Rubio levantaban el telón un par de veces al año, generalmente por las ferias septembrinas. (Hubo que llegar al no sé cuántos centenario de la Universidad para que pudiésemos ver algo de Lope o de Calderón). Desde el Palacio Episcopal regía los destinos de la diócesis el dominico Padre Barbado Viejo, un buen hombre constantemente desazonado por las lecturas de los universitarios y... Nada más. Quizá no sabía que, en las trastiendas de las librerías, se podían encontrar muchos, muchísimos de los libros que le causaban tanta y tan santa alarma, y se encontraban a pesar de las censuras, las prohibiciones, los turbios encarecimientos...Como siempre, entre nosotros, tras de la cruz andaba el diablo. Solamente en poesía (los libros de Dámaso Alonso, de Vicente Aleixandre, algunos otros que ya comenzaban) parecía mantenerse un aliento renovador... Frente a todo ese mundo que, barajado, daba interminables vueltas a la Plaza Mayor dos veces al día, la Facultad de Letras había reunido un nutrido plantel de jóvenes profesores animosos, con mucho más horizonte, que, bajo la discreta batuta de José María Ramos Loscertales, gran historiador del derecho, y la orientación de un filólogo ilustre, Antonio Tovar, se destacó muy pronto, alejándose de la atonía general del país. A esa ciudad y a esa Facultad de Filosofía y Letras llegó, como alumno del Curso Superior de Filología Hispánica, febrero de 1957, el danés Sven Skydsgaard.

 Sería tan fácil como inoportuno recordar aquí los escalones de la convivencia con Sven Skydsgaard, iniciada rápidamente. Sven Skydsgaard asistía a los cursos normales de la mañana (los del Curso de Filología eran por las tardes) y a los seminarios que se organizaban ( ¡Aquellas lecturas comentadas, poco menos que clandestinas, de César Vallejo, la  primera vez, segurísimo, que del gran poeta se hablaba en la Universidad española!) y aparecía también por los cursos de doctorado, recién implantados. Toda esta recapitulación, llevada a sus últimos límites, no haría otra cosa que llenar y llenar páginas con más o menos tino, y no sé si lograría escapar a la asechanza de las nostalgias inútiles. Si debo, en cambio, destacar la completa adscripción de Sven Skydsgaard a cuanta empresa extrauniversitaria teníamos entre manos: el cineclub, que contó con jornadas importantísimas y con una excelente revista; las lecturas o representaciones teatrales hechas por estudiantes en algún Colegio Mayor (un Betti, un Camus, un Becket, un Anouilh, desconocidos por el ambiente; aquella deliciosa intervención de Manolo Bermejo en 'La zapatera prodigiosa'...) y formó número en un grupo de jóvenes que hoy siguen, en diversos lugares de España o fuera de ella, ejerciendo aquella disposición vital que entonces estrenaban. Sven Skydsgaard era uno más, compartía nuestros afanes, nuestros anhelos de algo diferente y mejor, más abierto y más entero. Recordarlo hoy, nos le acerca mucho más que la realidad tangible de su tarea científica, inexorablemente condenada, él lo sabía, a la fugacidad, a ser enmendada por quien venga detrás...

 No hay mayor satisfacción para un profesor que la de ir aprendiendo algo, lo que fuere, por poca cosa que parezca, de aquellos que un día fueron sus discípulos o alumnos. Sven Skydsgaard comenzó a enseñarnos tesón, dedicación, esa poderosa facultad de enajenamiento voluntario ante la tarea impuesta, y nos lo enseñó el mismo día que empezó a acarrear infinitivos. La tarea de recopilación se inauguró muy pronto. Para el estudiante español, perdido, por lo general, en clamores diferentes, ocasionales, ¡qué gran lección aquella entrega sin horarios ni barreras! Perseguía los textos, anotaba nuestras conversaciones, soportaba aquel cine pintoresco y triunfalista para escuchar el español (supo muy pronto eliminar el pastiche erudito de los "magiier", así, con la "ü" reventona, el arcaismo de los "vos" y los plurales mayestáticos que tanto abundaban en aquel español recompuesto) y escuchaba atentamente en las barras de bares y cafés y tabernas, y en las pequeñas reuniones caseras, bien en mi casa, bien en las apacibles tardes junto a la mesa camilla de Berta Pallares (andando los anos su colega en la Universidad de Copenhague), en la encantadora casa antigua de Cárcel Nueva, 18, o nos acompañaba, lápiz en alto, en el bar próximo a la Facultad, un "Edelweiss" oscuro y diminuto, a donde acudíamos a remediar algo el frío taladrante del Seminario. En nuestros largos paseos a la anochecida, cuando las parejas enamoradas, al oir el ruido de nuestros pasos, salían materialmente corriendo o se alisaban desmañada y torpemente sus ropas o el pelo (unos paseos en los que dábamos dos vueltas a la ciudad en tres cuartos de hora, incluyendo la ruta de los puentes), charlábamos sobre sus proyectos, su decisión de dedicarse al español, sus intranquilidades ante la realidad administrativa de su Universidad, su relación afectuosa con sus profesores daneses, especialmente con el inolvidable Knud Togeby, etc. etc., para recaer, inevitablemente, en los infinitivos. Me llamaba la atención su especial retentiva, su habilidad para recoger los ejemplos, la multiplicidad de los usos que anotaba, su pasmo ante el hallazgo de un caso anómalo, seguramente ocasional, y recuerdo ahora nítidamente su recuperado reposo cuando podía verificar que "aquello" no era más que una transgresión, un empleo personalísimo, defectuoso, atropellado...

 Mi relación con Sven Skydsgaard no se terminó (como sí suele ocurrir) al finalizar el curso. Volvió varias veces a España y nuestro trato se fue estrechando más y más, ya en más dilatada e igualitaria dimensión. Le traté, ya profesor, en la Universidad de Aarhus, donde pasé unos días dando unas lecciones, bajo la hospitalidad de Andreas Blinkenberg, y, luego, en mis estancias en Copenhague como profesor visitante. Le ví en la Universidad y le ví en su propia casa, con su familia, ya los hijos creciendo. Por alguna parte de esos recuerdos que siempre se van almacenando, andarán aquellas cintas que le grabé con canciones antiguas españolas, o con lecturas de algún libro, mío o ajeno, que tanto le gustaba oir para "asegurar la entonación". Y como profesor le acompañé con frecuencia a aquellas pequeñas reuniones en un café próximo a la Universidad, donde, en corto grupo, charlaba con los estudiantes. Perpetuaba así aquel ensayo salmantino que, aquí, en España, la atroz masificación de nuestra Universidad me ha obligado a suspender. Vi siempre en Sven Skydsgaard al excelente maestro del que siempre se podrá aprender algo, desde ciencia hasta ejemplaridad. Sven Skydsgaard había hecho de la lengua española su más decidida misión humano. Conocía su estructura a la perfección y la manejaba con rica soltura. Creo que, en los últimos tiempos, Sven Skydsgaard iba entrando en el camino que le habría llevado a penetrar hondamente en nuestra literatura. Nuestra literatura, jamás preocupada por Ios preciosismos lingüísticos, exige, para ser rotundamente entendida, un conocimiento especial de la lengua, una identificación con sus recovecos más oscuros. Sven Skydsgaard ya los poseía, conocimiento e identificación. Todo en él, me lo confirmó en su última visita, cuando venía a España para ultimar detalles de la edición de su monumental tesis, era una encendida esperanza, una rotunda plenitud de proyectos, ilusiones, todos abocados a la lengua española y su proyección literaria, ensanchándolos ahora con el conocimiento que los años le habían traído de la expresión hispanoamericana. El mozallón de mirada clara y sonriente, que comenzó en Salamanca su relación conmigo, se había convertido en el profesor sesudo, meditador, que pesa y sopesa el alcance de sus actos y de sus inhibiciones. Su nombre sonaba ya en cuanto, en este campo multiforme del hispanismo, se pensaba en Dinamarca. Por eso, su muerte temprana nos ha sido excepcionalmente dolorosa y el hueco que deja es un vacío que a todos nos alcanza. ¡Cuántas, cuántas esperanzas lleva el viento, cuánto bien se acaba en solo un día! decía ya nuestro Garcilaso. Si, la desaparición de Sven Skydsgaard nos ha privado de su clara asistencia recta de profesor entregado y de investigador escrupuloso. Mi afecto personal por él ha de suponer muy poco, por profunda que sea la pena, ante la universal desolación. Contentémonos con su limpia memoria. Aquel estudiante salmantino de 1957, 1958..., el colega del 63, el infaltable a la cita madrileña en años sucesivos, sigue allí, ahora presencia firme en la página impresa. En las tareas relativas al estudio de la lengua española, su nombre habría de codearse con otros muchos, más o menos famosos, pero igualados ante la tarea común, ante esa lucecita con vocación de permanencia que llevan todos nuestros trabajos. Por eso no acabo estas líneas con la retórica usual en estos casos, diciéndole adiós o lamentando, lágrima más lágrima menos, su corto paso por el mundo. El destino nos hace esas jugarretas en cuanto puede, qué le vamos a hacer. Deja Sven Skydsgaard un alto recuerdo humano y una esencial ejemplaridad por su dedicación al trabajo universitario. Allá, desde las baldas de innumerables bibliotecas, en el ancho mundo donde se habla español, su Combinatoria sintáctica del infinitivo español permanece, hace compañía, constante lección. Yo no he querido más que recordar al amigo y discípulo ejemplar, cuya tarea he seguido complacido paso a paso. Me gustaría repetir con él un paseo por la Salamanca familiar, a la tardecita, enseñarle otra vez lo que queda del "alto soto de torres" que él conoció, decirle cómo, por fin, el cine español es de otra manera, casi como lo barruntábamos entonces, (quizá por caminos que no sospechamos nunca), me halagaría pasarle alguna comedia de escritor joven que también ha dado la vuelta al asuntillo (incluso hay en Salamanca una cátedra dedicada a estudios teatrales, ya no hace falta la clandestinidad), explicarle que se hace historia o novela con los días en que él paseaba por Salamanca, decirle que los poetas que entonces se leían han pasado a un alto olimpo y hay otros nuevos, luchadores, arriscados, y comprobar juntos, risa va risa viene, que los clérigos ya no tienen aquellas preocupaciones anodinas, y las misiones escandalosas han sido desterradas, y en los conciertos se oyen otras músicas... Es decir, que todo es muy distinto, todo está en presente de indicativo, todo, hasta el "Edelweiss" atestado de rokeros y punks, vivitos y coleando, que estrenan una jerga cuajada de infinitivos... Infinitivos que están esperando el lápiz, el incisivo lápiz atento de Sven Skydsgaard. La muerte  de Sven Skydsgaard, cuando más esperábamos de él, cuando más dispuesto estaba a dárnoslo, supone el cierre de una brillante página de la vida universitaria que, como profesor, me ha tocado llevar a cuestas.

 

 

En Hispanismen omkring Sven Skydsgaard. Kobenhavn 1981. p. 533-540

 


Fundación Biblioteca Alonso Zamora Vicente