En Recuerdo de Tomás Navarro Tomás. 
Alonso Zamora Vicente

 

 
  La Fundación Biblioteca Alonso Zamora Vicente ha decidido, escudándose en su recato tradicional, organizar un minúsculo homenaje, casi susurrado en un ambiente, el actual, de estruendos llamativos, a una época de la vida científica española que parece condenada al olvido: los años iniciales del siglo XX, fundamentales, y definitivos en el esfuerzo de incorporar a la ciencia europea la investigación española. En esos años, el Centro de Estudios Históricos (ladera humanista de la Junta para Ampliación de Estudios), bajo la dirección de Ramón Menéndez Pidal, acompañada del entusiasmo propio y de la más que parca asignación oficial, transformó totalmente la voz universitaria española en el ancho menester de la Filología. Del tenaz esfuerzo callado, voluntarioso, adornado tan sólo de una orgullosa humildad, es decir, con profunda fe en el trabajo consciente, empresa de un puñado de hombres egregios, nació, en pocos años, una España nueva, de la que aún vivimos y a la que debemos nuestro mejor talante profesional.

 

  Está de moda, (y al decir esta seudotorpeza sé muy bien qué quiero decir) volcarse en homenajes a personas que algo fueron en una España donde no era muy difícil, socialmente hablando, resultar un personaje. Estos homenajes (banquetes, conferencias, gesticulaciones abrumadoras) se acompañan de frecuentes exigencias a los asistentes de matrícula y puntuación documentada para posibles oposiciones, concursos y demás garambainas, lo que implica la previa cerrazón para el conocimiento del nombre pretendidamente homenajeado. Es obligación inexcusable comenzar diciendo que esta breve, humildísima exposición no participa de esa trompetería rimbombante. Pretende sólo evocar la tarea científica, gozosa en sí misma y llevada a cabo con la esperanza en carne viva de arrancarle al misterio algo nuevo: algo que sobreviva a nuestros afanes, orientados al mejoramiento colectivo. Lograr que sea un nexo más en una sociedad siempre urgida de soledades y oficial desamparo. Y nada más. Tampoco nada menos.

 

  De aquel voluntarismo responsable, salimos, cuantos de alguna manera secundamos la actitud del Centro, revestidos de nuestra aparente esquividad, de nuestra ausencia de las pompas cotidianas (¡aún me sigo preguntando, cuando soporto alguna, si eso sirve para algo...!), de nuestra ausencia de sesudos Comités, solemnes comisiones directoras, ferias de esto o de aquello, la universal verbena de los premios y demás epidemias coyunturales... A cambio, reclamamos que no se traspapele en la memoria la extraordinaria tarea de unos cuantos veinteañeros, o casi treintañeros, en esos días primerizos del siglo, que lograron, día a día, legarnos una España que podía andar con la cabeza bien alta entre todas las instituciones científicas más acreditadas. En nuestro barrio filológico, una voluntad creadora que hizo de la Filología, (`una ciencia adivinatoria', decía Menéndez Pelayo, que era en sus días tal ocupación) una de las agrupaciones de investigación más destacadas de Europa: en pocos años, hizo la descripción originaria más y mejor conocida de una lengua románica, (Los orígenes del Español), enseñó al mundo entero a editar pulcramente textos antiguos y clásicos, descubrió parcelas maravillosas de nuestro  pasado... Ya no era imprescindible salir a otras Universidades o a lejanos países para redondear una formación, no. Al contrario: venían aquí a empaparse de un mundo que cada día estrenaba una nueva situación.  

 


Tomás Navarro Tomás

   

   Don Ramón Menéndez Pidal supo escoger con acierto a sus colaboradores y repartirlos por los campos más necesitados de conocimiento. En estos años primerizos, (1909-1914) Tomás Navarro Tomás, Américo Castro, A. Solalinde, Federico de Onís, José Fdez. Montesinos (y algunos más, dispersos luego por diversas razones, incluso inesperada muerte de alguno) se comenzaron las tareas. Se empezó el estudio de los documentos antiguos, revisando y recorriendo archivos, ya regios o eclesiásticos ya privados; se ordenó el estudio de los Fueros medievales, se revisaron viejas fronteras lingüísticas; comenzamos a disponer de ediciones fiables de los viejos textos, hechas con rigor y sabiduría y no sometidas a la dictadura casi única de la historiografía o del estilo oratorio y hueco. Se tradujeron libros capitales para el  estudioso hispano. Todo estaba por hacer, sobre todo faltaba una norma acatada que impusiera un método parejo al empleado en Europa, y que, sin ser pregonado a tambor batiente, fuera considerado norma de universal validez. Al comenzar el siglo, ese primer grupo de hombres, ya estaban en marcha los lugares oficiales donde enseñar y prolongar su trabajo (me refiero especialmente a la rígida estructura universitaria): la escasez de cátedras dotadas llevó muy pronto al extranjero a algunos colaboradores: Solalinde y Onís fueron de los primeros, que, además, no volvieron a España. ¿Ha pensado alguien alguna vez en la importancia significativa de estos trasvases de profesores con formación modernísima a tan corta distancia del Tratado de París...? ¿Cuándo nos dedicaremos a pensar serenamente en algo que no sean nuestros accidentales caprichos?

 

   Nuestro intento con la presente exposición se ciñe a un límite bien perceptible: aunque aquí y allá se haya deslizado alguna cita o alusión a obras posteriores a la Guerra Civil, nuestro empeño, voluntariamente se cierra con la gran conmoción de la guerra, que supuso la extinción del Centro de Estudios Históricos, lo que no impide que muchos de estos maestros hayan seguido produciendo en años sucesivos, a veces con notoria superioridad en los resultados o en nuevas orientaciones. No descartamos la posibilidad de dedicar otras actividades análogas a los nombres restantes. Hoy, nuestro pensamiento va dirigido a Tomás Navarro Tomás. Pero no nos olvidamos de los nombres que se fueron incorporando después (Dámaso y Amado Alonso, Rafael Lapesa, Salvador Fernández Ramírez, etc.) y de la creación, paso seguro, lento y firme, de nuevas áreas de investigación: Historia de las Instituciones, Historia de España, Historia del Arte español, las lenguas clásicas, la historia hispanoamericana, la literatura contemporánea, etc. Hemos preferido empezar por Navarro Tomás, porque, en este empeñoso bailoteo de conmemoraciones que nos envuelve, es nombre que no suena, olvido en el que quizá ha pesado mucho la circunstancia de no haber vuelto nunca a España después de la diáspora congojosa de 1939.

 

   Su primera ocupación fue, desde su puesto en el Cuerpo de Archivos, la exhumación de los documentos de interés lingüístico, especialmente los altoaragoneses (publicados mucho después) (Américo Castro y Federico de Onís se entregaron a la consideración de los leoneses, sobre todo Fueros). Ya ahí se delata su escrupulosidad en el manejo y lectura de las fuentes y su visión del habla reflejada en los rancios pergaminos con el habla viva de las comarcas a que los escritos se referían. Las Memorias de la Junta (1907) recogieron ya este laboreo. Al lado, comenzó su tarea de editor de textos clásicos (Las moradas, de Santa Teresa; la Obra poética de Garcilaso), en la colección que se llamó La lectura, que, hoy, ya extinguida, llamamos Clásicos Castellanos de Espasa Calpe. En 1911, se repiten las expediciones por el  viejo reino leonés, persiguiendo los testimonios del antiguo dialecto, el romancero o  la música tradicional. Estaba fraguándose la idea del Atlas lingüístico de la Península. La vigencia de la Geografía Lingüística en Europa animaría a todos los expedicionarios a pensar en el estudio más detallado. Pero también se vio la urgente necesidad de un sistema de transcripción fonética para tales trabajos, y del previo adiestramiento. Apremiaba disponer de un arma de trabajo que uniformara los esfuerzos de los colaboradores e hiciera que los resultados de las futuras encuestas fueran soporte de una armónica visión de la materia trabajada, a la par que de una rigurosa exposición y discusión fructífera. Entre 1912-13, Navarro recorrió los laboratorios de fonética experimental y los centros filológicos más afamados de Europa. Trabajó con Grammont y Millardet en Francia, con Viétor y Wrede en Marburgo; con Sievers en Leipzip, con Panconcelli-Calzia en Hamburgo. Se inspiró en las venerables revistas que extendían la Filología románica por el mundo: (Revue de Dialectologie romane, Romania, Zeitschrift für romanische Philologie, etc.) para situar el proyecto de la Revista de Filología Española, cuyo nacimiento fue en 1914, ya con los estallidos de la Primera Guerra Mundial. Muchas veces le oí contar a Navarro que la primera suscripción española que llegó a la redacción de la RFE fue la de Miguel de Unamuno. La revista se convirtió, inmediatamente, en el vehículo portador de la investigación lingüístico-literaria de España. Recorrer hoy sus páginas es rehacer las horas entusiastas de la brillante incorporación de las voces españolas al coro científico europeo. Si hasta 1920 era necesario para el estudiante español pasar algún tiempo en el extranjero, para redondear su formación o afianzar sus conocimientos, a partir de esa fecha acuden a Madrid estudiantes del mundo entero, a avecindarse en métodos y tareas con la vida del Centro de Estudios Históricos, Madrid, Duque de Medinaceli, 4, frente al Hotel Palace: no tiene pérdida: y el Centro, aunque trabaje sobre todo por las tardes, está abierto todo el día. No, no tiene pérdida.

 

  Las publicaciones se fueron sucediendo imparablemente. No es lugar ni momento oportuno para hacer un catálogo comentado. Pero sí lo es poner en pie en la memoria colectiva de aquellos años, que, el hecho de trabajar allí, en el Centro, era el máximo premio para un aprendiz de filólogo.

 

  Al aparecer la década del 1930 y sucesivos, Navarro era en todas partes, el autor del Manual de Pronunciación Española, editado y reeditado copiosamente. En las sucesivas reediciones, Navarro solía añadir al fin del texto unas ligeras caudas donde, comprimidos, aparecían los datos nuevos, los que la investigación dialectal había puesto en claro o las destacadas por los cambios del tiempo que han sido muchos y de muy diversa naturaleza. No solamente había cambiado la realización fonética, en una zona sometida a desmesurados cambios de población y de afán, basados en el largo asedio de la capital, y el desmaño que la vida hubo de aceptar, urgida por necesidades más apremiantes: había cambiado, sobre todo, el ideal de lengua. El ideal de lengua española, desde los primeros trabajos en vivo del Centro, había sido el habla de las clases cultivadas de Madrid. Y esa aspiración había pasado al impreciso purgatorio de los sueños: el meridiano de la lengua se había desplazado y ya no pasaba solamente por Madrid, sino que oscilaba entre las inmigraciones copiosas y los azares ingratos. Muchas veces, los hablantes trasladados procuraban incluso disfrazar su voz, su identidad más querida, convertida, de pronto, en signo delatador. Razones políticas, ansias de anonimato estaban en la base del cambio. Y el habla representativa de la burguesía madrileña, sustituidos en gran parte los hablantes por gentes de diverso origen, fue perdiendo sus características más acusadas: el ruralismo y la falta de cortesanía, tan menosvalorados, eran ahora materia de elogio, no se consideraban censurables. Habrá que estudiar algún día con cuidado ese trueque del habla capitalina. La abundancia de cine andaluzado o americanizado, la radio creciente, la televisión después, han contribuido vivamente a esa dejadez o desdén por el habla, lastimosamente herida todos los días desde los grandes medios de comunicación. Y habrá de estudiarse sin miradas sobre el hombro, sin menosprecio. Son huellas vivas de la evolución de la sociedad. Y la obra de Navarro ha seguido ahí, ayudando, guiando, aunque nuevas generaciones de investigadores hayan accedido al campo de trabajo. Todos los que le conocimos y los que nunca le escucharon directamente, hemos seguido beneficiándonos de su ejemplo.

 

  Ahí está la razón fundamental de los límites de esta modesta exposición recordatoria. Los nombres de María Josefa Canellada y Alonso Zamora Vicente, que, con frecuencia, se ven mezclados en estas salas, no quieren más que testimoniar una riquísima realidad: Fuimos los últimos colaboradores directos que tuvo, los más jóvenes en aquellos días tan anegados de malos presagios. Con su ausencia, no se paró la máquina: aparecieron otros nombres, otras formas de trabajar, nació la invasión de una nueva técnica que convirtió en historia remota los viejos laboratorios. El fascinador quimógrafo, del que se expone un ejemplar, se transformó, de la noche a la mañana, en rancia arqueología. No puedo menos de evocar ahora el nuestro, de fabricación casera, que tanto alboroto provocaba en los grupos infantiles que acudían, deseosos de hablar por "aquel chisme". Murió en México, acorralado de permisos, aduanas, mordidas... También siguieron el mismo camino las radiografías y sus preparativos, aquellos largos ratos para conseguir que el sujeto sostuviera la finísima cadenita de oro en la línea central de la lengua, tragándose el extremo, entre ansias verdaderas y consuelos hipócritas... El filologuezno de hoy no tiene que superar el asco inesquivable al improvisar un paladar artificial a un hablante, ni tiene que desinfectarse varias veces las manos durante la jornada, ni soportar la duermevela intranquila si, en la práctica de una encuesta, nos ha acaecido, inesperadamente, algún percance. ¿Broma del labriego socarrón, mordisco involuntario, fantasma de peligrosas infecciones...? Hemos, pues, decidido detener la memoria en esos momentos, como recuerdo a una forma "social" de acercarse al hecho científico, que se caracterizó por la austeridad, el recogimiento. Todo se hizo allí con unos medios económicos escandalosamente pobretones y alicortos. No había lugar para lo suntuario o puramente decorativo. El despacho de Don Ramón (habría alguien más por el ancho mundo que se llamara Ramón?) alcanzó el honor de una butacona oficinesca tras no sé cuántos años de trabajo. La sala de visitas tenía unas sillas mallorquinas, con el asiento de cuerda y la armadura de pino pintado de oscuro, y de las paredes colgaban carteles del Patronato Nacional del Turismo, aquellas fotos ramplonas, todo de un solo azul uniforme, como en las películas infantiles se representaba la noche: el Patio de los Leones, el Ebro al pie del Pilar, la Giralda... Con tan brillante acompañamiento se elevó la historia de la lengua española, o el comportamiento de la poesía juglaresca, y se fue madurando la relación entre la poesía árabe y la europea. Hemos recogido breves muestras de las varias provincias en que trabajó el centro al costado del Laboratorio de Fonética: la recogida de la música tradicional española, capitaneada por Martínez Torner; los trabajos publicados como consecuencia de las encuestas del Atlas (Aurelio Espinosa hijo, L. Rodríguez Castellano, M. Sanchis Guarner, etc.), aportaciones que fueron ensanchando el conocimiento de la España dialectal, entonces tan vivos y hoy apenas pobres relictos, la dimensión del Archivo de la palabra. De todas estas ramificaciones de la actividad desplegada en torno a Navarro hay claras pruebas en el material expuesto. Creo que no se notarán las dolorosas, prolongadas vacilaciones ante las dudas: ¿Esto, aquello? ¿Qué exponer o qué dejar en reserva...? Quizá el recuerdo personal nos haya jugado alguna mala pasada. No importa: sobrenadará siempre la verdad última del respeto y la gratitud. Ojalá salga de esta convocatoria un joven estudiante, interesado por el trabajo en sí, que nos haga, con el comentario oportuno, una detallada bibliografía del creador de los estudios fonéticos entre nosotros... En esta biblioteca encontrará muchos auxilios, muchos caminos.

 

   Navarro ingresó en la Real Academia Española en 1935. Su discurso versó sobre El acento castellano. Ya había aparecido su intranquilidad ante el español que estaba lanzando al aire el cine sonoro, lleno de un andalucismo de colmado, herencia del viejo sainete o pasado por la inexpresiva generalización de los estudios americanos. iQué nos diría hoy, ante la dispersión y aniquilamiento de la cadena fónica por presentadores y discurseadores de la radio y la televisión. Todavía por estos días se encontró gente, en los rincones más dificultosos de las montañas españolas, que no había bajado nunca a un pueblo "civilizado". Su medio de relación se limitaba a las cabras. Ejemplo asombroso es el hallazgo de Janer Manila, el excelente novelista mallorquín. (Y emocionantes de veras sus intentos de acoplarle a la moral en circulación). Pero ese pastor, hoy, en cualquier parte, tiene un transistor en la mano, y repite las discusiones políticas o deportivas, sin saber, naturalmente, de qué va en verdad el asunto. Pero habla así. Aquel viejo tono español que llenaba de asombro las Cortes europeas se ha desmoronado. En cambio nos abruman artículos bobalicones sobre la pureza, la riqueza, la no sé cuál rica, insuperable manifestación de nuestra lengua. En fin... Vivir para ver.

 

   Nacía con aquellos trabajos su profunda preocupación por la entonación, quizá el rasgo más diferenciador entre los varios de la dispersión geográfica de la lengua. En los años de lejanía de España, Navarro ha publicado varias contribuciones importantes al estudio de la entonación. Aquí, es de justicia hoy recordar las páginas pioneras de María Josefa Canellada, precisamente sobre entonación extremeña. También fueron muy importantes los asedios a Pedro Ponce, Juan Pablo Bonet y Ramírez de Carrión, sobre el arte de enseñar a hablar a los sordomudos. De entre el tumulto de vivencias puestas en pie al hacer esta revisión, (todas las tardes, de cuatro a ocho), ocupa lugar acariciado y preminente El Archivo de la Palabra. Creo que es la ocasión de agradecer al Dr. Quilis su personal vigilancia y su atención a la salvaguarda de este apartado, empezando por haber hecho pasar a discos más persistentes, las frágiles grabaciones publicadas, en aquellos discos que giraban luciendo innumerables ruidos parásitos, que danzaban con sobresaliente espontaneidad al devanar sus giros y, sobre todo, tozudos en demostrarnos su alarmante fragilidad. Para mí siguen siendo recuerdos dilectos las reacciones de los sometidos a la grabación de su voz. Hoy es cosa familiar, no nos causa alteración alguna: en todo caso, hay que defenderse de esa nube de gente que nos asalta con el micro en la mano. Pero entonces... Lo que hoy es valiosísimo auxiliar del trabajo era algo mítico, misterioso, orillado de brujería. Navarro pretendió hacer algo análogo a lo que ya se hacía por Europa: el Instituto de Psicología de Berlín, el Museo de la  Palabra, de París. Pretendían conservar la voz de personalidades destacadas, artistas, literatos, políticos. Eran instituciones prestigiosas, de las que apenas queda un vacilante recuerdo. Los planes del Archivo perseguían testimoniar las diferentes variantes del habla, poblar de armonía y sonido las ciegas transcripciones fonéticas y, sobre todo, legar a la posteridad la voz de los grandes escritores, artistas, etc. Este último deseo es el que más nos gusta hoy (y el que más tarde se ha hecho con cintas, también, creo, desaparecidas) y es, a la vez, el menos útil de aquellas grabaciones. Muy pocos supieron hablar. En todos sale el profesor, el orador, el político solemne o tímido. Casi todos leían el trozo grabado. De todos modos, es lengua literaria, y son los autores los que desnudan su personalidad. Unamuno, por ejemplo, no quiso oírse. Al grabar, se equivocaba, estropeó varias matrices, se oye demasiado el papel del cuadernillo donde llevaba escrita la poesía que leyó... La idea de que su voz sonara después de su muerte, llenó de vacilaciones y estremecida desazón su breve lectura. Valle Inclán tampoco habló: declamó, interpretó teatralmente un trocito de Sonata de Otoño, con los apropiados cambios de voz, etc. Casi nadie se reconoció al oírse. De todos modos, ahí están unos cuantos: Menéndez Pidal, Cajal, Cossío, Baroja, Azorín, Juan Ramón... Hasta para los transitorios estilos teatrales, la voz de Margarita Xirgu nos arrulla o nos escandaliza, según sople el viento.

 

   Pero habíamos decidido terminar este repaso a la actividad de Navarro en los momentos en que la huida de España clausura una etapa creadora y feliz. Pero la vida sigue, los crepúsculos advienen, implacables, y con ellos nuevas gentes, nuevos horizontes. En otro sitio he contado cómo fue la actitud de la Real Academia Española frente a los decretos de expulsión, depuración, o como queramos llamarlos. Entre 1939 y 1978, Navarro siguió publicando caudalosamente, redondeando con sus contribuciones numerosos perfiles de la patria celeste, esa zona de ensueño en que se convierte la tierra natal desde el destierro, como Dante quería. Se avivó su curiosidad por Hispanoamérica, por la métrica, por las hablas locales, incluso por tímidas interpretaciones de los mapas del ALPI (del único tomo publicado). Por fin vimos impreso El español en Puerto Rico, materiales acarreados en 1927 y publicados en 1948. He visto en ese libro, asomándose tras las sombras de una página, esa patria del destierro, la misma, aunque con otras aristas, que llevó a Américo Castro a entrever La realidad histórica de España, o la que nutre la hondura poética de Pedro Salinas, aislándose en Puerto Rico tan sólo para oír hablar español, o la fascinadora de los últimos poemas o prosas de Juan Ramón. No pretendo con estas resurrecciones revestir a nuestros maestros de avulgarados heroísmos tamborileros, toda esa retórica vana que enguirnalda el destierro. Todos, grandes y chicos, lo vivieron y su propio afán de futuro supo ayudarles. Nada de oropeles. Solamente laboreo, responsabilidad, ánimo abierto hacia el futuro colectivo. Es la gran lección de este puñado de españoles egregios, los que, vuelvo a repetirlo, en unos años, le dieron la vuelta a nuestra imagen en el mundo, incorporándonos plenamente al panorama de la ciencia europea. Y debemos olvidar nuestras inevitables chinchorrerías. La obra del Centro de Estudios Históricos se asoma en nuestro quehacer de cada día, grande y delicada, y ha prevalecido por encima de rencores y añagazas, y prevalecerá sobre la exaltación facilona y el ditirambo hueco y ñoñón. De todo hubo cuando Dios quiso, y todo se ha borrado bajo una exculpadora sonrisa. Aprendamos de su trabajo generoso y tenaz, del que tantas generaciones de estudiosos nos hemos venido aprovechando.

 

   Y, ya para terminar, me atrevo a revivir escuetamente mis últimos encuentros con Navarro. Volvamos a los primeros días de noviembre de 1936. Los proyectiles blancos comienzan a encender de alarmas la otoñiza noche madrileña. También han comenzado los bombardeos aéreos: somos tan tontainas, tan ingenuos, que nos echamos a la calle para ver el paso de los aviones, ver descolgarse las bombas. Creemos que es una trasnochada verbena. Poco duró la ilusión: al día siguiente, quizá esa misma noche, comprobamos que aquello iba de veras. Una tarde como todas, en la puerta de Medinaceli, 4, alboroto de ambulancias por las esquinas del Hotel Palace, en el que se está instalando un hospital de Sangre, Navarro y don Ramón salen juntos hacia casa. El Gobierno ha decidido evacuar a los intelectuales a Valencia. El aire, gris, asustado, pregona amenazas, desolación. Puedo evocar con nítida claridad nuestra despedida, como puedo reconstruir los pasajeros encuentros durante la guerra. Nuestras palabras son balbuceos corteses, sin posible respuesta. El Centro va a ser cerrado. No se sabe de qué hablar, es imposible ahora formular un cordial "Hasta mañana", ni cosa parecida. Solamente queda en común el pasmo fluyente ante la locura desatada y colectiva. Al cerrar aquella puerta de Medinaceli, 4, se extinguía un período excepcional de nuestra historia científica, y, más aún, de ejemplar convivencia. Los que hemos venido detrás, empujados por unas circunstancias hostiles no hemos hecho más que volver a poner en marcha el viejo motor, salvar lo que, en materia científica, ha de ser fundamental: la continuidad, el sentido de la colaboración.

 

   Todo se quedaba encerrado en aquella casa, con la alarma del largo asedio y el peligro constante. Ya fuera de Madrid, y siguiendo los pasos, los pocos pasos comunes que la guerra nos permitió, volví a ver a Navarro en varias ocasiones en Barcelona, repetida la evacuación más próxima a la frontera; sale del Ministerio, una casa alta, desgarbada, en la Plaza de la Bonanova. Todos nos preguntábamos varias veces al día, qué podría significar aquel Ministerio allí, en medio del descomunal desbarajuste. ¿Ejemplo de algo? Muchas veces he oído (ya lo oí entonces) quejarse del procedimiento casi infantil con que se realizó el traslado de los cuadros del Prado, o de otras colecciones que se sacaron de Madrid. Si, bien: es tan fácil encontrar remedios lejos y fuera de la angustia apremiante... Lo cierto es que los cuadros están ahí, se salvaron de la Universal catástrofe, que, en Madrid nadie sabe a dónde podría haber desembocado. Pero el horno no estaba para cuidadosísimos embalajes... Hasta se hizo una exposición (isuicida!) con las colecciones de la Casa de Alba, en el Patio del Patriarca, en Valencia... He divulgado hasta donde ha sido posible una foto donde Navarro aparece al ladito de Las Meninas, sacadas de su escondrijo para que una delegación británica, al borde del refugio que se construyó para ellas en las Torres de Serranos, comprobase que estaban vivas...

 

  Avanzado 1938, el gobierno creyó necesario dejarse ver por europeos felices, y, (se dice ahora, y entonces era frase desconocida) decidió cambiar su imagen revolucionaria y harapienta por otra más burguesita y endulzada: hasta se rogó, subrepticiamente, a las señoras de los cargos, funcionarias, etc., que llevasen sombrero cuando les fuera posible. Aquella España que pretendía aparecer por salones improvisados, olía demasiado a naftalina y alcanfores... Y no calmaba la desolación de tres años de olvido femenino de los armarios... Mayor aún fue el asombro ante la aparición, por las esquinas de Barcelona, de entierros con cruz alzada y gorigoris patéticos... Aquello no se lo creía ni el muerto, si lo había... En fin... En el centro de esa campaña de normalización engañosa, el Ministerio organizó una breve temporada de ópera en el Liceo: cuatro óperas, compañía francesa (fue imposible recuperar los componentes nacionales de coros, ballets, etc. Estaban presentes los fusilamientos, los destierros, la movilización general...) La primera noche se cantó Sansón y Dalila, de Saint Saéns. En uno de los palcos está Navarro, con su compañero académico Enrique Díez Canedo, quien también morirá exiliado en México, 1944. Hablamos en uno de los largos entreactos. La voz de Navarro está orlada de tristezas. Ya no es la de los días esperanzados. El bombardeo acabó de empañarla. Las bombas bordaron el teatro. Apagón, gentío que canta, enfebrecido, Els segadors... la compañía temblorosa, junta en el escenario, un par de velas encendidas por toda escolta, en vago presentimiento funeral... Y un miedo enorme a lo que habían oído contar sobre la destrucción de los bombardeos... Leves nubecillas de polvo se desprenden de las molduras detrás de las explosiones... Dios nos protegió, siempre la mano de Dios próxima... que la protección terrena... (Corramos el telón).

 

  Terminado el barullo, la vida vuelve. La vida, por encima de desdenes, falsificaciones y torpezas, renace, empeñosamente. 1960, enero. Los dos últimos discípulos de Navarro en Madrid, son ahora el matrimonio Alonso Zamora Vicente - María Josefa Canellada. Vamos a Darmouth College, donde me esperan unos días de lecciones. Navarro lleva ya unos años jubilado de New York, y vive en Northampton, Mass., donde su hija mayor, Joaquina, es chairman en Smith College, femenino. Su vivir sufre reducciones, minusvalía: la edad, tantas quisicosas... Son los días iniciales de febrero, cuando, de las tolvaneras y los calores mejicanos, salimos a la pasarela del avión en Nueva York, a diez grados bajo cero. No creo que fuera dispuesta en nuestro honor, pero nos recibió una intensa tempestad de nieve que alteró todos los planes. Tuvimos que hacer noche en una estación, con una calefacción abrasadora. Pudimos ver, en un cine inmediato, una tierna película de piratas caribeños, la gran dama española enamorada del capitán Pata de Palo y gran Parche en el ojo, y raudales de perlas en el vestido... A la primera claridad del alba, el tren se puso en marcha. Despacito, anonadado bajo la inmensidad blanca y silenciosa. Llegamos a la estación de Northampton a las seis y media de la mañana, ya la luz levantándose. Y allí, en el andén, negro sobre el blanco de la nieve, está Tomás Navarro, esperándonos. Agachado, un bastón-garrota que alguien le ha traído de su pueblo, La Roda, en la Mancha albaceteña, y una boina también española, sin apenas vuelo... En ese instante, ponemos la clave a un gran arco con más de veinte años de luz y una cercanía ajena a toda dimensión... iQué tumulto de preguntas sin esperar respuesta, de hallazgos y reencuentros, y hasta de preguntas que no se formulan por temor a la posible contestación desencantada!

 

   Le hemos vuelto a ver más veces, en otros viajes. Quizá la última fue nuestra permanencia en Middlebury College, un verano, la famosísima Escuela de Verano norteamericana que también era fruto de los supuestos del Centro... He contado en alguna ocasión esta última visita, cuando le daba vueltas a un torito de Cuenca que le habíamos llevado. Le buscaba los brillos, el paisaje más valioso... Después, le he seguido mandando desde la Academia, en mis tiempos de Secretario, informes, peticiones, convocatorias, sabidor de que no vendría; le he proporcionado datos y publicaciones sobre aspirantes, ya muy jóvenes para su prolongada ausencia y de los que deseaba saber todo.

 

   Por esas trampas del azar, he explicado en la misma aula donde le veíamos llegar a las nueve de la mañana en la fría y aún destartalada expropiación de la Universitaria madrileña. Lo hacía a jóvenes que no le habían visto nunca, que no sabían gran cosa de sus lentas investigaciones... Por encima de nuestras voces ocasionales sobrevolaba el eco de su ejemplaridad. Esto tan solo es lo que hoy queremos recordar. ¿Hay manera mejor de designar actitudes, dedicación, que bautizarla, gozosamente, magisterio? Creo que no.

 

   Es claro que una exposición de este tipo requiere muchas colaboraciones. Me corresponde la gustosa obligación de expresar aquí el agradecimiento a cuantos han cooperado. En primer lugar, a la Fundación misma, siempre abierta y generosa con nuestras iniciativas (Universidad de Extremadura, Diputación Provincial de Cáceres, su Ayuntamiento, etc., etc.) Expresivo reconocimiento debemos a la Fundación Airtel y a la Universidad Antonio de Nebrija, de Madrid. Sería imperdonable no hacer manifestación de gratitud aparte a cuantos han intervenido en las lecciones, reuniones, etc. y muy en primer lugar al esfuerzo de María Antonia Fajardo, encargada de la búsqueda y selección de materiales y su posterior distribución. Agradezcamos al Dr. Antonio Quilis, de la Universidad de Madrid, su bondad al permitirnos exhibir el quimógrafo de campo con que el Centro trabajaba. Y a todo el personal de la Biblioteca Alonso Zamora Vicente, que, en todo momento, ha estado alerta para el logro de este empeño: recordar a Tomás Navarro Tomás.

                              

En: "Los orígenes de la fonética experimenta en España". Cáceres. Fundación Biblioteca Alonso Zamora Vicente, 2001. p.19-27.

 

 

 


Fundación Biblioteca Alonso Zamora Vicente