Toda cautela es poca. 
Alonso Zamora Vicente

  

Lo que son las cosas, ¿eh? Cualquiera diría que íbamos a tener este día tan precioso, que menudo día, no me diga usted, hombre, no me diga usted. Después de tanto padecer. Que no se los deseo yo  estos días ni a mi peor enemigo, y ahora: Ya ve, en el periódico, en la tele, en el nodo, hay que ver. Y de autógrafos, y de regalos, una porción. ¿Cómo? ¿Que usted no sabe cómo ha sido todo este lío? ¡Anda, Dios! Lo que me faltaba que oír. ¡Si todo el mundo lo sabe! No me diga. Fíjese usted que hasta en el Congreso se ha tratado del caso y han venido a ver a mi niña diez o doce profesores de esos de por ahí, de la USA, y de más allá, de esos que van en cohete y todo, a ver, hombre, a ver, una gente muy competente, figúrese. Y es que menudo caso, ¿eh? Dicen todos que no han visto nunca una cosa igual. Embobaditos, embobaditos que se quedan mirando la mano de mi niña. Ahora; es cuando, la que yo digo, mi niña se nos casa, vaya si se nos casa. Antes, Petra, su tita Petra, que es su madrina, no vaya usted a creer, sí, ya, mucha madrina, pero no se le veía un detalle ni a la de tres, y una madrina, ¿eh?, vamos, que una madrina... ¡Hombre, digo yo! Pues nada. Ni una punta de alfiler. Pero, eso sí, siempre: Esta chica, tan pelirroja, tan pecosa, tan cardo, y, luego, con esas gafas de aumento... Que no va a haber quien cargue con ella. Y dale que te pego, que si iba a haber o no iba a haber y que si fue y que si dejó de ir. Ande, para que vea usted. Ahora, hasta dos premios Nobel andan con ella arriba y abajo. Y la tita Petra bien que se tiene que chinchar. Pero, hombre de Dios, no me diga usted que no sabe cómo fue el asuntito. Si ha venido en Semana y en Coquetilla, y en el domingo de Ya salió un estudio de Manuel Calvo Hernando que no vea usted lo que sabe ese señor de estos jaleos de ahora, ¿eh? Pues fíjese, trata fotos de los perritos, en colores, naturaca. Y salió en el Boletín Internacional de Estadística, y en el de Canicultura Aplicada... Bueno, qué sé yo. Yo se lo contarla con el mayor gusto, porque la verdad, mi niña, hombre, hay que ver a mi niña, pero ya lo he contado tantas veces, que no sé si no le voy a aburrir. ¿Se lo cuento? El caso es que... ¿De verdad quiere saberlo? Se me hace muy duro que no esté usted al cabo de la calle, si todo el mundo lo sabe, si ha venido en Semana y en Co... Ah, sí, lleva razón, ya se lo he dicho dónde ha venido... Buena, discúlpeme. ¡Lo he contado tantas veces...! Un mordisco, un mordisco tuvo la culpa de todo. ¿De veras que no lo sabe? ¡Ay, Señor, cuánta ignorancia hay en este mundo! A ver, cómo nos van a hacer caso por ahí, con este atraso. Mira tú que no saber que a mi niña la mordió un perro... Si, hombre, sí, en el Banco, una mañanita, a las nueve y media de la mañana. Verá usted, Queta había ido al Banco a cobrar su beca de la Escuela de Artes reformatorias y disciplinantes, para su tercer curso de secretaría y decoración, ¿sabe? Tiene muchas salidas. Queta es muy aplicada, un tantico empollona, saca notable, y eso que tiene que emplear las gafas, que, ya sabe usted, algo impiden, bueno, usted me entiende, ¿no?, o sea, vamos, que no está mal para una familia pobre. A ver. Y sin recomendación. Claro que ahora va a ser otra cosa mejor digo, si no se estropea, porque esta juventud... Ya verá, ya. No, no, nada de eso, Queta es Quiteria, Quiterita, el 22 de mayo. ¿No se acuerda de la adivinanza? «El 22 de mayo, Santa Quiteria: ¿en qué mes cae?» ¿Es usted hereje, que no se sabe el  santoral? Pues, nada... Bueno, se lo voy a contar todito, todito, pero no me altere con comentos, que ya estoy más que harta de recordar calamidades. Fíjese, ya le he dicho que Queta fue al Banco, par su beca. Por cierto : una roñosería, menos mal que ella es muy aplicada, pero, para lo que le dan, una chica de dotes como Queta, hombre, en cualquier tienda, en el supermercado mismo, pero ella está empeñada en tener titulo. Ya veremos cuando tenga titulo qué hace, porque, luego, nadie se va a acordar de esto de ahora. La gente es muy ingrata, ¡ay, Señor! Bueno, sí, ya voy, que fue al Banco. ¿Estábamos en el Banco, no? De acuerdo. ¿A las nueve y media? A las nueve y media. ¿En el Banco ése de la esquina de...? Oiga, oiga, aquí, ¿quién cuenta las cosas, usted o yo? Pues, entonces... A ver si me deja hablar. Bueno, pues que Queta, ya sabe usted... Sí, estaba en el Banco, ya, ya se lo he dicho... Pues que las películas,  que si la Michele Morgan, que si la Ava, que si la tal... Que todas tienen un perro. No hay más que abrir las revistas para saber que todas tienen un perro. Un perro bien, un perro elegante. Y Queta, pues eso. En cuanto ve un perro, se pone cinematográfica. Eso sí, muy decente, ¿eh?, mi hija es muy decente. Yo no quiero decir nada de nadie, ¿estamos?, pero Queta... Además, es aún muy joven, una estudiante, o sea que no ha tenido aún tiempo de maliciarse. Parque todo eso que cuentan por ahí de los estudiantes... ¡Naranjas! Pues que allí, en el Banco, sección giros, ahí es nada, en giros nada menos, ¿eh?,  en giros, calcule usted, había un señor con un salchicha. El salchicha, o sea, vamos, el perro, atiende, lo hemos sabido luego, por Fefo. Queta no lo sabia, que, a lo mejor, si lo hubiese sabido, digo yo que... Pues el Fefo, un desagradecido. Porque Queta quiso acariciarle, pues que el Fefo arreó un bocado de órdago la grande, pobre Queta mía, fíjese qué espanto, un bocado mayúsculo, aquí, así, ¿ve?, en el pulpejo. La tita Petra, mi cuñada, que vaya cuñada, bueno, si de ésta pongo yo las cosas claras, corno me llamo Rosa, vaya si las pongo, dice que la Queta le deslumbró con las gafas, y que, claro, el chucho obró en defensa propia. ¿Se da cuenta? Envidia, señor mío, envidia, si lo sabré yo, porque la Petra en su vida fue a ningún Banco, qué va a ir, ni a la escuela esa de eso que le acabo de decir. Es lo que se dice una analfabeta, muy mujer de su casa, muy limpia, ¿eh?, muy limpia,  pero analfabeta. A ver, lo que se llevaba en nuestro tiempo, ¿no es verdad, usted? ¿Que si le hizo sangre? Hombre, no llegó al río, pero sí, sí le hizo, se le podían contar los dientes, por arriba, así, y por abajo, así. Oiga, ¿por qué me mira la mano tanto?  A mí no me mordió, ¿eh?, que conste, fue a Queta, yo me limito a señalar. Bueno, pues, cuando volvió a casa, al principio no le dimos importancia, pero luego, las amistades, ya sabe usted, don Servando, el del tercero, el ebanista, y doña Eudoxia, la viuda del carabinero, la que lleva siempre puesta la condecoración, y don Cugat Prats Molió, el jefe de casa, que es de Barcelona, ¿se ve, no?, y, en fin, que todos le hablaron o nos hablaron de la rabia, Jesús, qué muerte tan aperrada, se me pone la carne de gallina al pensarlo, quite usted allá, todos diciendo de lo que le pasó a Fulanito en Castil de Peones, y a Javierín, el poeta, que le mordió una yegua en Caravia, que tuvieron que traerle a Oviedo a toda prisa, con la guardia civil y todo, porque, palabra, palmaba aprisita y sin dejar de rugir. Oigo patria tu aflicción y escucho el triste concierto que forman tocando a muerto, y así sin descansar, oiga, qué desgracia. Un horror. Que nos metieron un miedo... Total, que decidimos ponerle a Queta las inyecciones. Eh, eh, pollo, sin cachondeíto, bueno está lo bueno : indiciones lo dirá usted. Yo he dicho in-yec-cio-nes. Con ye y con ka. Pues si, pachasco. ¿A que no sigo? ¿Qué se apuesta? Encima que estoy recordando estos ratos de amargura... En fin, seguiré, porque ya embalada... Fuimos al Instituto contra las fiebres nativas, a que le pusieran las in-yec-cio-nes, ¿se percata: in-yec-cio-nes? Ah, creía. Y allí, una mañana. Enterita. Nombres, edad, grupo sanguíneo, tests para acá y para allá. A los tres días nos recibió un señor muy amable, con gorra de plato y pistola. En seguida se notaba que tenía cautela por si acaso. Hay enfermos que se vuelven muy agresivos, ¿sabe?, a ver. «,Conque le ha mordido un perro a esta agraciada señorita? Vaya, vaya. Estos perros... Aunque éste, no se va a negar, tenía buen gusto. ¿A ver, por favor...? Esto tiene muy mala cara.» Le dio la vuelta a la mano. «¿A ver? Hum, hum. Muy mala cara.» Y era verdad que la tenga, porque la mano de Queta había empezado ya a engordar, así como... como bueno, yo qué sé cómo. No, hinchada, no: engordaba por aquí, así, solamente en el pulpejo, pero que se notaba de día en día, ¿eh? Se notaba. Bueno. Aquel señor, sin quitarse la gorra ni nada : «Pues si, es verdad, se nota que la ha mordido un perro. Pero yo no puedo ponerle las inyecciones si no me trae el certificado de la primera cura, la que le hicieran inmediatamente después de la agresión, en la casa de socorro.» Ea, a la casa de socorro. Fuimos al día siguiente, que aquel día ya... Tuvimos que esperar un gran rato, porque estaban comprobando los crucigramas, Queta misma les ayudó a verificar los resultados, ella es socia del Laberinto, Real Agrupación pro desarrollo de la ortografía, y les ayudó a rellenar los de la semana siguiente, a ver, Queta es la mar de servicial, hicieron buena amistad, además no fue mucho trabajo, sólo les ayudó con la mano izquierda, porque, se comprende, la derecha ya estaba así, muy crecida. Le miraron la mano también muy cuidadosamente, no faltaba más: «¿Le duele aquí?» Y apretaban. «¿Aquí? ¿Dice usted que fue un perro? ¿De qué color era el perro?» «Marrón.» «Ah, marrón. Así que el perro era marrón, ¿no? Vaya por Dios, hombre, también fue mala pata,  un perro marrón.» Queta se quejó una vez, yo creo que la apretaron demasiado, y entonces, el señor de pipa y bata blanca le dijo, muy enfadado, que de qué se quejaba, si ni siquiera estaba sangrando. Que no era para tanto, que qué se había creído, que para aquello... Ellos estaban allí por algo de más alcance, o sea, los albañiles que se caen de los rascacielos, los soladores planchados por los autobuses. Esos, ésos, ésos sí que deben reclamar. Pero, ¡por esa mano...! Un poco de formalidad, señorita. Espérese usted aquí un ratito y verá. Seguramente traen alguna vieja butanizada, o sea, vamos, que le ha reventado la bombona en las napias, y vaya cara que pone, o uno de esos señoritos que se comen el reloj, o se tiran, sugestión de la ciencia, desde la terraza con un paraguas abiertos y se acomodan las canillas por sesera, hombre, usted dirá... Qué señor más enterado, ¿eh? Pero mi Queta también tiene derecho a la vida, es verdad que no era más que un mordisco de perro salchicha, pero un mordisco que crecía, vaya si crecía, y ellos, nada. Total, que nos echaron alcohol en el bulto, y a la calle. Y que si queríamos algo más, por si las moscas, o sea, por si la rabia, que, según dicen los libros que nos han prestado, la rabia es cosa mala, pues que hacía falta el volante de la comisaría, que explicase no sé qué artículos del código, como que habíamos presentado una denuncia contra la agresión injustificada del perro... Todavía en el portal, abrazando a Queta, algo llorona, también fue buen consejo, nos dijo que era todo muy fácil, que no harta falta especificar ce por be el color del perro...

Fíjense si no han sido malos tragos. El Banco, el  Instituto, la Casa de primeros auxilios... Ahora, la Comisaría. Don Ceferino, el párroco, nos arregló la entrevista con el comisario. Que estuvo muy amable. A ver, la tarjeta de don Ceferino. Son paisanos;  ¿no sabe? Sí, de Pilar de Navalvilla, algo más allá de Talavera. Pero, la verdad, no le gustó mucho que le molestáramos con la recomendación. Se ve que es gente muy recta. Para un caso tan insignificante requerir a don Ceferino, tan atareado siempre... Aparecen mujeres descuartizadas en la basura, y hay estudiantes que se queman vivitos, y quinquis, y tecatos... Total, un perro salchicha... Ni siquiera se le cita en el código penal. Sin embargo, y en atención a don Ceferino, un amigo, paisano y consejero espiritual, estaba dispuesto a cursar la denuncia. Pero necesitaba la entrega del perro, para luego, con unas cuantas pólizas, procesarle.

Había que buscar el perro. Échele usted un galgo a ese perro. Ya se hablan pasado lo menos quince días, y en casa, todos rabiando, lo que se dice rabiando. Ya nos suponíamos que el perro alegaría algo, ser forastero, o diabético, o pamplonica, vaya usted a saber. Y la mano de Queta, engordando, engordando. El médico de cabecera la miraba cuidadosamente, y decidió vendársela y ponérsela en cabestrillo, y le puso un aparatito para medir los latidos tan extraños, pum, pum, pam-pum, que daba el bulto dichoso. Pero, ¡Dios mío, si mi Queta de mi alma se me estaba torciendo de tanto esfuerzo por llevar la mano al compás del andar...! ¡Quite usted, hombre, quite usted! A todo esto, en el Banco, unos cuantos detectives, traídos de Inglaterra, localizaron el perro. Igualito que en la tele, igualito. El chucho, o sea, su amo, se vio y se deseó para conseguir los papelitos que le pidieron : certificados médicos de esto y de lo otro, curvas de ritmo lento y jadeante, póliza de diversos seguros, carnet de identidad, certificado de inmigración (el perro habla venido de matute, creo que de Alemania, a lo mejor por eso no entendió a Queta cuando Queta le habló). Un barullo de miedo, no me diga. Y todo, ¿sabe usted para qué? Para acabar pidiendo la cabeza del perro. ¡Habráse visto crueldad! ¡Oiga, qué gente! La Sociedad Mutual de perros intervino, también el cónsul, hubo una manifestación de la colonia extranjera... ¡Dios la que se armó! Y a todo esto, mi pobre Queta con una mano que para qué. Ni la de la estatua de la Libertad esa. Y además, sin poderse marchar a esquiar, que estaba apuntada en un concurso, y estaba muy bien puntuada, y había llegado la fecha de la competición, y se había comprado con la beca un traje fetén, pantalón encarnado, un anorak azul con sus hebillitas aquí, y un gorro así, y unas gafas duplex de tres grados negros, para el sol, ¿sabe? El sol en la nieve es muy peligroso, más que un perro, quite usted, hombre, mucho más. Una pierna rota siempre es accidente mayor que una mano reventona, no vea. Pues los médicos la hicieron quedarse en cama, pobrecita niña mía, ya no podía con su alma, y venga de análisis, y de análisis, y de más análisis, y tuvo unas fiebres... Un volcán. Un día vino a verla Fefo, muy elegante... ¿Cómo que quién es Fefo? ¿Cómo me atiende usted? El perro, leñe, el perro. Venía con su mantita y su collarín de cascabeles, y atufando a Vikvaporup. Claro que debla venir bien aleccionado, porque no mordió a nadie ni se hizo ninguna guarrería en la moqueta. Aparte, todo hay que decirlo, que, mientras duró la visita, los grises estuvieron desfilando por el pasillo. Eso sí, en zapatillas, para no molestar. Y aquí viene lo grande del caso. Esa noche Queta se puso malísima, qué gritos, qué cosas, y, ¿sabe usted?, se reventó el bulto de la mano y... Salieron cinco perritos preciosos, lo que había que ver, ninguno salchicha, y tenían ya los ojos abiertos. Menos mal que hubo muchísimos testigos, y que hasta pudimos retratarlos, mire, mire, aquí los traigo, éste es el negrito, y éste tenía mancha blanca en la frente, talmente una estrella, tan rico... Esta era perrita... ¿Cómo que por qué eran? Pues, hijo, ahora se cae usted de la higuera... La perrita se la comió el Fefo. A toda prisa. Visto y no visto. Y los otros los donó Queta al Laboratorio Provincial, son un gran reconstituyente, ahí tiene usted a la Petra, mi cuñada, que tomó caldo de perritos durante un par de años, cuando salió de la meningitis... ¿Cómo dice? Ah, si, se me olvidaba. Queta sale ahora con Guillermito, el practicante de la Casa de socorro que le va poniendo las inyecciones... Toda cautela es poca, es mejor pecar por carta de más que por carta de menos. Y, además, mientras dura la fama, y las entrevistas, y las ruedas de prensa, y todo, y que, a lo mejor, la rabia, que es cosa mala... Precisamente ahora Quiterita está en rayos X, toma, a ver, la están mirando bien las articulaciones, a ver cuál anda mejor de temperatura y eso. Lo paga todo la Asociación canina para la mejora de la raza. Parece que su mano derecha es talmente un nidito. Lo que se dice un nidito. Mire, ¿no quiere una radiografía de la mano? Va firmada, rubricada, fechada, sellada, desinfectada...


 

En Narraciones de lo real y lo Fantástico. Barcelona, Editorial Bruguera, 1977; p.145-155

 


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