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Me
ha invitado ya muchas veces la señora Malpit, mi colega en el Banco, la
encargada del Departamento de Moneda Extranjera. Nadie sabe nada, o casi nada de
la señora Malpit, francesa, casada con un catalán al que nadie conoce, y que
lleva ya muchos años en la sucursal fronterizo-portuaria de
Columeda. Es cumplidora, reidora, decidora, y, al hablar, salpica de vez
en cuando su condición extranjera. Viste algo llamativamente, es verdad. Las
chicas de otras secciones no le tienen mucha simpatía, y destacan a todas horas
y en todos los charloteos sus vestidos ridículos, sus pantalones guiñolescos,
los peinados atiborrados de ringorrangos. Hablan las colegas y no acaban de la
enorme cantidad de cosméticos que gasta
Laura Malpit en su aseo personal, cosméticos que tiene la audacia de encargar
por correo, incluso a París, o solicitarlos de los representantes barceloneses
que, de tarde en tarde, aterrizan por Columeda. También es acusada Laura Malpit,
en otros medios ya no tan colegas, de mil desventuras y disparates y
conjuraciones... Que si apenas sale con su marido, al que, indudablemente, tiene
secuestrado. Que si le gusta invitar a gente a cenar en su casa, y, luego,
cuando, por las restricciones, no hay ya luz... Mi madrecita de mi alma, lo que
pasará luego. Que no hace más que poner a voz en grito discos de mil sitios y
matices, seguramente con letras tan escandalosas que por eso los pone en
extranjero, a fin de que nadie pueda enterarse bien, lo que se dice bien... Que
ella, en realidad, no escucha esas músicas, porque anda de acá para allá en
su casa, mientras suenan, así que será para ocultar algo que, Dios mío, cómo
será. Que si una criada que tuvo se medio murió, tuvieron que llevarla a toda
prisa al botiquín de la Aduana a darle oxígeno, porque, puestas a jugar,
hicieron una apuesta muy dura: a ver quién lograba quitarse antes las medias
mientras echaba un pulso o cosa así. La pobre chica se quedó sin fuelles y por
poco espicha, y todos lo saben de muy buena tinta. A Laura Malpit le costó Dios
y ayuda convencer al comisario de que no había intentado destriparla. Según la
señora Malpit, fue el berrinche que agarró la bona porque, con los esfuerzos,
se le fueron los puntos a las medias y eran un recuerdo de familia, y así
cualquiera tiene un telele, ¿no verdad, usted? Alegaban los lenguaraces que si
en las tiendas se pirraban los repartidores por ir a la casa de los señores
Malpit... Allí se plantaban, con el menor pretexto y como unas pascuas y hasta
excitadísimos a veces, el lechero, el verdulero, el panadero, el cobrador de la
luz, el que lee los contadores del agua o del gas, y el zapatero, y el
electricista, y el sereno, y... y... y... y... y... También es casualidad,
hombre, no van nunca las mujeres. Laura Malpit, de soltera Chiévres, es famosa
en Columeda y un halo de gloria la envuelve cuando, la mañana ya desperezándose,
se dirige a pie y pisando fuerte, al Banco (3.000 metros diarios en 15 minutos;
pan integral; nada a media mañana. Una dieta fenómeno). Laura es altota,
ancha, muy ancha, su caderamen llena las aceras y provoca cierto estremecimiento
en las copas de los árboles cuando, al pasar por debajo, eleva el anca y se
pone en movimiento una corriente de aire. Sus hombros, aún más anchos que las
caderas, se jalean al ritmo de los brazos fuertes, cortos, oprimidos por
pulseras contra el reúma y un longines de oro y diamantes, regalo de su marido
a los tres años de casados. Lo estraperleó al contramaestre de un cabotaje.
Tirado. Al respirar, al andar canturreando, una marcha militar mascullada, no es
difícil reconocer los ecos de sus triunfos atléticos, allá, cuando empezó a
pollear con los pololos, cosa que tuvo que dejar al desatarse el engorde
huracanado, sí, por allá, por el horizonte de sus treinta años. Pero quien
tuvo y retuvo... A mí, en lo que a la intimidad de la señora Malpit se
refiera, me da lo mismo todo. Debo reconocer que llevo ya dos años en Columeda
y no he entrado en la casa de ningún colega, ya que todo el mundo es hosco y
receloso hacia el que viene de fuera y procura, sin perder la sonrisa,
devolverle cuanto antes a la estación. Hablan y hablan de epidemia, fríos
incontrolables, vampiros, pésimas aguas, opresión feroz del obispado, falta
total de alicientes... Un club de crucigrameros por toda diversión, y hay que
hacerse socio de tres o cuatro entidades para poder decir que en la casilla
cuatro vertical cabe la preposición para. Debe de ser una variante especial de
la caballerosidad y la hidalguía hispánicas, qué coño. Mejor así. Por eso,
a pesar del inevitable resquemorcillo que me producen sus vestidos, sus
peinados, su sudor (todo hay que decirlo: Columeda es tierra muy cálida, a
pesar de la obstinada negativa de los ecologistas locales, que ya han amenazado
con alguna acción mancomunada contra el abuso del espacio vital que, sin dejar
de tararear, lleva a cabo la señora Malpit), a pesar, digo, de todo eso, y no
cuento el reparo que me da el tener que conocer a gente nueva, lo que me hará
pasarlo mal con el marido, con la asistenta o la criada que tengan, a lo mejor,
quién sabe, me salen con un negrito adoptado, vete a ver... Pues a pesar de
todo eso, he considerado en frío, imparcialmente, la amabilidad indiscutible de
sus invitaciones (semana tras semana, con alusión a los platos obligados por la
estación, las fiestas o las costumbres locales o internacionales) y he decidido
ir a cenar esta noche a casa de Laura Malpit, francesa de nación y catalano-castellana
de pación, cincuenta y tres años declarados (con puñetazo en la mesa: una
pulsera antirreumática se hizo trizas, claro que era de Canarias, seguramente
un fraude), y he comenzado los preparativos para no quedar mal del todo y
corresponder a tan destacada bondad.
Si,
hay que corresponder a su gentileza. Es lo que se lleva. La señora Malpit me ha
invitado siempre con una gran solicitud, sonrisa va sonrisa viene: "¡Se
encontrará usted tan solo...! ¡Mientras llega su boda, considere mi casa como
suya! ¡No tiene más que pedirme lo que necesite! ¡Yo sé lo mal que se pasa
en tierra desconocida...!", y un largo, muy largo etcétera. Mi patrona, en
cambio, y no tengo otro elemento de comparación, ya digo que el resto de la
gente me ignora, todavía no me ha dicho ni mú. Yo creo que tiene paralís
antirrisorio irreversible y no contrae un músculo de la cara ni aunque le
pongan en los carrillos los hierros de los miuras. Joder con la tipa. Ni
siquiera al cobrar sonríe o da las gracias, será borrica. La única vez que me
tuve que quedar en la cama el invierno pasado, estas bronquitis de mierda, me
avisó solemnemente que ponches, calditos, lechecitas, etcétera-etcéteraetcétera,
a la lista de extraordinarios, más un leve porcentaje por el riesgo de
contagio. Que prohibidas las visitas. Que allí no se tomaba el pelo a nadie.
Debí fingir un delirio y explicarle algo de lo burra que aparenta. El primer día
que volví a la oficina, la señora Malpit salió a recibirme, vamos, cómo salió:
faltaba la Banda Municipal. "¡Hijo mío, qué desmejorado está usted! ¡Cásese,
muchacho, cásese! ¡Usted necesita urgentemente amor y vitaminas!" Y me
regaló unas pastillas de café con extracto de zanahoria que llevaba en el
bolsillo, estoy seguro que pensando en mi recuperación. Fue un detalle, ¿no
verdad? Sí, sí, no hay más remedio, he de corresponder a todas estas
bondades.
Meditación
al canto y a solas, ya que hablar de doña Laura Malpit en cualquier sitio no
provoca más que indirectas o malos humores. Veamos. Hay que llevarle algo. ¿Un
perfume? Ella es francesa y los tendrá estupendos. ¿Unos dulces, unos
pasteles, un postre especial? Descartado. Esas cosas engordan a lo bruto, ya se
sabe, la glucosa, la sacarosa y la engordosa. Es de suponer que en la casa
Malpit estén desterrados esos comistrajos. Ella habla, ojos en blanco, de un régimen
severisimo. Lo mejor, lo menos comprometido, ya que no conozco otras aficiones o
caprichos de la señora Malpit, será echar por otro lado. ¡Ah, caramba, las
liquidaciones! ¿Un pañuelo femenino, de esos que valen para muchas cosas y
son, o dicen que son, de seda natural? Si lo encontrase italiano... Porque francés,
seguro que ya lo tiene. Dos tardes me tiré buscando por los grandes almacenes,
por las tiendas de los indios y de los turcos, por los chamarileros... Hasta
revisé los fondos sobrantes del Monte de Piedad y del Almacén municipal de
objetos perdidos. Nada. Había alguno que otro, natural, cómo no, pero era
desatino pensar que aquello pudiera llegar a tapar ni siquiera la tercera parte
de Laura Malpit, su generosa espetera, sus amplísimos hombros. Y puestos en el
cuello, talmente un dogal. Por fin, y por la premura de tiempo, eché por la vía
romántica y consuetudinaria: suele ser, por clara y divulgada, la de mejores
frutos: un ramo de claveles, que, por cierto, me costaron un riñón, ya que
eran importados. Columedeñas flores sólo había unas cinerarias de tiesto, de
esas que, cultivadas en estiércol de yegua virgen, suelen ser catastróficas
para la vida doméstica: cortan la mayonesa y la menstruación, y propagan el tétanos,
la escarlatina, la... En fin, que a los claveles, a los claveles. Pero no había
nativos, ya digo. Los nativos se enviaban a la capital, donde, por lo visto, son
muy solicitados entre las presidentas de las corridas goyesco-benéficas, para
sus madroñeras, y por las monjas de las Llagas, para sus altaricos. Total, que
fue un coñazo. ¡Ay, si mi alma lo sabe...! Pero me decidí, ya lo digo. Me
puse el mejor traje de que disponía, un cheviot marrón. Codos y culeras
brillaban lo suyo, a pesar de todo. Busqué una corbata roja, con rayas blancas,
hice asomar un trocito de pañuelo por el bolsillo alto de la chaqueta y eché a
andar, los repajoleros claveles en la mano. Me apretaban los zapatos de lo lindo
cuando, bajo un aguacero impresionante, yo llamaba a la puerta de la casa Malpit,
nueve y media de la noche, la tabarritonía asmática del telediario renqueando
detrás de la puerta.
*
* *
—Pase, pase usted, mi querido Lanchetas... Bienvenido. No sabe cómo me
complace verle por aquí... ¡Está usted en su casa... ¡Pero, ¡qué alegría!
¡Jaume, Jaume! El Lanchetas está aquí, y la mar de elegante... ¡Adelante...!
Laura Malpit es un torbellino de gesticulaciones. Cada admiración, cada
enunciación van acompañadas de los gestos oportunos y exagerados. Toda una
carrera dramática. Laura Malpit, nacida Chiévres, con ademanes y sonrisas,
golpes en las caderas y achuchones en el pecho, resulta única. Lo que se dice
única. Por el fondo de la casa, o por detrás de doña Laura al menos, se oye
una vocecita endeble, acosada de gallos y falsetes, que en vano procuro
descubrir de dónde sale:
—¡Que pase, que pase! ¡Estoy deseando conocerle...! ¡Es un placer,
noieta, es un placer...!
Paso, procurando no manchar mucho. De todos modos, goteo de arriba abajo.
Doña Laura me mira, súbitamente compasiva:
—¡Mon petit...! ¡Una sopa, una verdadera sopa...!
Y a continuación, en uno de sus portentosos rasgos de mutación dramática:
—¡Tú, Jaume, venga! ¡Sal y a ver cómo secamos a este chico...!
Laura Malpit se hace a un lado no sin esfuerzo, tropieza su cadera en el
marco de la puerta, y se revuelve cuidadosamente para no tirar perchero, flores,
espejos, sillas, cornucopias, la inevitable lanza de estilo español, vitrinas
con abanicos y tanagras falsas y demás tutilimundi agobiante, y veo manar de su
costado (¿cómo? ¿magia? ¿estaba debajo de ella, lo llevaba quizá en el
bolsillo o estaba trepado en alguna cortina?) el manantial de la voz, un
hombrecillo minúsculo. El asombro se me debe estar derramando por todas partes.
—¡Jaume, mi marido! Es una persona muy sencilla, no se preocupe. Tú,
Jaume, a ver cómo nos portamos, ¿eh?... Déme, déme las flores, Lanchetas...
No están mal... ¡Claveles! Se las daremos a éste: le vuelven tarumba, este
Jaume, tan caprichosillo... Los claveles le vuelven tarumba...
El ramo —ay, mi dinerito— hace una circense exhibición por los aires
y es recogido no menos acrobáticamente por Jaume. Jaume quita el envoltorio de
celofán, aún chorreando de los chubascos, huele las flores con arrobo y dice
con su vocecilla tierna:
—¡No hay cosa en el mundo que me guste más...!
Y me da la mano muy efusivo, repitiendo gracias a diestro y siniestro. Yo
no sé muy bien qué puede ocurrir en casos parecidos, pero pienso que las
flores no iban destinadas al tipo aquel. Quizá mi inexperiencia me hace quedar
como un cochero: lo más seguro es que, en estos casos, se lleven flores al señor
de la casa, si tanto le gustan, y se obsequie alguna otra cosita a la señora...
Mal comienzo, este meter la pata así. Y me siento en situación de
inferioridad, acomplejado, como dirían en la oficina. Tengo que interrumpir mis
cábalas. Jaume, con un temblor de azogado, me enseña no sé qué recoveco de
un clavel amarillo:
— ¡Es macho...! Ji... ji... ji... ¡Macho! ¡Voy a ponerlo en un jarrón
aparte, solito!
Pasamos a un saloncito que da directamente sobre el jardín. El agua
golpea en los cristales, gorgotea en los canalones. Algún trueno que otro hace
vibrar las luces. Los Malpit tienen una casa lujosa, un poco demasiado llena de
trastos, esa es la verdad, y huele indefinidamente a cerrado, a orines, a frutas
pasadas. Es algo muy raro, y un sí es no es nauseabundo. Otra vez meto la pata,
porque sin observar las cláusulas de la convivencia social, exclamo, torciendo
el morro:
— ¡Puff...! ¿A qué huele aquí...? Jiede un poquillo, vamos, digo...
— Alguna guarrería que habrá hecho éste... (Este es Jaume, el
marido). Se altera muchísimo cuando sabe que va a venir alguien a cenar y se
emperra en revolver, en dar vueltas a las cosas, en guisar. En fin, hay que
dejarle. Le gusta y, ya sabe usted, cada loco con su tema.
Jaume acude dando saltitos desde la cocina entreabierta. Da palmadas,
silba, se tuerce en pasos de baile. Noto que se ha puesto un clavel —¡de los
míos!— en la solapa de la cazadora roja, de punto, con que va deportivamente
ataviado. Grita, en la cúspide del gallo:
—Venga, venga, vamos a cenar. ¡Todo está dispuesto!
Y dirigiéndose a mí con cierto aire de conspiración:
— ¡Le he preparado un postre de rechupete, ya verá...!
Doña Laura, que se había sentado en el sofá, a mi lado, se levanta,
entregada también al palmoteo:
—¡Eso, eso...! ¡A cenar!
Y
se enreda en un laberinto de explicaciones, aclaraciones, consejos, ocurrencias:
—No le extrañe que Jaume haya dispuesto la cena. Le ha gustado siempre
mucho la cocina y, como ya es mayor, y no sale, pues que eso le distrae, le hace
sentirse útil. No lo hace mal del todo, no crea. A veces, se le pasan solas las
hojas del libro de recetas y, entonces, ¡a cenar a la cafetería! Gracias a
Dios, podemos. Nuestro sueldecito es pobre, pero podemos hacer un excesillo
varias veces al mes. Solemos ir a La oveja negra, ya nos conocen. No crea, Jaume
está muy bien, presentable, ya lo ve usted. Ágil, nadie diría que tiene ya
setenta y nueve años. ¿A que no se le notan? Claro, ya le digo. Tiene periodos
malillos con esa murga de la orina, pero, en general, aún, aún cumple. Y de
peso está estupendo: cuarenta y cinco quilitos, nada, una briznita al viento.
¿Usted cómo anda de esas historias de la próstata, el riñón y demás
camelos? Ay, hijo, qué complicados son ustedes, los hombres, no me queda cosa
que ver. Cuídese, que es muy triste andar así siempre luego, con desazón y
desazón... Sobre todo, debe comer poco. Es lo mejor, está muy comprobado.
Comer poco. ¿Usted es católico? Sí, claro, como buen español. Jaume también
lo es, o lo era antes, que ahora, con eso de las cervicales, blasfema demasiado,
no sé yo. Pues cuídese, cuídese, amigo mío, que la salud... Una gitana nos
pronosticó una vez... Yo me reí, a ver, yo, francesa, pues que soy cartesiana.
¿Usted no sabe qué es eso de ser cartesiano...? Se interpreta de tantos
modos... El otro día, sin ir más lejos, leí en un periódico que...
—Laurita, niña, que ya tengo puestos los mariscos...
—¿Le oye? Tan diligente. Aquí no necesitamos servicio. Y podemos
invitar a los amigos una vez por semana, para hacer vida de sociedad. Muy
cultivados, nuestros amigos. ¿Usted lee ahora mucho...? Yo, con tanto
trabajo... Y Jaume, como está a régimen, tiene la manía de conservar su peso,
que ya le he dicho, cuarenta y tres quilitos...
—¡Se nota, doña Laura, se nota...! Y su marido es además muy
agradable.
—¡Jaume, Jaume...! ¡Fíjate, ya te lo has conquistado! ¡Dice que
eres muy agradable...! Alguna yerba buena pisaste hoy.
Jaume se acerca, intentando disimularse en el flanco opulento de su
mujer. Se sotorríe, me atrevería a pensar que está ruborizado, y dice:
—¡Es un favor muy grande por su parte!
—¡Es talmente un gos...! —proclama doña Laura—. Pero yo quería
decirle a usted, Lanchetas, con toda seriedad una cosita, que espero me
comprenda. Usted, para nosotros, de la familia. Aquí, nada de cumplidos, nada
de fórmulas, que quede clarito. Así que si usted quiere descalzarse o quitarse
la chaqueta, hágalo. Haga usted lo que le plazca. Yo, para darle a usted
testimonio de confianza, voy a quedarme en bata. Usted obre en consecuencia. Ah,
y vamos a cenar de una vez. Vamos a cenar en la cocina, donde sólo me atrevo a
introducir a los íntimos tres íntimos, o sea, en español, intimísimos o
intimérrimos. Ya está. Diciendo y haciendo, como suelen soltar ustedes, los
españoles. Y, diciendo y haciendo, doña Laura divide velozmente su cáscara en
dos pedazos, falda al suelo y blusita al aire, todo va por los aires, porque la
falda, fulminada por un puntapié, revolotea camino de una butaca. Y seguidito,
se coloca una bata muy ancha, desvencijada, vagamente kimono oriental o uniforme
de limpieza, con grandes flores amarillas y malva sobre fondo negro. Todo ya
marchito por el indudable uso. Y en los sobacos, una gran laguna de colores,
gris uniforme, sin duda por el sudor. Da media vuelta, como para esconderse de
algo, y se saca por abajo una prenda interior, color café con leche, rigida,
grande, ruidosa, un verdadero andamio metálico, que arrastra ligueros,
bragueros y qué sé yo cuánta ortopedia más. Laura Malpit se ha puesto de
pronto más anchurosa, falta el aire respirable. Yo sigo de pie en el centro del
salón, perdido el rumbo de la cocina, víctima de un difuso atontolinamiento.
Laura, tan amable siempre, acude al quite:
Poco más y Laura me habría dejado en pelotas. Menudo problema, si le da
por seguir. La patrona no es muy partidaria de que los huéspedes se muden con
frecuencia. Y probablemente hoy mis calzoncillos... Además, como no me esperaba
semejante acaecimiento, ese de tener que echar al aire el tafanario... Pues que
me puesto unos de la mili, de perneras largas y rígidas, que casi arañan, los
muy hijos de, y a ver... Bueno, no pensemos más. Lo peor será si Laura, que no
tiene un pelo de tonta, lo nota, o barrunta que yo... En fin... Por fortuna,
Jaume me saca del apuro, presentándome al gato:
—¡Pequinés, muy manso! ¡Duerme siempre conmigo! Su calor, mano de
santo contra el reúma. ¡Es más eficaz que la sosera de los chihuahuas...! ¿Usted
aprueba esas costumbres indias...?
—¡Quita ese bicho de ahí...! ¡Te tengo prohibido que cojas al gato
en las horas de la comida...! ¡Puede propagar infinidad de pestes mortíferas...!
Y abriendo la ventana del saloncito, ya creo que he dicho que daba al
jardín, y por donde se cuela violento el perfume de la tierra mojada, de las
plantas redivivas, vuelve, agarra al gato por el cuello y, tapándose la nariz
con los dedos de la otra mano, lo lanza fuera con muy malos modos. Sin el
animalito, Mesié Malpit pesa tres quilos menos:
—¡Fuuuuufff...! ¡Miau!
Laura da un golpetazo con la guillotina de la ventana, en la que, al
poquito, el gato araña pidiendo albergue. Jaume, cabeza baja, refunfuña
palabras oscuras, gimotea, yo creí ver por un momento que estaba llorando:
—No le haga el menor caso, Lanchetas, amigo. Ahora está hablando en
catalán dialectal. Y yo, en estos casos, soy centralista. ¡Nada, nada, no hay
gato que valga. ¡Hala, a cenar...!
Pasamos a la cocina. El matrimonio Malpit vive bien, o debe de comer
bien, a juzgar por lo que allí se ve. La cocina está instalada con arreglo a
las últimas exigencias de la comodidad y el lujo. Tengo la impresión de haber
visto esta cocina en las fotografías de propaganda, folletos de electrodomésticos,
de viajes turísticos para conocer la vida ultramoderna en los Estados Unidos o
más allá. Quizá me he topado con ella en las revistas que llevan las chicas
de la oficina, donde vienen retratadas las cosas de los famosos, toreros,
cantantes, Premios Nobel, presentadores de televisión y demás tropa. Sí,
seguro que ha sido ahí. Estoy un poco acobardado. Los Malpit no disimulan que
me observan, esperan que yo me caiga al suelo en éxtasis ante su cocinita
reluciente, tan pulcra y llamativa. La cocina, vaya vaya, la cocina. Ahora lo
percibo con toda claridad, al ver su cara de bobos silenciosos: nada de
intimidades, ni de especial deferencia, el comer ahí. Lo que quieren es
lucirla, la cocina. Debe ser lo último que han arreglado, quizá los últimos
dividendos de las telefónicas, o de las hullas, o coños. Esta ralea burguesa
es capaz de tener acciones hasta del infierno, si lo sabré yo. Por algo trabajo
donde trabajo. Y me siento disminuido, acosado, marginado. Recuerdo, sin querer,
la cocina de mi casa, la de mis padres, con su ventanuco al patio lóbrego y
repleto de cuplés de las criaditas zazosas, palurdas, Ay, Tomosa, llevas en tu
cuerpo grasa del año setenta y tres, una cocina con el hornillo de carbón
vegetal, que había que soplar el fuego de cuando en cuando por la rejilla
inferior, con el soplillo de esparto, hoy tan decorativo, y siempre andábamos a
la gresca los hermanos a ver a quién le tocaba espumar el puchero del cocí...
Y tener que bañarnos allí, en la misma cocina, en la propia tina de lavar las
ropas, por riguroso escalafón, no se me olvidará nunca el canguelo que pasamos
la noche en que, ya de madrugada, estaban pavimentando la calle, bajamos todos
al portal a robar un adoquín, para ponerle encima de la colada y que la lejía
tapase todas las prendas allí metidas. ¡Igualito que ahora, coño, igualito,
no te...! Vaya tejemaneje de botones de mando, graduados, control desde la sala,
televisión acoplada, la repanocha, vamos, la repanocha, lavadoras para todo, y
venga relojes y luces de colores, y brújulas y básculas y termómetros y
termostatos, tan silencioso todo, sin humo, sin cajón del gato bajo la mesa de
pino barato, sin cucarachas por el suelo, tanta compañía que hacían... Hasta
algún ratoncillo despistado salía de la carbonera. Y que sean una francesa
elefántica y un catalán marica los que se estén pipando esta vida... No hay
derecho, vamos, que no hay derecho. Y luego hablan de la tiranía del centro...
Laura me saca de mis cavilaciones:
—Vamos, Lanchetas... Duro con el cóctel de mariscos...
Empezamos. Un nudo en la garganta me impide comer. Pero Laura ataca
entusiasta. Se lo sorbe. Mejor que comérselo, se lo sorbe. ¡Qué burra,
cielos! De pronto, ya exangüe la copa, una mano tensa sobre el pecho y la otra
en el vientre:
—¡Ay, no lo caten! ¡Jaumet, dónde has comprado esto? ¡Están medio
podridos! ¡No los coman, por favor! ¡Qué cargo de conciencia, como dicen
ustedes, los españoles...!
Y sin acabar de decirlo, nos arrebata la copa con sus mariscos casi
intactos.
Yo
había tomado solamente un trozo de langostino, se me quedó la mitad fuera de
los labios, del sobresalto. Ante la alarma sanitaria no sé si escupirlo o
tragarlo. Tampoco me dura mucho la vacilación. Laura, tan previsora, me agarra
el trozo langostinero saliente, tira de él, me libera de ser devorado por las
bestias dañinas que llevaba en su interior y, con expresión de triunfo, lo
echa en un plato que se lleva a una mesita auxiliar. Se limpia los dedos en la
bata, apoyándolos sobre una de sus macizas partes sentatorias:
—¡Cómo lo siento, querido Lanchetas...! Pero no quiero ni pensarlo.
El veneno de los mariscos es muy eficaz, muy rápido. ¡Qué enorme disgusto...!
¡Dróle...!
Las dos copas de mariscos, digo yo, tan mortíferas, debían haber sido
enviadas a la basura en directa, ¿o no? Pues, no, y eso despertó mis recelos.
Laura, mascullando palabras franchutas, muy franchutas, las depositó
mimosamente en la nevera. Un alarde de celo bioquímico en el ademán. Una
nevera repleta, también nevera de prospecto. Juraría yo que, al abrirla, una
oleada de músicas y perfumes ha invadido la cocina. Pero no se me iba de la
cabeza... Guardar los mariscos con tanto mimo... Seguro que mañana tienen estos
camándulas otro invitado, como Dios, vamos. Vivir para ver. Jaume estrena
risas, zalemas, contorsiones y me las dedica todas, poco menos que alucinado.
Empieza a joderme este tipejo:
—Voy a traer el otro plato. Una ternera como no hay dos. ¡A la
bisbaleña...!
Mi familia toda era de La Bisbal, provincia de Gerona. De allí fue mi primer
abuelo, o sea, el primero de quien tenemos noticia, contemporáneo de Wifredo el
Peludo. También mi tatarabuelo, y así hasta llegar a mí. Mi hermana Catalina
también era de La Bisbal.
—¿Y su cuñado?
—No, ya ve, ése era de Ayamonte, lo cual que fue una catástrofe en la
familia, una mezcla tan explosiva.
Los mataron a los dos en la guerra, una solución del cielo, ¿sabe? ¡Un
bombardeo...!
Y súbitamente triste y cómplice, acercándose a mi oído:
— El día de Nuestra Señora de las Mercedes. ¿No piensa que fue una
intervención celeste?
—¡Toma, y tan del cielo...!
Laura reparte la ternera con evidentes dotes maternales:
— Tú, Jaume, poquito. Luego no duermes y, por la mañana, tienes
acidez. A ver si no te aprovechas de la presencia de nuestro querido Lanchetas...
¿Sabe, Lanchetas? Es muy atrevido con esto de la comida...
—Sí, Laurita, sí, ya lo sé... Pues fíjate que, por no catarla, ni
siquiera sé cómo anda de sal...
— Usted, Lanchetas, no tenga reparo en rechazar la carne si no la
encuentra de su gusto. Aquí... ¡A nous la liberté...!
Laura me sirve una ración no muy allá. Se ve que en sus modos sociales
se valora el repetir de un plato, es decir, se cuidan las pijaditas burguesas, típicas
de la gente que no ha sudado la manduca. A mí me la van a dar. Otra vez, Laura,
diligente, me saca de mi penosa meditación, en la que empezaba a dar vueltas el
hambre desvelada. Le da a la cabeza, cachondona:
—Ay, ay..., ayayayayayayay... Me parece que le hace usted asquitos a la
carne... ¡Se ve que no le gusta, que algo le encuentra! ¡La culpable he sido
yo, que no le pregunté cómo la prefería...! ¡Tonta de mí...! Jaume, ¿por
qué no me lo recordaste? ¡Nuestro invitado, mi querido Lanchetas, se va a
quedar apré! Además, no me extraña. —Vuelve al registro trágicocómicodesolador—.
Esta carne está muy mal sazonada. A ver... —Huele—. Tiene poco laurel y
mucho orégano. Le falta el vino. —Mete el dedo—. ¡Y qué cantidad de
grasa...! Pero, ¿qué has hecho, Jaume de mi vida? Con razón Lanchetas no
puede pasarla. Lanchetas, que habrá comido en los mejores restoranes, es un
pillín que se pega cada vacaciones... ¿Usted ha cenado alguna vez en París,
en la Tour d'argent, aquel último piso, sobre la Sená...? Oh, lalala... ¡Paris,
"ce monument unique au monde, Paris", que dijo el poeta...!
Y recuperando una vez más el tono maternal, me quita el plato. Vista y
no visto. La ternera y sus patatas redonditas, tan doradas, y sus pimientos y su
orégano y sus puñetas, ¡a la nevera! Detrás de los mariscos. Nueva invasión
de placeres aéreocoloristasolorosos al abrirse el potente, deslumbrador
frigorifico. Jaume, presa de una exaltación que casi le hace parecer talla
mocito, exclama:
—Pues mi postre de nata, eso sí que no me lo rechazará el señor
Lanchetas. Es lo que vengo disponiendo hace muchísimos años para mis invitados
escogidos. Y me sale fenómeno. ¡Con exquisita maicena del Urgel...! Toca La
Marsellesa, Laura, que voy por él.
¡Honores de mando en plaza...!
Y efectivamente, Jaume, jubiloso, acarrea un monumental tartón de nata,
adornado con guindas y unas hojas de un perejil cualquiera. En lo alto, una
parejita de muñecos vestidos de payeses ricos, bailan L'hereu Riera a todo compás,
ridículos, palurdos. En mi casa no habríamos hecho nunca un adefesio así, en
aquella cocina pobretona, proletaria, pero ¡salían unas natillas por San
Isidro y unas torrijas por Semana Santa...! Valiente birria, la tal tarta. Como
no sepa mejor que se ve. Laura —que, se me olvidaba, se había engullido
velozmente gran parte de la mal condimentada ternera— golpea en el plato con
el tenedor y canturrea con voz forzadamente hombruna y revolucionaria: Allons,
enf ants de la patrie, la grande tarte est arrivée... Y luego, lardosa, amable
hasta la fusión:
—Bueno, aquí, en la tarta, cada cual se sirve como quiera. ¡Au
secours...! ¡Sálvese quien pueda...! ¡A la vuelta lo venden tinto...!
Y dando uno de sus quiebros teatrales, muy marcado:
—Pero, primero, conjurémonos para ser respetuosos. Quiero decir que
cada cual se comprometa a no coger más que de su lado, y una ración de equidad
legítima y justificable. Hay que ser contemporizador con los deseos de los demás.
¡No vayamos a hollar los derechos humanos...! ¡Vivimos en un país libre, con
democracia pluralista, liberado de sus milenarias servidumbres...! Oh, lala...
¡Vive la France...!
Me reanimé mucho al oír tan frescas palabras, tan llenas de cordial
camaradería. Corté un trocito de mi sitio, interpretando así las advertencias
justicieras de Laura Malpit. Cuando quise repetir, no quedaban más que
escurriduras y los muñequitos del carajo tumbados sobre una servilleta, al
borde de la mesa, con inminente peligro de vértigo. Jaume estaba enfadado, tenía
un cabreo que no se lamía y, no puedo jurarlo, porque, en fin, era la primera
vez que le veía y... Pero me pareció que le daba patadas a su mujer por debajo
de la mesa. Puede ser figuración mía, quizá era que Jaume, enfadado como
estaba, desfogase la ira balanceando las piernas: como, sentado, no le llegaban
al suelo... Yo, de chaval, en el tranvía de mi pueblo, también balanceaba las
piernas cuando no sabía qué hacer o acababan de aplicarme un capón de
aquellos que me llovían por menos de nada. Mi gente era muy cariñosa, lo
explicaré muy bien cuando escriba mis Memorias. Después me han dicho que el
balanceo de patitas es un gesto que simboliza la agresividad, la venganza, el
odio. Casi nada. Pateas así en el subconsciente a quien querrías patear de
veras. Estos sabios... Hay qua joderse con los argumentos que te atizan los
sabios. La verdad es que, como de lo único de que había dispuesto con cierta
holgura fue del vino, yo comenzaba a estar un poco calamocano. Vamos, que estaba
temiendo la hora de levantarme de la mesa. Todo me daba vueltas. Muy armónicas
y muy educaditas, pero vueltas. Me pareció que Laura, que se levantó dos o
tres veces por aquello de la hospitalidad y las atenciones, no se volvía a atar
la bata, y entonces...
— Pasaremos al salón ahora, para tomar... ¿Café, Lanchetas? No, no
quiero alterar su sueño... ¿Licor? ¿Chartreuse? ¿Coñac Napoleón? Se me
olvidaba... Ustedes, los españoles, no quieren ser vencidos por ningún
napoleoncito. ¿Se puede decir Napoleoncito? ¿Sí...? Gracias. Usted, Lanchetas,
no sabe que yo he soñado siempre hablar con usted, desde que le conocí,
palabra, por oírle su castizo español-castellanomadrileño. ¡Me ravía su
idioma...!
Jaume interviene, solícito, alarmado:
— No digas galicismos feos, Laurita de mi alma...!
Laura no disimula su cólera:
—¡Jaumet...! ¡Tú, por favor, no m'enmerdes pas! ¡Tú hablas peor
que yo, catalán payés! ¡Tú no sabes de la media la misa, frase que decís
mucho los españoles, vosotros, y que yo no sé muy bien qué vol signifier! ¡Tú
no has leído a don Miguel de Cervantes Saavedra, ilustre alcalaíno de Lepanto
y novelista! ¡Yo sí! ¡Ya en la escuela! Jaume, lloroso, rabioso, echando
chispas por los ojos, grita, deshaciéndose en agudos aflautados:
— ¡Lo he leído antes que tú!, ¿te enteras? Y en su salsa, no
traducido... Tú...
—¡A callar! Hagamos dichoso a nuestro amigo Lanchetas y aplacemos para
mañana esta aclaración...
— ¡Eso, eso!...
Laura se mueve por el salón. Yo he buscado asiento en un extremo del sofá.
En la ventana, el gato continúa arañando. El tocadiscos vomita una selección
de zarzuelas. Deben de ser esas las letras pecaminosísimas que las colegas del
Banco dicen que arrullan siempre las veladas de los Malpit. Jaume sigue el compás
con los dedos, mueve los labios fingiendo que canta. Laura le increpa muy seria:
—Has hecho muy mal esa nota. Es así...
Y lanza un mugido doliente, largo, agorero, a contrapelo de la música y
a contrapelo de todo. El mugido se resuelve en un sonoro regüeldo. Laura pide
perdón y se ríe generosamente. Añade:
—¿Has oído mi matización? Los españoles no tenéis
educación musical. A mí los españoles me gustan como el amigo Lanchetas,
servicial, cariñoso, y que apenas canta. Pero, ¡cómo habla! ¿Cuál cree
usted, Lanchetas, que es la palabra más bonita de todo el idioma español?
Laura, mientras me endilga esta pregunta, se ha soltado el
pelo, que le tapa media cara y le da cierto aire de maja o contrabandista de película.
Bueno, no lo sé muy bien. Ese coñac sobre el vino sin manducatoria... No sé
ni siquiera si yo estoy o no cantando algo, El vino que vende Asunción, o cosa
así. Me sumo, para no desentonar, al disco:
Yo
soy un caballero español
lo
que hace que Laura, repitiéndome la pregunta, se siente muy cerca de mí. Tan
cerca que, al desparramarse un poco, casi me sepulta, me ahoga. Me sorprendo oyéndome,
tuteo a flor de piel:
—Laura, encanto, si no me destapas, no digo la palabra ésa...
Jaume me ayuda, acudiendo a saltitos desde la ventana, de
donde acaba de rescatar al gato:
—Laurita, mi niña, estás achuchando demasiado a nuestro
Lanchetas. No va a querer remanecer por aquí nunca... Yo creo que la palabra más
bonita de la lengua española es... A ver... a ver... ¡Hum!... ¡Ya está!: ¡Naranja!
¿No verdad? Naranja. Es una palabra redonda y coloradita. ¡Un sueño!
—¡Qué, narajan...! —clama Laura con la bata cada vez más
desceñida—. Eso digo yo: ¡Naranjas! Oiga, Lanchetas, ¿usted no tiene calor?
Yo me estoy ahogando, me asfixio.
Yo
no puedo afirmar nada, ni contradecir. Estoy en el limbo. Ya pienso torpemente
en el regreso a la oficina a la mañana siguiente. Me preguntarán, buenos son,
me habrán espiado, cómo me ha ido en el banquete Malpit. Pienso, en el centro
de una enorme confusión, en que deberé organizarme una estrategia, una especie
de defensa propia. Veo a Laura corretear por la habitación, la bata al viento,
se nota que pretende deslumbrarme con sus masas. Baila la mazurca de La verbena
de la Paloma. Jaume, confidencial, me distrae:
—Señor Lanchetas, amigo mío. Quiero hacerle una confesión...
—Diga... Dígame, señor Malpit...
—Estoy muy apenado, muy triste por no haberle conocido a
usted antes... Me entristece, le repito. Perdóneme la confianza. Pero usted es
tan agradable, tan fino, tan gentil, excita tanto a la intimidad...
—Muchas gracias. Es usted muy amable.
—Laurita piensa que todos los españoles somos unos bárbaros feroces,
unos lobos celosos y unos criminales natos. Ya ve usted, con lo que yo la
mimo... ¡Vivo solamente para ella...! Compréndame... ¡El corazón...! Intento
levantarme, pero el sofá, tan blanducho, el equilibrio del vaso, las nubes que
me rodean, los giros de Laura...
— En nombre de España: ¡Gracias, tío!
— Pero, ¿usted no cree que habría que darle una lección...?
—No... Son opiniones, señor Malpit. Nada más.
— Ellos son todos cornudos.
— Hombre, todos todos... No se ponga usted así, mi querido y arriscado
compatriota... Además, que, como dijo en la Cámara la otra tarde nuestro
Presidente: "Sobre gustos, no hay nada escrito".
— Eso está pero que muy bien. Pero lo otro, se lo tengo dicho a Laura
y no se inmuta. Me mira, callada, nada más, y le da a la cabeza. Por algo será.
Con su genio... ya ve, hasta se lo deletreo y no replica. Me mira, nada más. Me
mira. ¡Es que le juro que me desconcierta...!
Laura, desde su danza, copa en alto, grita:
— ¡Jaume, no molestes al señor Lanchetas! ¡Eres capaz de cualquier
melé, te conozco, pillastre ampurdanés! ¡Anda, tráeme un güisqui seco, que
yo no puedo acabar una noche tan alegre sin un güisqui seco...! ¡Doble!
— ¿Usted ve cómo me trata, amigo Lanchetas? Es una mandona. Y yo que
sería feliz con poder salir ahora a ver, en el cine del barrio, la película de
Mel Brooks, o a dar un paseíto por el puerto, a ver cómo regresan a los
barcos, cantando y diciendo obscenidades, los marineros borrachos... Pero, a
ver, en esta Columeda del carajo... ¡Y con esta Laurita, tan temperamental...!
¡Quina noia, Deu meu...! Y hay que tener presente, además, que atracan a los
descuidados, como a mí. Una vez me robaron diez duros y el alfiler de la
corbata. ¡Qué susto! Laurita tuvo que quedarse un mes en cama, un mes largo.
— ¿Sí...? ¿Tanta...?
— Treinta y cinco días. Ya ve. Bueno, fueron cuarenta. Pero los cinco
últimos, créame, puritito cuento,
vamos... Se le notaba.
Laura se aproxima, jadea, coquetea con los faldones de la bata suelta:
— ¡Ya está bien, Jaumet! Ahora mismo, a acostar. Ya has dado bastante
lata a Lanchetas, pobre, mi amigo. ¡Mío!, ¿te vas enterando? Ah, creía... En
cuanto se te da algo de confianza, ¿eh?... Lanchetas, mon amour, ayúdame a
acostar a este pardillo.
Jaume se disculpa una vez y otra por su falta de resistencia, de vigor.
La noche es ya demasiado larga para él. Con lo que le habría gustado
participar hasta el final en nuestra charla, en nuestro encantador
entendimiento... Cuando yo esperaba que, según me estaba hablando, hubiese
dicho algo, no sé, algo que tuviera que ver con una sublevación frente a la
fulminante condena al sueño, hombre, no me diga, algo que retratase
pantalonazgo, caray, siquiera un ¡naranjas! con cierta mala uva, pues le veo
encogerse, se acurruca coma un niño, su humanidad se reduce aún más, muy por
bajo de los cuarenta quilos, y se deja llevar en brazos de Laura hasta la cama.
Laura va sudando. Yo voy detrás, con la copa de Jaume en la mano y sin salir de
este embobamiento especial que tengo esta noche. Laura me encarga que coja, al
pasar, unos tebeos que Jaume pide —no se dormirá sin ellos, me dice— y me
señala con la barbilla un camisón floreado que hay encima de una butaca, muy
peripuesto y planchadito. Laura me dice que lo despliegue y lo ventile un poco,
sacudiéndolo:
—Ya sabe usted, la humedad de aquí... Luego, si no está bien sequito,
se me constipa. Lo de menos es lo que gargajea y lo que tose, y las fiebres, y
el olor de los potingues que se zampa... Lo peor es que se pone muy quejica. ¡Una
verdadera cataplasma...!
Ya en la alcoba, un tanto apartada y, como todo en la casa, lujosa, Laura
deposita a Jaume sobre la cama con extremada suavidad, apenas se nota el peso
del cuerpo sobre el edredón bordado con figuras mitológicas, bueno, eso me
pareció, había tal cantidad de gente pintada, bordada, con fieras, con
nubes... A lo mejor era el delirio del vino, que me llevaba hasta disfrutar de
la casa Malpit... Empieza a gustarme, sí, señor, ya lo creo... Bueno, en el
edredón, mucha gente. A lo mejor, yo no entiendo gran cosa de líos históricos,
eran las plagas de Egipto o Juana de Arco en la coronación de ese tío
franchute que estuvo con ella, sería algo muy francés, a mí qué más me da,
yo silbo mientras Laura va quitándole poco a poco a Jaume la ropa, los
calcetines, la camisa, un jersey que llevaba atado a la cintura por si, con la
lluvia, refrescaba y tenía que salir al jardín, y también le quita un
escapulario con la Virgen de Lourdes, y un reloj de esos que anuncian con no sé
cuántos chismes y portentos, y le pregunta si está limpio o si, por el
contrario, hay que... Laura me explica, muy detalladamente, con una voz que no
le he oído nunca, tan dulce y cercana es, algo muy apropiado para Julieta al
amanecer y todo aquello de la alondra... Pues me explicaba que ella duerme en
otra habitación, separada de Jaume, un poco lejos, pero eso es por la
distribución de la casa. En España, los arquitectos, obsesionados con la
fidelidad matrimonial y el machismo, no conciben que una vivienda deba tener
alcobas con la máxima autonomía. Son unos cafres, claro, pero no se queja, eso
se lo sabía ella ya cuando se casó y, como dicen ustedes los españoles, donde
quiera que fueres, pues eso. Sí, así, alcobas separadas, como Dios y la
comodidad mandan. Pero tienen telefonillo interior, no vaya usted a pensar que
el estar en habitaciones distintas supone una atenuación de los lazos
familiares, mon Dieu, qué va, hombre, qué va. El teléfono está para esas
cosas que, a veces, pasan: los infartos, los cólic0s miserere, una cosa que
recuerdes de sopetón, los ladrones
tan de moda, el desenchufar algún calentador o chisme parecido... Pero Laura
necesita un cuartito para ella sola, un cuartito al lado del salón, donde pueda
pasear con holgura, hacer ejercicios gimnásticos al imperio de la radio, montar
en su bicicleta sin ruedas, jugar a la baraja, dormir y trabajar cuando le pete.
(Me admiró que emplease este verbo. Recordé los rumores de si había tenido o
no que ver con el director que se murió al poco de llegar yo a Columeda, que
era de Cubo del Vino, donde les peta todo). Ella trabaja a las horas más raras,
según sale el tema, es lo que tiene su vida tan azacaneada. Muchas noches,
hasta vela: hay que revisar recibos, cupones, comparar los estadillos de las
cuentas corrientes, verificar el estado de salud de las joyas familiares, ya lo
sabrá, las perlas no usadas se mueren de tristeza y también, es una
confidencia, porque, a veces, Jaume
ha desmontado algunos diamantes, bastantes rubíes, ¿savez vous?, y los vende
así, en pedregullo, para marcharse al cine, siempre pomo o parecido, o meterse
en juerga con los marineros que andan a la brama, ¿comprende?, son frivolidades
que tiene, a ver, se lo puede permitir, pero... Una vez, Laura se disgustó
mucho, le costó una enfermedad, cuarenta días de antibióticos, porque Jaume,
por negar, se tragó la esmeralda de una cruz preciosa, regalo de... De alguien,
basta. Voilá, no la hemos vuelto a ver, la dichosa esmeralda, a pesar de mi
vigilancia.
—¡Nunca tuve tan netoayés los servicios...! Jaume, mon
pauvre, es muy impulsivo, muy apasionado. ¡Un incendio de pasión! ¡Un volcán
Strómboli! La que yo digo, repito y tengo más que comprobado: las tres cosas más
violentas y apasionadas de España, país pasional, son: las corridas de toros,
la Eta y Mesié Jaume Malpit. Si, mi marido. Y le pongo el último de la lista
por cortesía francesa, pero, si usted supiera...
Yo
digo a todo que sí. Jaume está ya metido en la cama, con su camisón, el hule
bien extendido bajo la sábana bajera. Yo también colaboro a subir el embozo,
no sé por qué lo he hecho. Una reacción automática, ciega. Seguramente me
estoy metiendo en el ajo malpitoso a base de bien. Hasta silbo y le doy
palmaditas por encima de la ropa, en algo que debe de ser la cadera. El se ríe
escandalosamente cuando compruebo, por encima de la colcha, cuánta cama le
sobra:
—Me gusta dormir encogidito. ¡Se me quedan los pies muy fríos
y me da mucha congoja decirle a Laura que me los caliente con algo!
Laura apaga la luz, le da un largo beso anónimo en la frente
y le enciende una veladora enchufada en el rodapié, a la entrada del cuarto. Le
pone muy bajito una música dulzona, pegajosa, que se mete honda:
Toda
una vida,
me
estaría contigo...
—Mañana, bien tempranito, ¡hala!, ¡arriba! ¡Hay que
hacer muchas cosas...!
Laura y yo nos volvemos al cuarto de trabajo de Laura, es
decir, a su dormitorio, o sea, vamos, a su gimnasio... Bueno, yo qué sé dónde.
Me va enseñando despacito cuanto hay por los suelos, las paredes, encima de los
muebles. Charlamos de todo sin sentido, me cuenta las gracias de Jaume, me
abraza, este Jaume debe resultar un buen petardo, pero, eso sí, inofensivo.
Tiene sus gracias y sus desgracias. Está muy apenada porque aquí, me lo dice
muy cerquita del oído, huelo su piel sudorosa, la gente interpreta como los
gigantones: por la bragueta. Los colegas del Banco... ¡Unos cons...! ¡Unos
cons del diablo...! Yo tengo la sensación de que me va a aplastar, tan cerca la
tengo y tan a la vez nos derramamos en el asiento. Mi muslo derecho está casi
sepulto por su izquierdo, que fluctúa en oleadas con el hálito de las
palabras, con los tientos al güisqui, varias veces reincidente. Me enseña una
foto de cuando era niña. Siempre me ha gustado a mí ver los animalitos de
cachorros. Se lo digo y, riéndose —"quel esprit, mon Dieu"—, me
da un anchuroso abrazo, me besa ruidosamente, me mira tierna y cachondona... De
pronto, se calla y, poniendo oído, comprueba, satisfacción del deber cumplido,
los ronquidos de Jaume. A pesar del gesto victorioso de Laura, a mí me parece
que esos ronquidos suenan demasiado para lo lejos que depositamos a Jaume... A
lo mejor es un disco misterioso. En una casa así, no se sabe nunca, y con unas
gentes así, tan... Pues que tampoco se sabe nunca. De todos modos, no es
posible que Jaume retumbe tanto, a no ser que tenga amplificadores, y, aunque
sea indiscreción, cuando le desnudamos yo no vi absolutamente nada. Nada de
nada. De pronto, Laura, tambaleándose, se levanta y me pregunta qué me parece
su español y lucha, sin gran éxito, por encajar sus carnes en la bata. Pasea y
me pregunta si su andar tiene aire de chulapa andaluza, que ella querría
parecerse a María Callas en Carmen. Ha ido a oírla un par de veces, cuando
estuvo liada con... Era un fulano que se pirraba por esa música. Se calla súbitamente,
se echa al coleto el vaso de güisqui enterito y, después de lamentar que el
aficionado a Carmen Callas no fuese comprensivo con Jaume, me espeta, gachona,
ondulante:
—!Excusez moi, il faut que j'aille faire pipi...!
Yo barrunto vagamente la situación. Estoy tan mareado... Me como un bombón
de una caja que veo encima del escritorio, sin moverme, y que me sabe a rayos:
está rancio, apolillado. Laura abre la puerta del cuarto de baño, que da a la
misma habitación en que estamos, y, sin cerrarla, se saca las bragas, se
desprende de algo más que no acierto a ver qué es, ya que miro solamente por
barrios, por aquello del pudor, la educancia, la mujer del prójimo, y se sienta
en el retrete mientras silbotea La del soto del Parral. Me grita desde allí,
tan pancha:
—Tengo aquí mismito el baño. Es muy acogedor. ¡Cuénteme usted, cuénteme...!
¿Qué me decía...? ¿Que usted no ha oído nunca a María Callas? Es una pena.
Ya espichó... Segoviana presumida, sin ti no sé vivir... ¿Qué ama usted más,
Verdi o Bizet...?
La oigo, claro, pero oigo mucho más el chorro potentísimo que Madame
Malpit despacha por su funcional y
ultramoderna taza, modelo Florencia 73. Permanezco en gozosa levitación. Así
deben de reaccionar las serpientes ante la flauta del encantador. Al cesar el
ruido, se desata la cisterna. Laura espera un momento, escrutando en la taza, la
bata por los sobacos:
—Amo dejar todo limpio.
Y sale del cuarto de baño hacia mí, adormilado en el sofá. No sé qué
hago con la copa en la mano, aún me revuelve el sabor del bombón, la veo
acercarse, el pelo sobre la cara, flotante, crece de tamaño, avanza, ¿duermo?,
¿eructo?, ¿velo?, ¿duermo?, ¿velo?, ¿sueño?, la bata se le cae demasiado
hacia atrás, su cuerpo es una gran mancha rosada; el ombligo, un cuévano; el
triangulito oscuro, un felpudo... No sé dónde estoy. Al llegar al centro de la
habitación, hace un par de flexiones de brazos, respira profundamente dos o
tres veces, parece que todo se queda a oscuras... siento sus brazos en el
cuello, su peso blando:
—¿Qué, Laurita, preciosa, has meado ya...? ¿Todo marcha...?
Es Jaume, desde la puerta, con su camisón floreado, una risa guasona en
la comisura de los labios. Laura, sudorosa como nunca, grita en su lengua,
amenazando al espectro, mientras me dice:
—¡Este Jaumet...! ¡Lanchetas, amor, acuéstate ahí un poco, en mi
cama, y espera a ver si logro dormirle de una vez a este mandria, carallot
pagés...!
¡Mira tú que descolgarse ahora por aquí, si será...! ¡Con lo bien que le
habíamos puesto el hule...!
Se lo llevó en volandas. Recordé el vuelo acrobático del gato. Me dormí
profundamente, mi mano torpe dibujando más torpemente aún las opulentas curvas
laurimalpíticas. Me desperté ya con sol alto, el pregón del lechero rebotando
en esquinazos y portales. Se oían los ronquidos del matrimonio, acompasados,
ronquidos a dos voces. Me escurrí entreabriendo la puerta de la calle, mientras
el pequinés, maligno, me observaba bostezón. Luego, en la oficina, la señora
Malpit, nacida Chiévres, Sección Moneda Extranjera, me saludó muy cariñosamente
al llegar:
—¡Bonjour,
cheri...! Tiene usted
que venir una noche a casa, será un placer, señor Lanchetas...
Todo fue así, tan poli y tan grato. La patrona, por haber faltado una
noche al redil, me expulsó:
—¿Juerguistas aquí? No, hombre, no. ¿Qué se ha creído usted, que
esto es una pensión de franceses? Aquí, decentes de toda la vida... ¡Muy
decentes...!
Las compañeras de oficina no han dicho ni pío. Pero me miran de una
manera...
Separata
del libro Homenaje a Gonzalo Torrente Ballester. Biblioteca de la
Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca. Salamanca, 1981. p. 289-305
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