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La Fundación Biblioteca Alonso Zamora Vicente ha decidido, escudándose
en su recato tradicional, organizar un minúsculo homenaje, casi susurrado en un
ambiente, el actual, de estruendos llamativos, a una época de la vida científica
española que parece condenada al olvido: los años iniciales del siglo XX,
fundamentales, y definitivos en el esfuerzo de incorporar a la ciencia europea
la investigación española. En esos años, el Centro de Estudios Históricos
(ladera humanista de la Junta para Ampliación de Estudios), bajo la dirección
de Ramón Menéndez Pidal, acompañada del entusiasmo propio y de la más que
parca asignación oficial, transformó totalmente la voz universitaria española
en el ancho menester de la Filología. Del tenaz esfuerzo callado, voluntarioso,
adornado tan sólo de una orgullosa humildad, es decir, con profunda fe en el
trabajo consciente, empresa de un puñado de hombres egregios, nació, en pocos
años, una España nueva, de la que aún vivimos y a la que debemos nuestro
mejor talante profesional.
Está de moda, (y al decir esta seudotorpeza sé muy bien qué quiero
decir) volcarse en homenajes a personas que algo fueron en una España donde no
era muy difícil, socialmente hablando, resultar un personaje. Estos homenajes
(banquetes, conferencias, gesticulaciones abrumadoras) se acompañan de
frecuentes exigencias a los asistentes de matrícula y puntuación documentada
para posibles oposiciones, concursos y demás garambainas, lo que implica la
previa cerrazón para el conocimiento del nombre pretendidamente homenajeado. Es
obligación inexcusable comenzar diciendo que esta breve, humildísima exposición
no participa de esa trompetería rimbombante. Pretende sólo evocar la tarea
científica, gozosa en sí misma y llevada a cabo con la esperanza en carne viva
de arrancarle al misterio algo nuevo: algo que sobreviva a nuestros afanes,
orientados al mejoramiento colectivo. Lograr que sea un nexo más en una
sociedad siempre urgida de soledades y oficial desamparo. Y nada más. Tampoco
nada menos.
De aquel voluntarismo responsable, salimos, cuantos de alguna manera
secundamos la actitud del Centro, revestidos de nuestra aparente esquividad, de
nuestra ausencia de las pompas cotidianas (¡aún me sigo preguntando, cuando
soporto alguna, si eso sirve para algo...!), de nuestra ausencia de sesudos
Comités, solemnes comisiones directoras, ferias de esto o de aquello, la
universal verbena de los premios y demás epidemias coyunturales... A cambio,
reclamamos que no se traspapele en la memoria la extraordinaria tarea de unos
cuantos veinteañeros, o casi treintañeros, en esos días primerizos del siglo,
que lograron, día a día, legarnos una España que podía andar con la cabeza
bien alta entre todas las instituciones científicas más acreditadas. En
nuestro barrio filológico, una voluntad creadora que hizo de la Filología,
(`una ciencia adivinatoria', decía Menéndez Pelayo, que era en sus días tal
ocupación) una de las agrupaciones de investigación más destacadas de Europa:
en pocos años, hizo la descripción originaria más y mejor conocida de una
lengua románica, (Los orígenes del Español), enseñó al mundo entero a
editar pulcramente textos antiguos y clásicos, descubrió parcelas maravillosas
de nuestro pasado... Ya no era
imprescindible salir a otras Universidades o a lejanos países para redondear
una formación, no. Al contrario: venían aquí a empaparse de un mundo que cada
día estrenaba una nueva situación.

Tomás Navarro Tomás
Don Ramón Menéndez Pidal supo escoger con acierto a sus colaboradores y
repartirlos por los campos más necesitados de conocimiento. En estos años
primerizos, (1909-1914) Tomás Navarro Tomás, Américo Castro, A. Solalinde,
Federico de Onís, José Fdez. Montesinos (y algunos más, dispersos luego por
diversas razones, incluso inesperada muerte de alguno) se comenzaron las tareas.
Se empezó el estudio de los documentos antiguos, revisando y recorriendo
archivos, ya regios o eclesiásticos ya privados; se ordenó el estudio de los
Fueros medievales, se revisaron viejas fronteras lingüísticas; comenzamos a
disponer de ediciones fiables de los viejos textos, hechas con rigor y sabiduría
y no sometidas a la dictadura casi única de la historiografía o del estilo
oratorio y hueco. Se tradujeron libros capitales para el
estudioso hispano. Todo estaba por hacer, sobre todo faltaba una norma
acatada que impusiera un método parejo al empleado en Europa, y que, sin ser
pregonado a tambor batiente, fuera considerado norma de universal validez. Al
comenzar el siglo, ese primer grupo de hombres, ya estaban en marcha los lugares
oficiales donde enseñar y prolongar su trabajo (me refiero especialmente a la rígida
estructura universitaria): la escasez de cátedras dotadas llevó muy pronto al
extranjero a algunos colaboradores: Solalinde y Onís fueron de los primeros,
que, además, no volvieron a España. ¿Ha pensado alguien alguna vez en la
importancia significativa de estos trasvases de profesores con formación modernísima
a tan corta distancia del Tratado de París...? ¿Cuándo nos dedicaremos a
pensar serenamente en algo que no sean nuestros accidentales caprichos?
Nuestro intento con la presente exposición se ciñe a un límite bien
perceptible: aunque aquí y allá se haya deslizado alguna cita o alusión a
obras posteriores a la Guerra Civil, nuestro empeño, voluntariamente se cierra
con la gran conmoción de la guerra, que supuso la extinción del Centro de
Estudios Históricos, lo que no impide que muchos de estos maestros hayan
seguido produciendo en años sucesivos, a veces con notoria superioridad en los
resultados o en nuevas orientaciones. No descartamos la posibilidad de dedicar
otras actividades análogas a los nombres restantes. Hoy, nuestro pensamiento va
dirigido a Tomás Navarro Tomás. Pero no nos olvidamos de los nombres que se
fueron incorporando después (Dámaso y Amado Alonso, Rafael Lapesa, Salvador
Fernández Ramírez, etc.) y de la creación, paso seguro, lento y firme, de
nuevas áreas de investigación: Historia de las Instituciones, Historia de España,
Historia del Arte español, las lenguas clásicas, la historia hispanoamericana,
la literatura contemporánea, etc. Hemos preferido empezar por Navarro Tomás,
porque, en este empeñoso bailoteo de conmemoraciones que nos envuelve, es
nombre que no suena, olvido en el que quizá ha pesado mucho la circunstancia de
no haber vuelto nunca a España después de la diáspora congojosa de 1939.
Su primera ocupación fue, desde su puesto en el Cuerpo de Archivos, la
exhumación de los documentos de interés lingüístico, especialmente los
altoaragoneses (publicados mucho después) (Américo Castro y Federico de Onís
se entregaron a la consideración de los leoneses, sobre todo Fueros). Ya ahí
se delata su escrupulosidad en el manejo y lectura de las fuentes y su visión
del habla reflejada en los rancios pergaminos con el habla viva de las comarcas
a que los escritos se referían. Las Memorias de la Junta (1907) recogieron ya
este laboreo. Al lado, comenzó su tarea de editor de textos clásicos (Las
moradas, de Santa Teresa; la Obra poética de Garcilaso), en la colección que
se llamó La lectura, que, hoy, ya extinguida, llamamos Clásicos Castellanos de
Espasa Calpe. En 1911, se repiten las expediciones por el
viejo reino leonés, persiguiendo los testimonios del antiguo dialecto,
el romancero o la música tradicional. Estaba fraguándose la idea del Atlas
lingüístico de la Península. La vigencia de la Geografía Lingüística en
Europa animaría a todos los expedicionarios a pensar en el estudio más
detallado. Pero también se vio la urgente necesidad de un sistema de
transcripción fonética para tales trabajos, y del previo adiestramiento.
Apremiaba disponer de un arma de trabajo que uniformara los esfuerzos de los
colaboradores e hiciera que los resultados de las futuras encuestas fueran
soporte de una armónica visión de la materia trabajada, a la par que de una
rigurosa exposición y discusión fructífera. Entre 1912-13, Navarro recorrió
los laboratorios de fonética experimental y los centros filológicos más
afamados de Europa. Trabajó con Grammont y Millardet en Francia, con Viétor y
Wrede en Marburgo; con Sievers en Leipzip, con Panconcelli-Calzia en Hamburgo.
Se inspiró en las venerables revistas que extendían la Filología románica
por el mundo: (Revue de Dialectologie romane, Romania, Zeitschrift für
romanische Philologie, etc.) para situar el proyecto de la Revista de Filología
Española, cuyo nacimiento fue en 1914, ya con los estallidos de la Primera
Guerra Mundial. Muchas veces le oí contar a Navarro que la primera suscripción
española que llegó a la redacción de la RFE fue la de Miguel de Unamuno. La
revista se convirtió, inmediatamente, en el vehículo portador de la
investigación lingüístico-literaria de España. Recorrer hoy sus páginas es
rehacer las horas entusiastas de la brillante incorporación de las voces españolas
al coro científico europeo. Si hasta 1920 era necesario para el estudiante español
pasar algún tiempo en el extranjero, para redondear su formación o afianzar
sus conocimientos, a partir de esa fecha acuden a Madrid estudiantes del mundo
entero, a avecindarse en métodos y tareas con la vida del Centro de Estudios
Históricos, Madrid, Duque de Medinaceli, 4, frente al Hotel Palace: no tiene pérdida:
y el Centro, aunque trabaje sobre todo por las tardes, está abierto todo el día.
No, no tiene pérdida.
Las publicaciones se fueron sucediendo imparablemente. No es lugar ni
momento oportuno para hacer un catálogo comentado. Pero sí lo es poner en pie
en la memoria colectiva de aquellos años, que, el hecho de trabajar allí, en
el Centro, era el máximo premio para un aprendiz de filólogo.
Al aparecer la década del 1930 y sucesivos, Navarro era en todas partes,
el autor del Manual de Pronunciación Española, editado y reeditado
copiosamente. En las sucesivas reediciones, Navarro solía añadir al fin del
texto unas ligeras caudas donde, comprimidos, aparecían los datos nuevos, los
que la investigación dialectal había puesto en claro o las destacadas por los
cambios del tiempo que han sido muchos y de muy diversa naturaleza. No solamente
había cambiado la realización fonética, en una zona sometida a desmesurados
cambios de población y de afán, basados en el largo asedio de la capital, y el
desmaño que la vida hubo de aceptar, urgida por necesidades más apremiantes:
había cambiado, sobre todo, el ideal de lengua. El ideal de lengua española,
desde los primeros trabajos en vivo del Centro, había sido el habla de las
clases cultivadas de Madrid. Y esa aspiración había pasado al impreciso
purgatorio de los sueños: el meridiano de la lengua se había desplazado y ya
no pasaba solamente por Madrid, sino que oscilaba entre las inmigraciones
copiosas y los azares ingratos. Muchas veces, los hablantes trasladados
procuraban incluso disfrazar su voz, su identidad más querida, convertida, de
pronto, en signo delatador. Razones políticas, ansias de anonimato estaban en
la base del cambio. Y el habla representativa de la burguesía madrileña,
sustituidos en gran parte los hablantes por gentes de diverso origen, fue
perdiendo sus características más acusadas: el ruralismo y la falta de
cortesanía, tan menosvalorados, eran ahora materia de elogio, no se
consideraban censurables. Habrá que estudiar algún día con cuidado ese
trueque del habla capitalina. La abundancia de cine andaluzado o americanizado,
la radio creciente, la televisión después, han contribuido vivamente a esa
dejadez o desdén por el habla, lastimosamente herida todos los días desde los
grandes medios de comunicación. Y habrá de estudiarse sin miradas sobre el
hombro, sin menosprecio. Son huellas vivas de la evolución de la sociedad. Y la
obra de Navarro ha seguido ahí, ayudando, guiando, aunque nuevas generaciones
de investigadores hayan accedido al campo de trabajo. Todos los que le conocimos
y los que nunca le escucharon directamente, hemos seguido beneficiándonos de su
ejemplo.
Ahí está la razón fundamental de los límites de esta modesta exposición
recordatoria. Los nombres de María Josefa Canellada y Alonso Zamora Vicente,
que, con frecuencia, se ven mezclados en estas salas, no quieren más que
testimoniar una riquísima realidad: Fuimos los últimos colaboradores directos
que tuvo, los más jóvenes en aquellos días tan anegados de malos presagios.
Con su ausencia, no se paró la máquina: aparecieron otros nombres, otras
formas de trabajar, nació la invasión de una nueva técnica que convirtió en
historia remota los viejos laboratorios. El fascinador quimógrafo, del que se
expone un ejemplar, se transformó, de la noche a la mañana, en rancia
arqueología. No puedo menos de evocar ahora el nuestro, de fabricación casera,
que tanto alboroto provocaba en los grupos infantiles que acudían, deseosos de
hablar por "aquel chisme". Murió en México, acorralado de permisos,
aduanas, mordidas... También siguieron el mismo camino las radiografías y sus
preparativos, aquellos largos ratos para conseguir que el sujeto sostuviera la
finísima cadenita de oro en la línea central de la lengua, tragándose el
extremo, entre ansias verdaderas y consuelos hipócritas... El filologuezno de
hoy no tiene que superar el asco inesquivable al improvisar un paladar
artificial a un hablante, ni tiene que desinfectarse varias veces las manos
durante la jornada, ni soportar la duermevela intranquila si, en la práctica de
una encuesta, nos ha acaecido, inesperadamente, algún percance. ¿Broma del
labriego socarrón, mordisco involuntario, fantasma de peligrosas
infecciones...? Hemos, pues, decidido detener la memoria en esos momentos, como
recuerdo a una forma "social" de acercarse al hecho científico, que
se caracterizó por la austeridad, el recogimiento. Todo se hizo allí con unos
medios económicos escandalosamente pobretones y alicortos. No había lugar para
lo suntuario o puramente decorativo. El despacho de Don Ramón (habría alguien
más por el ancho mundo que se llamara Ramón?) alcanzó el honor de una
butacona oficinesca tras no sé cuántos años de trabajo. La sala de visitas
tenía unas sillas mallorquinas, con el asiento de cuerda y la armadura de pino
pintado de oscuro, y de las paredes colgaban carteles del Patronato Nacional del
Turismo, aquellas fotos ramplonas, todo de un solo azul uniforme, como en las
películas infantiles se representaba la noche: el Patio de los Leones, el Ebro
al pie del Pilar, la Giralda... Con tan brillante acompañamiento se elevó la
historia de la lengua española, o el comportamiento de la poesía juglaresca, y
se fue madurando la relación entre la poesía árabe y la europea. Hemos
recogido breves muestras de las varias provincias en que trabajó el centro al
costado del Laboratorio de Fonética: la recogida de la música tradicional española,
capitaneada por Martínez Torner; los trabajos publicados como consecuencia de
las encuestas del Atlas (Aurelio Espinosa hijo, L. Rodríguez Castellano, M.
Sanchis Guarner, etc.), aportaciones que fueron ensanchando el conocimiento de
la España dialectal, entonces tan vivos y hoy apenas pobres relictos, la
dimensión del Archivo de la palabra. De todas estas ramificaciones de la
actividad desplegada en torno a Navarro hay claras pruebas en el material
expuesto. Creo que no se notarán las dolorosas, prolongadas vacilaciones ante
las dudas: ¿Esto, aquello? ¿Qué exponer o qué dejar en reserva...? Quizá el
recuerdo personal nos haya jugado alguna mala pasada. No importa: sobrenadará
siempre la verdad última del respeto y la gratitud. Ojalá salga de esta
convocatoria un joven estudiante, interesado por el trabajo en sí, que nos
haga, con el comentario oportuno, una detallada bibliografía del creador de los
estudios fonéticos entre nosotros... En esta biblioteca encontrará muchos
auxilios, muchos caminos.
Navarro ingresó en la Real Academia Española en 1935. Su discurso versó
sobre El acento castellano. Ya había aparecido su intranquilidad ante el español
que estaba lanzando al aire el cine sonoro, lleno de un andalucismo de colmado,
herencia del viejo sainete o pasado por la inexpresiva generalización de los
estudios americanos. iQué nos diría hoy, ante la dispersión y aniquilamiento
de la cadena fónica por presentadores y discurseadores de la radio y la
televisión. Todavía por estos días se encontró gente, en los rincones más
dificultosos de las montañas españolas, que no había bajado nunca a un pueblo
"civilizado". Su medio de relación se limitaba a las cabras. Ejemplo
asombroso es el hallazgo de Janer Manila, el excelente novelista mallorquín. (Y
emocionantes de veras sus intentos de acoplarle a la moral en circulación).
Pero ese pastor, hoy, en cualquier parte, tiene un transistor en la mano, y
repite las discusiones políticas o deportivas, sin saber, naturalmente, de qué
va en verdad el asunto. Pero habla así. Aquel viejo tono español que llenaba
de asombro las Cortes europeas se ha desmoronado. En cambio nos abruman artículos
bobalicones sobre la pureza, la riqueza, la no sé cuál rica, insuperable
manifestación de nuestra lengua. En fin... Vivir para ver.
Nacía con aquellos trabajos su profunda preocupación por la entonación,
quizá el rasgo más diferenciador entre los varios de la dispersión geográfica
de la lengua. En los años de lejanía de España, Navarro ha publicado varias
contribuciones importantes al estudio de la entonación. Aquí, es de justicia
hoy recordar las páginas pioneras de María Josefa Canellada, precisamente
sobre entonación extremeña. También fueron muy importantes los asedios a
Pedro Ponce, Juan Pablo Bonet y Ramírez de Carrión, sobre el arte de enseñar
a hablar a los sordomudos. De entre el tumulto de vivencias puestas en pie al
hacer esta revisión, (todas las tardes, de cuatro a ocho), ocupa lugar
acariciado y preminente El Archivo de la Palabra. Creo que es la ocasión de
agradecer al Dr. Quilis su personal vigilancia y su atención a la salvaguarda
de este apartado, empezando por haber hecho pasar a discos más persistentes,
las frágiles grabaciones publicadas, en aquellos discos que giraban luciendo
innumerables ruidos parásitos, que danzaban con sobresaliente espontaneidad al
devanar sus giros y, sobre todo, tozudos en demostrarnos su alarmante
fragilidad. Para mí siguen siendo recuerdos dilectos las reacciones de los
sometidos a la grabación de su voz. Hoy es cosa familiar, no nos causa alteración
alguna: en todo caso, hay que defenderse de esa nube de gente que nos asalta con
el micro en la mano. Pero entonces... Lo que hoy es valiosísimo auxiliar del
trabajo era algo mítico, misterioso, orillado de brujería. Navarro pretendió
hacer algo análogo a lo que ya se hacía por Europa: el Instituto de Psicología
de Berlín, el Museo de la Palabra,
de París. Pretendían conservar la voz de personalidades destacadas, artistas,
literatos, políticos. Eran instituciones prestigiosas, de las que apenas queda
un vacilante recuerdo. Los planes del Archivo perseguían testimoniar las
diferentes variantes del habla, poblar de armonía y sonido las ciegas
transcripciones fonéticas y, sobre todo, legar a la posteridad la voz de los
grandes escritores, artistas, etc. Este último deseo es el que más nos gusta
hoy (y el que más tarde se ha hecho con cintas, también, creo, desaparecidas)
y es, a la vez, el menos útil de aquellas grabaciones. Muy pocos supieron
hablar. En todos sale el profesor, el orador, el político solemne o tímido.
Casi todos leían el trozo grabado. De todos modos, es lengua literaria, y son
los autores los que desnudan su personalidad. Unamuno, por ejemplo, no quiso oírse.
Al grabar, se equivocaba, estropeó varias matrices, se oye demasiado el papel
del cuadernillo donde llevaba escrita la poesía que leyó... La idea de que su
voz sonara después de su muerte, llenó de vacilaciones y estremecida desazón
su breve lectura. Valle Inclán tampoco habló: declamó, interpretó
teatralmente un trocito de Sonata de Otoño, con los apropiados cambios de voz,
etc. Casi nadie se reconoció al oírse. De todos modos, ahí están unos
cuantos: Menéndez Pidal, Cajal, Cossío, Baroja, Azorín, Juan Ramón... Hasta
para los transitorios estilos teatrales, la voz de Margarita Xirgu nos arrulla o
nos escandaliza, según sople el viento.
Pero habíamos decidido terminar este repaso a la actividad de Navarro en
los momentos en que la huida de España clausura una etapa creadora y feliz.
Pero la vida sigue, los crepúsculos advienen, implacables, y con ellos nuevas
gentes, nuevos horizontes. En otro sitio he contado cómo fue la actitud de la
Real Academia Española frente a los decretos de expulsión, depuración, o como
queramos llamarlos. Entre 1939 y 1978, Navarro siguió publicando
caudalosamente, redondeando con sus contribuciones numerosos perfiles de la
patria celeste, esa zona de ensueño en que se convierte la tierra natal desde
el destierro, como Dante quería. Se avivó su curiosidad por Hispanoamérica,
por la métrica, por las hablas locales, incluso por tímidas interpretaciones
de los mapas del ALPI (del único tomo publicado). Por fin vimos impreso El español
en Puerto Rico, materiales acarreados en 1927 y publicados en 1948. He visto en
ese libro, asomándose tras las sombras de una página, esa patria del
destierro, la misma, aunque con otras aristas, que llevó a Américo Castro a
entrever La realidad histórica de España, o la que nutre la hondura poética
de Pedro Salinas, aislándose en Puerto Rico tan sólo para oír hablar español,
o la fascinadora de los últimos poemas o prosas de Juan Ramón. No pretendo con
estas resurrecciones revestir a nuestros maestros de avulgarados heroísmos
tamborileros, toda esa retórica vana que enguirnalda el destierro. Todos,
grandes y chicos, lo vivieron y su propio afán de futuro supo ayudarles. Nada
de oropeles. Solamente laboreo, responsabilidad, ánimo abierto hacia el futuro
colectivo. Es la gran lección de este puñado de españoles egregios, los que,
vuelvo a repetirlo, en unos años, le dieron la vuelta a nuestra imagen en el
mundo, incorporándonos plenamente al panorama de la ciencia europea. Y debemos
olvidar nuestras inevitables chinchorrerías. La obra del Centro de Estudios
Históricos se asoma en nuestro quehacer de cada día, grande y delicada, y ha
prevalecido por encima de rencores y añagazas, y prevalecerá sobre la exaltación
facilona y el ditirambo hueco y ñoñón. De todo hubo cuando Dios quiso, y todo
se ha borrado bajo una exculpadora sonrisa. Aprendamos de su trabajo generoso y
tenaz, del que tantas generaciones de estudiosos nos hemos venido aprovechando.
Y, ya para terminar, me atrevo a revivir escuetamente mis últimos
encuentros con Navarro. Volvamos a los primeros días de noviembre de 1936. Los
proyectiles blancos comienzan a encender de alarmas la otoñiza noche madrileña.
También han comenzado los bombardeos aéreos: somos tan tontainas, tan
ingenuos, que nos echamos a la calle para ver el paso de los aviones, ver
descolgarse las bombas. Creemos que es una trasnochada verbena. Poco duró la
ilusión: al día siguiente, quizá esa misma noche, comprobamos que aquello iba
de veras. Una tarde como todas, en la puerta de Medinaceli, 4, alboroto de
ambulancias por las esquinas del Hotel Palace, en el que se está instalando un
hospital de Sangre, Navarro y don Ramón salen juntos hacia casa. El Gobierno ha
decidido evacuar a los intelectuales a Valencia. El aire, gris, asustado,
pregona amenazas, desolación. Puedo evocar con nítida claridad nuestra
despedida, como puedo reconstruir los pasajeros encuentros durante la guerra.
Nuestras palabras son balbuceos corteses, sin posible respuesta. El Centro va a
ser cerrado. No se sabe de qué hablar, es imposible ahora formular un cordial
"Hasta mañana", ni cosa parecida. Solamente queda en común el pasmo
fluyente ante la locura desatada y colectiva. Al cerrar aquella puerta de
Medinaceli, 4, se extinguía un período excepcional de nuestra historia científica,
y, más aún, de ejemplar convivencia. Los que hemos venido detrás, empujados
por unas circunstancias hostiles no hemos hecho más que volver a poner en
marcha el viejo motor, salvar lo que, en materia científica, ha de ser
fundamental: la continuidad, el sentido de la colaboración.
Todo se quedaba encerrado en aquella casa, con la alarma del largo asedio
y el peligro constante. Ya fuera de Madrid, y siguiendo los pasos, los pocos
pasos comunes que la guerra nos permitió, volví a ver a Navarro en varias
ocasiones en Barcelona, repetida la evacuación más próxima a la frontera;
sale del Ministerio, una casa alta, desgarbada, en la Plaza de la Bonanova.
Todos nos preguntábamos varias veces al día, qué podría significar aquel
Ministerio allí, en medio del descomunal desbarajuste. ¿Ejemplo de algo?
Muchas veces he oído (ya lo oí entonces) quejarse del procedimiento casi
infantil con que se realizó el traslado de los cuadros del Prado, o de otras
colecciones que se sacaron de Madrid. Si, bien: es tan fácil encontrar remedios
lejos y fuera de la angustia apremiante... Lo cierto es que los cuadros están
ahí, se salvaron de la Universal catástrofe, que, en Madrid nadie sabe a dónde
podría haber desembocado. Pero el horno no estaba para cuidadosísimos
embalajes... Hasta se hizo una exposición (isuicida!) con las colecciones de la
Casa de Alba, en el Patio del Patriarca, en Valencia... He divulgado hasta donde
ha sido posible una foto donde Navarro aparece al ladito de Las Meninas, sacadas
de su escondrijo para que una delegación británica, al borde del refugio que
se construyó para ellas en las Torres de Serranos, comprobase que estaban
vivas...
Avanzado 1938, el gobierno creyó necesario dejarse ver por europeos
felices, y, (se dice ahora, y entonces era frase desconocida) decidió cambiar
su imagen revolucionaria y harapienta por otra más burguesita y endulzada:
hasta se rogó, subrepticiamente, a las señoras de los cargos, funcionarias,
etc., que llevasen sombrero cuando les fuera posible. Aquella España que
pretendía aparecer por salones improvisados, olía demasiado a naftalina y
alcanfores... Y no calmaba la desolación de tres años de olvido femenino de
los armarios... Mayor aún fue el asombro ante la aparición, por las esquinas
de Barcelona, de entierros con cruz alzada y gorigoris patéticos... Aquello no
se lo creía ni el muerto, si lo había... En fin... En el centro de esa campaña
de normalización engañosa, el Ministerio organizó una breve temporada de ópera
en el Liceo: cuatro óperas, compañía francesa (fue imposible recuperar los
componentes nacionales de coros, ballets, etc. Estaban presentes los
fusilamientos, los destierros, la movilización general...) La primera noche se
cantó Sansón y Dalila, de Saint Saéns. En uno de los palcos está Navarro,
con su compañero académico Enrique Díez Canedo, quien también morirá
exiliado en México, 1944. Hablamos en uno de los largos entreactos. La voz de
Navarro está orlada de tristezas. Ya no es la de los días esperanzados. El
bombardeo acabó de empañarla. Las bombas bordaron el teatro. Apagón, gentío
que canta, enfebrecido, Els segadors... la compañía temblorosa, junta en el
escenario, un par de velas encendidas por toda escolta, en vago presentimiento
funeral... Y un miedo enorme a lo que habían oído contar sobre la destrucción
de los bombardeos... Leves nubecillas de polvo se desprenden de las molduras
detrás de las explosiones... Dios nos protegió, siempre la mano de Dios próxima...
que la protección terrena... (Corramos el telón).
Terminado el barullo, la vida vuelve. La vida, por encima de desdenes,
falsificaciones y torpezas, renace, empeñosamente. 1960, enero. Los dos últimos
discípulos de Navarro en Madrid, son ahora el matrimonio Alonso Zamora Vicente
- María Josefa Canellada. Vamos a Darmouth College, donde me esperan unos días
de lecciones. Navarro lleva ya unos años jubilado de New York, y vive en
Northampton, Mass., donde su hija mayor, Joaquina, es chairman en Smith College,
femenino. Su vivir sufre reducciones, minusvalía: la edad, tantas quisicosas...
Son los días iniciales de febrero, cuando, de las tolvaneras y los calores
mejicanos, salimos a la pasarela del avión en Nueva York, a diez grados bajo
cero. No creo que fuera dispuesta en nuestro honor, pero nos recibió una
intensa tempestad de nieve que alteró todos los planes. Tuvimos que hacer noche
en una estación, con una calefacción abrasadora. Pudimos ver, en un cine
inmediato, una tierna película de piratas caribeños, la gran dama española
enamorada del capitán Pata de Palo y gran Parche en el ojo, y raudales de
perlas en el vestido... A la primera claridad del alba, el tren se puso en
marcha. Despacito, anonadado bajo la inmensidad blanca y silenciosa. Llegamos a
la estación de Northampton a las seis y media de la mañana, ya la luz levantándose.
Y allí, en el andén, negro sobre el blanco de la nieve, está Tomás Navarro,
esperándonos. Agachado, un bastón-garrota que alguien le ha traído de su
pueblo, La Roda, en la Mancha albaceteña, y una boina también española, sin
apenas vuelo... En ese instante, ponemos la clave a un gran arco con más de
veinte años de luz y una cercanía ajena a toda dimensión... iQué tumulto de
preguntas sin esperar respuesta, de hallazgos y reencuentros, y hasta de
preguntas que no se formulan por temor a la posible contestación desencantada!
Le hemos vuelto a ver más veces, en otros viajes. Quizá la última fue
nuestra permanencia en Middlebury College, un verano, la famosísima Escuela de
Verano norteamericana que también era fruto de los supuestos del Centro... He
contado en alguna ocasión esta última visita, cuando le daba vueltas a un
torito de Cuenca que le habíamos llevado. Le buscaba los brillos, el paisaje más
valioso... Después, le he seguido mandando desde la Academia, en mis tiempos de
Secretario, informes, peticiones, convocatorias, sabidor de que no vendría; le
he proporcionado datos y publicaciones sobre aspirantes, ya muy jóvenes para su
prolongada ausencia y de los que deseaba saber todo.
Por esas trampas del azar, he explicado en la misma aula donde le veíamos
llegar a las nueve de la mañana en la fría y aún destartalada expropiación
de la Universitaria madrileña. Lo hacía a jóvenes que no le habían visto
nunca, que no sabían gran cosa de sus lentas investigaciones... Por encima de
nuestras voces ocasionales sobrevolaba el eco de su ejemplaridad. Esto tan solo
es lo que hoy queremos recordar. ¿Hay manera mejor de designar actitudes,
dedicación, que bautizarla, gozosamente, magisterio? Creo que no.
Es claro que una exposición de este tipo requiere muchas colaboraciones.
Me corresponde la gustosa obligación de expresar aquí el agradecimiento a
cuantos han cooperado. En primer lugar, a la Fundación misma, siempre abierta y
generosa con nuestras iniciativas (Universidad de Extremadura, Diputación
Provincial de Cáceres, su Ayuntamiento, etc., etc.) Expresivo reconocimiento
debemos a la Fundación Airtel y a la Universidad Antonio de Nebrija, de Madrid.
Sería imperdonable no hacer manifestación de gratitud aparte a cuantos han
intervenido en las lecciones, reuniones, etc. y muy en primer lugar al esfuerzo
de María Antonia Fajardo, encargada de la búsqueda y selección de materiales
y su posterior distribución. Agradezcamos al Dr. Antonio Quilis, de la
Universidad de Madrid, su bondad al permitirnos exhibir el quimógrafo de campo
con que el Centro trabajaba. Y a todo el personal de la Biblioteca Alonso Zamora
Vicente, que, en todo momento, ha estado alerta para el logro de este empeño:
recordar a Tomás Navarro Tomás.
En:
"Los orígenes de la fonética experimenta
en España". Cáceres. Fundación Biblioteca Alonso Zamora Vicente,
2001. p.19-27.
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